Project Gutenberg's El idilio de un enfermo, by Armando Palacio Valds

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Title: El idilio de un enfermo

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: June 13, 2008 [EBook #25777]
[Last updated: August 19, 2011]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

[imagen: A. Palacio Valds]

TOMO I

EL IDILIO DE UN ENFERMO

MADRID

Librera de Victoriano Surez.

PRECIADOS, NMERO 48.

1894

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID.--Hijos de M. G. Hernndez, Libertad, 16 dup.




DEDICATORIA

A mi hijo.


Con grata sorpresa pude averiguar que algunas de las obras que he
lanzado a la publicidad estaban agotadas y otras a punto de estarlo. Fue
pasin incontrastable de mi nimo, no esperanza de lucro o de gloria, la
que me arrastr a novelar en esta edad tan poco feliz para las musas.
Desde que, recin salido de las aulas, entregu mis primeras cuartillas
a la imprenta, vi claramente que no era sa la va para lograr los
halagos de la vanidad ni los regalos del cuerpo.

Nuestra nacin se halla desde hace algunos aos con disposicin
indiferente, ms bien hostil, hacia todas las manifestaciones del
espritu. La pasin de lo _til_, un sensualismo omnipotente, invade a
la sociedad espaola, y muy singularmente a esa clase media que en la
primera mitad del siglo tantas y tan gallardas muestras dio de su amor a
lo justo y a lo bello. La juventud, de quien suelen partir los impulsos
generosos, los anhelos espirituales, no se ocupa actualmente sino en
abrirse paso a codazos para llegar al poder, a la influencia, a la
comodidad. Mi padre me deca que, en su tiempo, viendo un joven errar
solitario con un libro entre las manos, se poda apostar a que este
libro era de versos. El tuyo te dice que actualmente hay seguridad de
que el libro es la ley municipal o un compendio de Derecho
administrativo. Caminamos por este sendero a la civilizacin y al
engrandecimiento de la patria, o vamos derechos a la barbarie y al
desprecio de las naciones cultas? T o tus hijos lo sabris. Yo morir
antes de que se averige.

De todos modos, a nadie se le oculta que las letras cuentan con pocos
apasionados en Espaa. La prensa peridica, en vez de difundirlas y
alentarlas, contribuye no poco con su desvo a la tristeza y languidez
en que vegetan. Es ms; la facilidad que el primer advenedizo logra (a
condicin de solicitarlo) para ver sus producciones, malas o buenas,
ensalzadas hasta las nubes, demuestra mejor an el desdn con que se
miran.

Pero como no existe en este mundo tan relativo nada absolutamente bueno
o malo, pienso que hay en tal desvo algn motivo para regocijarse.
Cuando las letras se hallan en auge y agitan y apasionan al pblico y
engendran disputas y encienden la clera de los crticos, me parece
punto menos que imposible que el escritor se sustraiga a la influencia
nociva de tanto ruido. El anhelo del aplauso y las ventajas materiales
que consigo arrastra por una parte, y por otra el temor a las censuras
de los crticos, le turban, le excitan, le impiden, en suma, escribir
con aquella serenidad sin la cual se hace imposible la produccin de una
obra de arte duradera. Ya no consulta libremente el orculo de la
naturaleza, sino las aficiones de un pblico tornadizo o el gusto de
algn crtico irascible, pedante y rampln.

Por fortuna, de tales plagas, que abundan en Francia y en otras
naciones, nos vemos libres los escritores espaoles. Aqu, ni el inters
con que el pblico acoge nuestras obras puede seducirnos, ni el ltigo
de la crtica debe inspirarnos cuidado alguno. Disfrutamos de envidiable
libertad. El literato espaol sabe de antemano que, escriba en una forma
o en otra, sea osado o comedido, pguese del arte y la medida, o escriba
cuantos desatinos le acudan a la mente, sea realista, o romntico, o
clsico, el resultado ha de ser poco ms o menos l mismo.

Y si alguna rara vez el pblico y la prensa tejen coronas, no son
ciertamente para los que cultivan su arte con amor y respeto, sino para
quienes le ofrecen manjares picantes y llamativos. El vulgo no agradece
que se le deleite suavemente, que se le haga pensar y sentir. Para
otorgar su aplauso es preciso que el escritor le deslumbre o por el
nmero de obras, o por su desmesurada magnitud, o por el relumbrn de
los efectos, o con descripciones aparatosas y prolijos anlisis de
caracteres, tan prolijos como falsos, o con un lenguaje arcaico y
pedantesco. El vulgo desprecia lo sincero, lo natural, lo armnico. Para
obtener su admiracin precisa ser un poco charlatn y cursi. Escritores
conozco de indisputable mrito, tanto en Espaa como fuera de ella, a
quienes si se les quitase los granitos de charlatanera con que sazonan
sus obras, dejaran en el mismo punto de ser populares.

Pero sobre todas las cosas de este mundo, el hombre adocenado odia la
medida. Nada le enfurece tanto como ver una obra proporcionada y
armnica. Al que la produce diptale desde luego por artista apocado y
enclenque. Componer obras monstruosas, emitir ideas estupendas, no decir
jams algo que no sea completamente nuevo, inaudito, aunque sea un
desatino: tal es el secreto para sujetarle. Un da se entusiasmar con
cualquier escritor francs que identifique las pasiones humanas a los
ciegos impulsos de las bestias, que describa nuestros amores con la
libertad brutal y repulsiva que si se tratase de los de un toro y una
vaca: al siguiente caer de hinojos ante un mstico ruso que tenga a
pecado el amor conyugal y niegue a los tribunales el derecho a juzgar a
los delincuentes. En una u otra forma adorar eternamente la locura o la
charlatanera.

Los que como yo aborrecen lo excesivo no alcanzarn jams sus favores.
Qu importa? Aunque me agrada el aplauso pblico, mi espritu no vive
de l. La gloria se encuentra entre las cosas que Sneca considera
_preferibles_, no entre las necesarias. Puedo vivir feliz sin la
admiracin del vulgo y los elogios de la prensa; tanto ms cuanto que
de casi todos los pases civilizados del globo recibo testimonios de
simpata que me alientan y me calman.

Y, sin embargo, te lo confieso ingenuamente, hijo mo, aunque renuncio
sin dolor a los homenajes de los revisteros y a sus adjetivos
arrulladores, no puedo menos de sentir tristeza pensando que jams ser
el hroe de una de esas ovaciones nocturnas con que la muchedumbre
obsequia a sus favoritos. No soy hipcrita; me alegrara de llegar
siquiera una noche en la vida a mi casa como un cnsul, precedido de
lictores con las fasces en alto o rodeado de cirios encendidos, como
Nuestro Seor Sacramentado cuando se digna visitar a los enfermos.

Me consuelo imaginando que los dioses me han concedido el gusto de las
artes y alguna escasa habilidad en una de ellas para embellecer y hacer
felices los das de mi vida, no para dejarlos correr en medio de las
miserables inquietudes que engendra el amor propio. Me consuelo
asimismo con la idea de que tambin en materia de triunfos el exceso se
paga cruelmente. La medida no es slo la esencia del arte, sino que lo
es tambin del mundo entero, como afirmaba Pitgoras. Tanto vivo
persuadido de ello, que juzgo locura, como Horacio, hasta el exceso en
la virtud.

      _Insani sapiens nomen ferat, quus iniqui
    Ultra quam satis est virtutem si petat ipsam._

Siempre he tenido la intuicin de esta gran verdad, que nutri al pueblo
ms grande que ha pisado la tierra y produjo el arte ms asombroso. En
casi todas mis obras se hallar como tendencia ms o menos ostensible.
Desgraciadamente, como la reflexin y el estudio no la haban
confirmado, me apart de ella en diversas ocasiones. Falsos conceptos
unas veces, otras estmulos de vanidad literaria, me arrastraron a
hacerlo.

Me arrepiento, en primer trmino, de haber principiado a novelar
demasiado pronto. En la edad juvenil se puede ser excelente poeta
lrico, pero no cultivar con acierto un gnero tan objetivo como la
novela realista. Slo en la edad madura es dado al artista emanciparse
de los lazos con que su sensibilidad le ata al mundo fenomenal y
adquirir la calma, la perfecta serenidad necesaria para concebir y
penetrar en el carcter de sus semejantes.

Asimismo deploro el empleo de ciertos efectos de relumbrn que hallars
en algunas de mis obras. Cuando salieron de mi pluma ten por seguro que
no atenda al consejo de las musas, sino al gusto depravado de un vulgo
frvolo y necio.

Me pesa, finalmente, de haber escrito ms de lo que debiera. La
fecundidad tal como el vulgo de los crticos la entiende es, en mi
opinin, un vicio, no cualidad digna de aplauso. Para que las obras de
arte se acerquen a la perfeccin y nazcan viables, es menester que se
nutran antes largo tiempo en el cerebro y se trabajen con sosiego. No se
me oculta que hay espritus privilegiados a quienes basta poco tiempo
para engendrar y producir frutos delicados; pero juzgo que ni aun a
estos mismos les perjudicar un saludable retraso. Recurdese el ejemplo
de Goethe, que concibi a los veinte aos la idea de Fausto y no termin
su inmortal poema hasta los ochenta. Actualmente, oprimidos unas veces
con el afn de lucro, otras con la pasin de la gloria, los que
escribimos para el pblico vivimos en una fiebre devoradora de
produccin. El pblico exige a cada instante _novedades_: es menester
servrselas, aunque vayan hilvanadas. Si no aparece cada poco tiempo un
libro nuevo en los escaparates de los libreros, pensamos con terror que
se nos va a olvidar, sin prever que se es el medio ms seguro para
ello; porque ese pblico cuya atencin anhelamos cautivar a toda costa
es un Saturno que devora nuestros pobres libros sin digerirlos: es igual
que le den a mascar carne de dioses o piedras berroqueas.

No, compaeros, no: tratemos de producir obras sazonadas, sacando de
nuestro ingenio todo el partido posible. Quien haya producido una sola
obra en su vida, si es bella, jams ser olvidado. No nos fatiguemos en
dilatar nuestra popularidad agradando a la muchedumbre, sino en obtener
la aprobacin de los pocos hombres de gusto que existen en cada
generacin. stos son los que al cabo imponen su criterio. Si as no
fuese, si el renombre del escritor dependiese de la turbamulta, ni el
_Quijote_, ni la _Iliada_, ni la _Divina Comedia_, ni ninguna de las
obras maestras del ingenio humano, seran estimadas en lo que merecen.

La fecundidad del escritor no debe medirse por el nmero de sus obras,
sino por el tiempo que stas duran en la memoria de los hombres.
Escritor fecundo es aquel que a travs de las edades hace sentir su
influencia, _fecundiza_ con su obra el pensamiento de la posteridad,
vive con todas las generaciones, las acompaa, las instruye, les hace
gozar y sentir. En este supuesto, Cervantes con un solo libro es ms
fecundo que Lope de Vega con sus millares de comedias.

Lejos, pues, de enorgullecerme por el nmero de obras que llevo
escritas, me avergenzo pensando en los grandes escritores que tras
larga y laboriosa vida no han producido otro tanto. Es un vicio de la
poca al cual tampoco he podido sustraerme.

Nadie recorrer las muchas pginas que seguirn a sta con igual
paciencia que t, hijo mo. En ellas leers la historia ntima de mi
pensamiento. Sobre ellas he exprimido la sangre de mi corazn. A ti te
las dedico, no a ningn prcer que las ponga bajo su amparo, no a ningn
crtico que las defienda y las alabe. Alguna vez, leyndolas, las
lgrimas se agolparn a tus ojos. Llora, s! Harta razn tendrs para
ello. Por debajo de la ficcin vers palpitar la tremenda realidad,
adivinars los tormentos de tu padre y tu propia desdicha. Lo que para
los dems es fbula ms o menos divertida, para ti ser triste y solemne
confesin. Poco vale desde el punto de vista del arte, pero he gozado
escribindola. No hay medio ms eficaz de suavizar nuestros dolores, de
aplacar nuestra clera y arrojar el veneno de las pasiones que verlas
reflejadas en el espejo de una obra de arte.

Ninguna otra recompensa espero. Estoy plenamente satisfecho. Pero si al
recorrer el mundo, cuando llegues a la edad viril, escuchando tu nombre,
algunos ojos brillan con simpata, algunas manos se extienden hacia ti,
ser quiz que alguien recuerde todava los cantos de tu padre.
Estrchalas, hijo mo: recibe esta simpata como una herencia sagrada.
Corta es, pero ha sido ganada con alegra y sin mancilla.




    Il a tout, il a l'art de plaire,
    Mais il n'a rien s'il ne digre.

                   VOLTAIRE.

I


Abriose la puerta y entr en la sala un joven flaco, que salud a los
circunstantes inclinando la cabeza. Las dos seoras, sentadas en el
divn de damasco amarillo, y el caballero de luenga barba, situado al
pie del balcn, le examinaron un momento sin curiosidad, contestando con
otra levsima cabezada. El joven fue a sentarse cerca del velador que
haba en el centro, y se puso a mirar las estampas de un libro
lujosamente encuadernado.

Reinaba silencio completo en la estancia esclarecida a medias
solamente. La luz del sol penetraba bastante amortiguada al travs de
las persianas y cortinas. Detrs de la puerta del gabinete vecino
percibase un rumor semejante al cuchicheo de los confesonarios.

El caballero de la barba se obstinaba en mirar a la calle por las
rendijas de la persiana, dndose golpecitos de impaciencia en el muslo
con el sombrero de copa. Las seoras, sin despegar los labios y con
semblante de duelo, paseaban la mirada repetidas veces por todos los
rincones de la sala, cual si tratasen de inventariar la multitud de
objetos dorados que la adornaban con lujo de relumbrn.

Al cabo de buen rato de espera, se entreabri la puerta del gabinete y
escuchronse las frases de cortesa de dos personas que se despiden. La
seora que se marchaba cruz la sala con una hermosa nia de la mano y
se fue dando las buenas tardes. El doctor Ibarra asom la cabeza calva y
venerable, diciendo en tono imperativo:

--El primero de ustedes, seores.

Adelantose con prontitud el caballero impaciente. Y volvi a reinar el
mismo silencio.

El joven flaco sigui hojeando el libro de estampas, que era un tratado
de indumentaria, sin hacerse cargo del minucioso examen a que le estaban
sometiendo las dos seoras del divn. Era casi imberbe, dado que el
tenue bozo que sombreaba su labio superior no mereca en conciencia el
nombre de bigote. A pesar de esto, se comprenda que no era ya
adolescente. Los lineamientos de su rostro estaban definitivamente
trazados y ofrecan un conjunto agradable, donde se lean claramente los
signos de prolongado padecer. Alrededor de los ojos negros y brillantes
advertase un crculo morado que les comunicaba gran tristeza; en los
pmulos, bastante acentuados, tena dos rosetas de mal agero, para el
que haya visto desaparecer deudos y amigos en la flor de la vida.

En tanto que el barbado caballero se estuvo dentro con el doctor,
nuestro joven continu repasando los preciosos cromos del libro con sus
dedos tan finos, tan delicados, que parecan hacecillos de huesos
prontos a quebrarse. Pero con tales manos puede un hombre trabajar? Se
puede defender? Eran las preguntas que a cualquiera le ocurriran
mirndolas. Las seoras del divn contemplronlas con lstima y se
hicieron una leve seal con los ojos, que quera decir: pobre joven!
Despus se hicieron otra seal, que significaba: qu pantalones tan
bonitos lleva, y qu bien calzado est! Indudablemente aquel muchacho
les fue simptico. La vieja se irrit en su interior contra las mujeres
infames, como hay muchas en Madrid, que se apoderan de los chicos y les
beben la sangre, al igual de las antiguas brujas. La joven pens
vagamente en salvarle la vida a fuerza de amor y cuidados.

--El primero de ustedes, seores--dijo nuevamente el doctor Ibarra,
despidiendo al caballero, que sali grave y erguido como un senador
romano.

Las dos seoras avanzaron lentamente hacia el gabinete. Antes de
encerrarse, la nia dirigi una mirada de inteligencia al joven flaco,
tratando sin duda de decirle: No soy yo la que vengo a consultar; es
mi madre. Gracias a Dios, yo estoy buena y sana para lo que usted guste
mandar. Los labios del joven se plegaron con sonrisa imperceptible y
sigui examinando el pintoresco manto de un caballero de la Orden de
Alcntara que le haba dado golpe, al parecer. No obstante, de vez en
cuando volva los ojos con zozobra hacia la puerta del gabinete. Trataba
intilmente de reprimir la impaciencia. Aquellas seoras tardaban mucho
ms de lo que haba contado. Dej el libro, se levant, y como no haba
nadie en la sala, se puso a dar vivos paseos sin perder de vista el
pestillo, cuyo movimiento esperaba. Al cabo de media hora son por fin
la malhadada cerradura; pero an en la puerta se estuvieron las seoras
largo rato despidindose. Cuando terminaron, la nia le mir: No tengo
la culpa de que usted haya esperado tanto: ha sido mam que es tan
pesada! El joven contest con otra mirada indiferente y fra y entr en
el gabinete. La nia sali de la sala con un nuevo desengao en el
corazn.

Era el clebre doctor Ibarra un anciano fresco y sonrosado, pequeito,
con ojos vivos y escrutadores, todo vestido de negro. El gabinete donde
daba sus consultas distaba mucho de estar decorado con el lujo cursi y
empalagoso de la sala. Se adivinaba que el doctor, al amueblarla, sigui
el modelo de todas las salas de espera, al paso que en el gabinete haba
intervenido ms directamente con sus gustos y carcter un tanto
estrafalarios, resultando una decoracin severa y modesta, no exenta de
originalidad. La mesa en el centro, las paredes cubiertas de libros, y
el suelo tambin, dejando slo algunos senderos para llegar al sof y a
la mesa. Por uno de ellos condujo el doctor, de la mano, a nuestro
joven, hasta sentarlo cmodamente, quedndose l en pie y con las manos
en los bolsillos. Despus de permanecer inmvil algunos instantes
examinando con atencin el rostro desencajado de su cliente, dijo
ponindole una mano en el hombro:

--Es la primera vez que viene usted a esta consulta?

--S, seor.

--Bien; diga usted.

El joven baj la vista ante la mirada penetrante del mdico, y profiri
con palabra rpida, donde bajo aparente frialdad se trasluca la
emocin:

--Vengo a saber la verdad definitiva sobre mi estado. Estoy enfermo del
pecho. El mdico que me ha reconocido dice que me encuentro en segundo
grado de tisis pulmonar, y por si la ciencia tiene an algn remedio
para mi mal, me dirijo a usted, que est reputado como el primer mdico
que hoy tenemos.

--Muchas gracias, querido--contest el doctor, dirigindole una larga
mirada de compasin.--Le reconocer a usted y le dir mi opinin con
franqueza, pues que as lo desea... Pero antes de que procedamos al
reconocimiento, necesito saber los antecedentes de su enfermedad...
Vamos a ver... Cunto tiempo hace que est usted enfermo?

--En realidad, puedo decir que lo he estado siempre. Apenas recuerdo
haber gozado un da de completa salud. Siempre he tenido una naturaleza
muy enclenque, y he padecido casi constantemente... unas veces de uno y
otras veces de otro... generalmente del estmago.

--Malas digestiones?

--S, seor; siempre han sido muy difciles.

--Con dolores?

--No los he tenido hasta hace poco. Durante la niez he padecido mucho.
A los catorce o quince aos empec a sentirme mejor, a comer con ms
apetito y me puse hasta gordo, dado, por supuesto, mi temperamento; pero
al llegar a los veinte, no s si por el mucho estudiar o el desarreglo
de las comidas, o la falta de ejercicio, o todo esto reunido, volvieron
a exacerbarse mis enfermedades, y puedo decir que, durante una larga
temporada, mi vida ha sido un martirio. Despus mejor cambiando de
vida; pero he vuelto a recaer hace ya algn tiempo.

--A qu ocupaciones se dedica usted?

El joven vacil un instante y repuso:

--Soy escritor.

--Mala profesin es para una naturaleza como la suya. Las
circunstancias con que ustedes trabajan generalmente... a las altas
horas de la noche, hostigados por la premura del tiempo... la falta de
ejercicio... y el trabajo intelectual, que ya de por s es
debilitante... Y dice usted que de algn tiempo a esta parte se ha
recrudecido la enfermedad del estmago?

--El estmago, no tanto: lo peor es la gran debilidad que siento en todo
mi organismo desde hace tres o cuatro meses. Una carencia absoluta de
fuerzas. En cuanto subo cuatro escaleras, me fatigo. No puedo levantar
el peso ms insignificante...

--Ha tenido usted algn sncope, o siente usted mareos de cabeza?

--Mareos, s, seor; pero nunca he llegado a perder el sentido. Sin
embargo, en estos ltimos tiempos he temido muchas veces caerme en la
calle.

--Tose usted?

--Hace un mes que tengo una tosecilla seca, y el lunes he esputado un
poco de sangre. Me alarm bastante y fui a consultar con un mdico que
conoca...

--La sangre vino en forma de vmito o mezclada con saliva?

--Nada ms que un poquito entre la saliva.

--Antes, no haba usted consultado?

--S, seor, muchas veces; pero como se trataba de una enfermedad
crnica, me iba arreglando con los antiguos remedios: el bicarbonato, la
magnesia, la cuasia...

--Bien; deme usted la mano.

El doctor Ibarra estuvo largo rato examinando el pulso del joven.
Despus, observ con atencin sus ojos, bajando para ello el prpado.
Quedose algunos momentos pensativo.

--Deseara reconocerle el pecho.

--Cuando usted guste. Es necesario que me desnude?

--Sera mejor. Aqu no hace fro.

El joven empez a despojarse velozmente. Pareca tranquilo a primera
vista. No obstante, quien le observase con cuidado, notara que haba
crecido un poco la palidez de su rostro, y que tena las manos trmulas.
Cuando estuvo desnudo de medio cuerpo arriba, interrog con la mirada
al mdico. ste consider el miserable torso que tena delante, con
profunda lstima. Las costillas pudieran contarse a respetable
distancia: el cuello sala de sus estrechos hombros largo y delgado, y
adornado con prominente nuez. Hzole sea de que se tendiese en el sof
y fue a sacar de un armario el estetoscopio. Despus se coloco de
rodillas al lado del sof, y comenz el reconocimiento. El doctor se
entretuvo largo rato a palpar y repalpar el pecho, apoyando los dedos y
dando sobre ellos repetidos golpecitos. En el lado derecho algo le llam
la atencin, porque acuda all con ms frecuencia. Nada turbaba el
silencio del gabinete. El joven observaba de reojo la fisonoma
impasible del doctor. Una mosca se puso a zumbar tristemente en torno de
ellos. Pero an ms triste zumbaba el pensamiento por el cerebro de
nuestro enfermo, quien senta escaprsele la vida cuando se hallaba en
los umbrales. Todos los instantes de dicha que haba gozado acudieron en
tropel a su imaginacin: la vida se le present engalanada y risuea,
como una mujer hermosa que le esperase: hasta sus dolores y quebrantos
le parecieron amables en aquel momento en que le iban a notificar que
dejara de sentirlos para siempre. No obstante, si sus ideas y recuerdos
le pusieron triste, no consiguieron enternecerle. Haba en su alma tal
fondo de entereza y orgullo, que consideraba indigno asustarse con la
perspectiva de la muerte.

El doctor tom el instrumento, se lo puso sobre el pecho y aplic el
odo.

--Tosa usted... as... no tan fuerte... Ahora respire usted con fuerza y
acompasadamente.

Hubo un largo silencio.

--Vulvase usted un poquito... as... Tosa usted otra vez... Basta...
Respire usted con fuerza...

Nuevo silencio, durante el cual el enfermo comenz a acariciar una idea
horrible.

--Ahora hable usted.

--De qu quiere usted que hable?

--Recite versos, ya que es usted literato.

--Bueno, recitar los que ms me convienen en este momento--repuso el
joven sonriendo con amargura. Y empez a decir en voz alta la admirable
poesa de Andrs Chenier, titulada _Le Jeune malade_.

Cuando hubo recitado algunos versos, el mdico le interrumpi:

--Basta... Siga usted respirando tranquilamente.

Torn a reinar el silencio. Un largusimo rato se estuvo el mdico con
el odo atento a lo que en las profundidades del pecho de nuestro joven
acaeca, explorando los ms leves movimientos, los ruidos ms
imperceptibles, como el ladrn que fuese de noche a penetrar en una
casa. A veces crea sentir los pasos de la muerte, como el soldado los
de su enemigo, y la frente del anciano se arrugaba, pero volva a
serenarse al momento, adquiriendo expresin indiferente. Su atencin era
cada vez ms profunda. En tanto, el paciente tena fijos en el techo los
ojos, donde empezaban a dibujarse las seales de una sombra decisin.
Las cejas se fruncan: las negras pupilas despedan miradas cada vez ms
duras y tristes.

El doctor levant al fin la cabeza, y pregunt framente:

--Qu mdico le ha dicho a usted que estaba en segundo grado de tisis?

--Ninguno--repuso el enfermo con la misma frialdad.

El anciano se puso en pie vivamente, y le mir lleno de estupor. Despus
se santigu exclamando:

--Jess qu atrocidad!--Y sonriendo con benevolencia:--Ha hecho usted
una locura, joven. Qu hubiese usted ganado con que le dijera que se
mora?

--Saberlo de un modo indudable.

--Muchas gracias; y despus?

--Despus... despus... despus yo no s lo que hubiera pasado.

--S, lo sabe usted... pero ms vale que no lo diga. Afortunadamente, le
ha salido bien la treta; porque no necesito decirle que no tiene usted
ningn pulmn lesionado: slo hay un leve desorden en las funciones. Lo
que usted tiene, salta a la vista de cualquiera, porque lo lleva escrito
en el rostro: es la enfermedad del siglo XIX, y en particular de las
grandes poblaciones. Est usted anmico. La dispepsia inveterada que
padece no acusa tampoco ninguna lesin en el estmago, y es
perfectamente curable. No tiene usted, por consiguiente, nada que temer,
_por ahora_. Recalco estas palabras para que usted comprenda que urge
ponerse en cura, porque a la larga, esta enfermedad engendra la que
usted crea ya tener... Y ahora se ofrece para m una grave dificultad.
Yo puedo recetarle algunos medicamentos que le aliviaran, pero slo
momentneamente. Mientras subsistan sus causas, la enfermedad no se
curar radicalmente, y le har a usted padecer cruelmente toda la vida,
y al cabo concluir con ella demasiado pronto... Hbleme usted con
franqueza... Nosotros, los mdicos, somos los confesores de los hombres
que no creen en la confesin... Es usted casado, o soltero?

--Soltero.

--Pero usted tiene una mujer que le ama demasiado...

--Acaso...--repuso el joven sonriendo y ruborizndose levemente.

--Tendra usted fuerzas para alejarse de ella por una temporada?

La frente del enfermo se arrug, y sus ojos adquirieron expresin fija y
dura.

--No deseo otra cosa.

--Perfectamente... Y pudiera usted tambin dejar sus negocios y pasar
una larga temporada en el campo, sin hacer absolutamente nada?

--Creo que s.

--Entonces nos hemos salvado. No importa que sea un sitio u otro donde
usted vaya, en el Norte o en el Medioda; lo indispensable es que usted
descanse y respire aire ms puro, que corra usted entre los rboles unas
veces y otras al sol, que coma usted alimentos suaves y nutritivos, que
se levante usted temprano y no se retire tarde, que trueque, en fin, la
vida artificial y antihiginica que lleva, por otra natural y sencilla,
y que d a ese pobre cuerpo lo que est reclamando a gritos.

El anciano mdico se alarg todava bastante dndole consejos sobre su
proceder en lo futuro. El joven le escuch religiosamente,
concedindole la razn en su interior. Cuando hubo terminado, se levant
y quiso pagarle. El mdico no lo consinti: senta mucha simpata hacia
los jvenes escritores, y en el caso presente comprendase que la
simpata era an ms viva. Llevole de la mano hasta la puerta de la
estancia, y al despedirse le pronunci otro corto discurso, dndole
afectuosas palmaditas en el hombro:

--No ser loco, no ser loco, joven. Tenga firme por la vida, que usted no
sabe lo que pasar cuando la suelte... Y sobre todo, ms vale pjaro en
mano... Los hombres que tienen, como usted, valor e inteligencia, deben
reservarse para las empresas grandes y tiles. Crese usted, robustezca
usted su cuerpo, y ver cmo despus no siente tanto desprecio por la
existencia... Adis, joven... No deje usted de escribirme pronto desde
su retiro, para que le enve una receta. Por ahora no quiero darle
medicamentos. Necesito saber la influencia del cambio de vida y de clima
sobre su organismo... Se llama usted D. Andrs Heredia, no es
verdad?... Perfectamente: no me olvidar... Adis, Sr. Heredia; no deje
usted de irse cuanto antes de Madrid.

Al pasear la mirada por la sala, el mdico tropez con un cliente que,
sentado en un divn, tosa apretando las sienes con las manos. Bajando
la voz, aadi al odo del joven:

--Ese pobre se curar en otro campo distinto del que usted va a
visitar... Adis, querido, adis.




II


Andrs Heredia perdi en la niez a su padre, magistrado del Tribunal
Supremo, que haba tenido la flaqueza de casarse, ya viejo, con una
sobrinita de diez y ocho aos. Su tardo matrimonio y algunos quebrantos
de fortuna, que por la baja repentina de los fondos pblicos haba
experimentado, dieron con l en la sepultura. El fruto de esta unin
desacertada fue un nio menudo y enteco, que se cri trabajosamente a
fuerza de mimos y cuidados.

A la muerte de su padre hered 40.000 reales de renta que, unidos a la
viudedad de su madre, les consinti vivir con bienestar en la corte. La
joven viuda no quiso contraer nuevo matrimonio, aunque no le faltaron
buenas coyunturas para ello. Cifr los anhelos y las esperanzas todas de
su vida en aquel nio, que necesitaba de su maternal solicitud para no
perecer al golpe de las muchas dolencias que padeci en la infancia:
para ella era un goce intenso y continuo irlas venciendo y verle salvo y
cada vez ms robusto. El chico, al mismo tiempo, iba descubriendo un
natural sensible y despejado: adoraba a su madre y la enorgulleca con
sus triunfos en el colegio: todos los meses diploma de honor: en todos
los exmenes sobresaliente o notablemente aprovechado. Ms tarde, cuando
alcanz los diez y seis aos, le trajo un peridico donde aparecan unos
versos firmados por l. Lisonjeada en su vanidad de madre, la pobre
mujer rompi a llorar. Desde entonces la carrera de Andrs qued fijada:
fue poeta. No hubo revista literaria ni periodiquillo de provincias que
no se viese comprometido a insertar alguna de sus lacrimosas
composiciones, ni certamen potico o juegos florales donde no ganase una
escribana de plata, algn libro lujosamente encuadernado, y tal vez que
otra hasta la misma flor natural reservada a los poetastros ms
preclaros. El gnero en que ms sobresala eran las leyendas. Con una
cruz de piedra, un par de jinetes rebujados en sendas capas, un camarn
bien amueblado, una dama de rara belleza, un castillo con ventanas
ojivales y una noche de luna llena, tena lo bastante nuestro mancebo
para armar un beln de seis mil diablos muy interesante, capaz de poner
la carne de gallina a cualquiera. Cuando tuvo bastante nmero de
composiciones, public (a ruego de algunos amigos) un tomo; y despus
otro; y despus otro. Le costaban un caudal; pero lo daba por bien
empleado, porque los peridicos donde tena amigos comenzaban a llamarle
el inspirado poeta, nuestro particular amigo D. Andrs Heredia. Por
desgracia, su madre se muri antes de verle en el pinculo de la gloria:
muri rpidamente de una tisis pulmonar. Andrs, que slo contaba
veinte aos a la sazn, tuvo por curador de sus bienes a un hermano de
la difunta; pero no quiso vivir con l, y se traslad con algunos de sus
brtulos a la fonda.

Aqu da comienzo para el joven Heredia una era muy diversa del resto de
su vida anterior. Pas repentinamente de la atmsfera tibia de su casa
al fresco de la calle, de la existencia dulce y tranquila que el amoroso
cuidado de su madre le haca observar, a la desarreglada y trashumante
de las fondas. El exceso de libertad le hizo dao. Su naturaleza haba
cambiado bastante desde los diez y seis aos. El mtodo riguroso, la
conducta ordenada, haban conseguido darle una robustez relativa; de
suerte que, al trasladarse a la fonda, se hallaba bastante fuerte para
disfrutar de la vida. Por otra parte, su curador le pasaba una muy
bastante cantidad para sostenerse con desahogo. De todas estas ventajas
comenz a usar largamente nuestro joven, presentndose en el mundo con
el bro y la petulancia de los pocos aos. Pis los teatros a menudo, y
los cafs, y los salones, y hasta los lugares menos santos; contrajo
amistades y deudas; despeose en aventuras amorosas que no son el amor.
Todo le sonri en un principio. Mas no se pas mucho tiempo sin que la
naturaleza diese el grito de alarma. De nuevo se present la antigua
dolencia del estmago, ms spera que nunca, por la falta de mtodo en
las comidas y el desdn de los remedios oportunos. Y el constante
padecer que le envenenaba todos los placeres, comenz a influir de modo
notable en su carcter: se torn hipocondraco, pesimista, irascible.
Lleg un instante en que se vio precisado a retirarse del comercio
social, para no tener a cada instante alguna reyerta. Se hizo
susceptible, desconfiado; una palabra le desconcertaba, una mirada le
hera; no transcurran ocho das sin que riese con algn amigo por
cualquier bagatela. Uno de ellos, mdico, despus de cierta escena
violenta, le dijo que no discutira ms con l mientras no se pusiese en
cura. Esto le hizo volver en s: comprendi que estaba efectivamente
enfermo, huy con particular cuidado toda ocasin de disputa, y comenz
a jaroparse con los remedios que usualmente se dan contra la bilis. No
le fue mal con ellos: el estmago se le enton, comi con ms apetito, y
al cabo pudo volver a la vida ordinaria, aunque resentido y quebrantado.

En esta poca haba dado paz temporalmente a las musas, y descendi a
escribir en prosa, no vil, sino potica y ensortijada como ninguna.
Entr de revistero en un peridico, y con ocasin de los saraos,
banquetes, funciones de teatro, corridas de toros y toda laya de fiestas
pblicas y privadas, comenz a soltar de la pluma un milln de lindas
frasecillas ingeniosas y acicaladas, que no haba otra cosa que alabar
entre las damas. Y como natural consecuencia de la boga de sus
artculos, tambin su persona alcanz inusitado favor en los salones. Se
le juzg fino, gentil, elegante: las mams le bloquearon con sonrisas y
lisonjas. Pero no estaba por los amores lcitos: gustaba de morder en la
manzana prohibida, y es fama que en poco tiempo le dio muchos y fuertes
bocados. Por cierto que uno de ellos le cost un lance de honor, del
cual sali levemente herido; pero esto le hizo ganar prestigio entre el
sexo femenino. ltimamente, tuvo la mala ventura de ligarse a una mujer
no joven, ni bella, ni rica, pero tan hbil y experta, de tal infernal
atractivo, que en poco tiempo logr atarle de pies y manos, tenerle
rendido y sumiso a sus pies como un esclavo. Era la esposa de un alto
empleado a quien las aventuras de su seora no parecan dar fro ni
calor. Cesaron las de Andrs al tropezar con tal mujer: dej la vida
alegre y bulliciosa, y hasta el trato de sus amigos ntimos; no pens
desde entonces ms que en servir y festejar a su dolo. Y de esta suerte
transcurrieron ms de dos aos, perdiendo en aquellos amores necios sus
fuerzas fsicas e intelectuales; porque haba abandonado el estudio, y
hasta la pluma ya no le serva ms que para trazar algunas insulsas
composiciones en honor de su dama.

Al llegar a la mayor edad entr en la libre disposicin de sus bienes,
que hall no poco mermados, gracias al buen aire que supo darles su
seor to mientras los manej. Con este motivo hubo disputas y fuertes
desabrimientos entre ambos, y aun amagos de litigio: al fin se zanj el
asunto por la intervencin de algunos amigos oficiosos, no sin perder
Andrs en la transaccin buena parte de su hacienda. Estos disgustos y
todos los dems se compensaban por los dulces momentos que sus
vergonzosos amores le hacan pasar. Mas al fin, tambin fueron perdiendo
mucho en su atractivo: la esposa del empleado se empeaba en abusar de
su poder y en exigir mayores sacrificios, al mismo tiempo que el amor se
iba gastando en el pecho del evaporado joven. Esto produjo tirantez
entre ellos, algunas reyertas y no pocas desazones. Andrs concluy por
desear un rompimiento; pero se dejaba arrastrar de la costumbre, sin
fuerzas para tomar una resolucin violenta, como sucede casi siempre en
las relaciones aejas.

Presentose al cabo lo que era inevitable. Su salud, siempre arrastrada y
temblona, se resinti de modo alarmante. Ya no eran solamente la
delgadez singular, la fatiga y la inapetencia los fenmenos que se
advertan en su organismo. En los ltimos tiempos comenz a sentir
agudos dolores de estmago a ciertas horas del da, que le dejaban
extremadamente abatido y triste. Cuando en la calle le acometan,
apretaba fuertemente la parte dolorida con el puo del bastn, y as
caminaba con el rostro plido y angustiado, sin or ni ver nada de lo
que a su alrededor pasaba. Por fortuna, duraron poco tiempo: el bismuto
que le recet el amigo con quien sola consultarse consigui aliviarlos
notablemente.

Pero a los pocos das, un esputo de sangre, que arroj al toser, le
asust. Estara tsico? Semejante idea le llen de espanto. Nunca haba
pensado en la muerte, sino como elemento artstico que utilizaba para
sus poemas romnticos, sacndola a relucir, demasiadamente por cierto,
en apoyo de la sinceridad de sus ansias amorosas, y como medio de
conseguir un blsamo para sus penas. Mas ahora, la muerte se le
presentaba de modo mucho menos simptico, lvida, descarnada, hedionda,
empuando en sus huesosas manos la guadaa fatal apercibida a segarle el
cuello; era la muerte sin consonantes ni ripios, totalmente desnuda de
galas retricas. En su presencia sinti impresin muy distinta a la que
le haba inspirado el poema _Amor y muerte_, que pocos meses antes haba
publicado cierta revista literaria titulada _Los Ecos del Manzanares_:
sinti fro y miedo y apego sin condicin a la vida, de la cual tantas
veces haba maldecido en verso. Pas dos das en extraordinaria
agitacin, encerrado en su cuarto, sin ver a su amiga ni otro ser
viviente ms que a la domstica que le serva sus cortas refacciones,
sin resolverse a consultar con algn mdico de experiencia por el temor
de adquirir la fatal certidumbre de su desgracia.

La agitacin, no obstante, cedi y se transform, como sucede
generalmente, en abatimiento y tristeza. Y poco a poco, de este
abatimiento, del que muy contados humanos escaparan en idntico caso,
brot como planta vigorosa la resignacin, o ms bien una indiferencia
estoica y varonil nacida de la vergenza de haber sentido miedo. Su
corazn alzose bravamente ante el fantasma terrible de la tisis, y dijo:
No se muere ms que una vez... Das antes o das despus... Bah! Qu
importa! Y por un supremo esfuerzo de la voluntad qued sereno,
completamente sereno, observando su propia tranquilidad con noble
orgullo. Slo un pensamiento logr enternecerle dulcemente: Mi madre
muri tsica; all voy a juntarme con ella. Y derram algunas lgrimas
que le refrescaron el alma. Despus arregl _in mente_ todas sus cosas,
trazando una minuta ideal de su testamento, se lav, se visti con
pulcritud y sali de casa en busca de la del doctor Ibarra, uno de los
ms celebrados mdicos de Madrid, resuelto a saber la verdad de su
estado y el tiempo que an le quedaba de vida. Algo siniestro,
espantoso, flotaba por encima de su resignacin, sin que l mismo se
atreviese a definirlo.

Cun distintas fueron sus impresiones al salir de aquella casa! Haba
entrado pocos momentos antes indiferente, fro, con el espritu
desmayado y el paso vacilante. Al salir, le palpitaba el corazn
fuertemente, los ojos le relucan, las mejillas se coloreaban, los pies
bailaban sobre la escalera con redoble firme y alegre. Es que el doctor
Ibarra, el mdico ms afamado de la corte, un sabio respetado en toda
Europa, un semidis de la ciencia, le acababa de prometer la vida.

La vida! Al poner el pie en la calle, la encontr hermosa y amable como
nunca. El sol resbalaba por el difano cristal del firmamento con dulce
sosiego, y sus rayos caan sobre la ciudad como suave y divina
bendicin. Discurra la gente por las aceras en animado movimiento;
brillaban los cristales de los escaparates y los de los balcones;
cruzaban los carruajes hacia el paseo estremeciendo el pavimento, y
despidiendo de sus ruedas vivos y gratos reflejos; un piano mecnico
alzaba sus sones en medio de la calle tocando el brindis de _Lucrecia_;
una vendedora de violetas cruzaba con el cestillo en la mano, dejando
tras si el ambiente perfumado; escuchbanse las risas de los nios que
jugaban en el balcn de un entresuelo; vease la linda cabecita rubia de
una joven que desde otro balcn mucho ms alto exploraba la calle,
evitando los rayos del sol con la pantalla de su mano nacarada... Todo
era grato y placentero; todo palpitaba, todo cantaba, todo resplandeca.
El cielo enviaba una dulce sonrisa protectora a la tierra. La tierra
contestaba con frescas carcajadas de jbilo.

El alma de Andrs tambin rea. Qued inmvil un instante a la puerta
del bendito doctor, deslumbrado, el corazn henchido de emociones,
bebiendo y aspirando la luz que le inundaba, gozando como dicha infinita
el vaivn y los rumores de la calle. Y del fondo de su espritu caviloso
y triste sali un grito que domin todas las emociones, todas las ideas
y deseos. Vivir!

Vivir, vivir de cualquier modo que fuese; vivir sin placeres, porque el
vivir es el mayor de todos. Era el grito de socorro! de un ser en
peligro, el ruego acongojado de un cuerpo dolorido; el mandato
imperioso de la naturaleza viva que lucha con la muerte desde el
comienzo del mundo. Cmo algunos minutos antes desdeaba a tal punto la
vida, cuando ahora renunciara de buen grado a todos los goces de la
tierra por poseerla? No acertaba a comprenderlo.

Mientras caminaba hacia su casa, bandose en la dicha de vivir, iba
pensando en el modo ms adecuado de cumplir los preceptos del doctor
Ibarra y satisfacer el deseo vehemente, irresistible, de su atribulada
naturaleza. Se acord de que tena un to en una de las provincias del
Norte, prroco de cierta aldea pintoresca y sana, al decir de los que la
haban visitado, y decidi escribirle inmediatamente.

Escribiole, en efecto, arregl el cobro de sus intereses con el agente
encargado de ellos, hizo su equipaje y al da siguiente se embarc en el
tren del Norte, sin ver a su amante, ni dar parte a nadie de su marcha
repentina, como quien escapa de violenta y temerosa persecucin.

Ni la justicia ni enemigo mortal alguno le perseguan. El nico que le
acechaba los pasos, esperando impaciente el momento oportuno de
acometerle, era aquel fantasma plido y hediondo que se le haba
aparecido al arrojar algunas gotas de sangre por la boca.




III


Cuando el joven Heredia se acerc al despacho del ferrocarril minero que
enlaza el puerto de Sarri con la villa de Lada, solicitando un billete
de primera, el expendedor le clav una mirada honda y escrutadora, y le
examin detenidamente de la cabeza a los pies, preguntndose con
curiosidad:--Quin ser este joven? Me parece que no le he visto hasta
ahora. Algn nuevo ingeniero que hayan trado los Iturraldes? Est bien
flaquito el pobre.

En la vasta sala de espera, negra por el polvo de carbn, no haba
nadie. El expendedor pudo examinar largo rato an al viajero. Al cabo
de un cuarto de hora de pasear por aquel inmenso y sucio camaranchn,
apareci un mozo con el rostro embadurnado tambin de carbn, empuando
una campana de bronce que hizo sonar con fuerza; y encarndose al propio
tiempo con nuestro joven, grit reciamente:

--Viajeros al tren!

--Oye, Perico--grit el expendedor desde la taquilla.--Quin te ha
mandado dar la seal?

--Es la hora--repuso el mozo, malhumorado.

--Y quin te ha dicho a ti que era la hora?

--El reloj.

--Pues aqu no hay ms reloj que yo; lo entiendes, mastuerzo?--dijo el
expendedor con voz colrica, sacando cuanto pudo el airado rostro por la
ventanilla.--Vaya, vaya! Pues no faltaba ms que estuvisemos aqu
sujetos a la voluntad de los seores mozos!--Usted dispense,
caballero--prosigui volviendo los ojos a Andrs;--pero este mozo es
ms animal que el andar a pie... Hoy no podemos salir a la hora en
punto, porque va el seor gerente con el ingeniero a reconocer unas
minas... De todos modos, no ser cosa lo que nos retrasemos...

Andrs levant la mano, como diciendo:--Por m no se molesten ustedes!

Y sigui paseando por la sala con la misma calma.

--Quiere usted facturar el bal?

--Ah! S, seor; se me olvidaba.

Facturado el bal, crey que poda salir a dar algunas vueltas fuera de
la estacin.

--No se aleje usted mucho, caballero: el seor gerente no tardar en
llegar: suele ser puntual.

En efecto, el gerente y el ingeniero tardaron poco en aparecer,
conversaron unos instantes con el expendedor y se metieron en un coche
reservado, algo menos sucio que el que a Andrs le toc en suerte. El
hombre de la taquilla, despus de apretar la mano repetidas veces al
gerente y al ingeniero y de hacer un sinnmero de saludos con su gorra
galoneada, se dirigi en voz alta al maquinista:

--Ya puedes arrancar, Manuel.

Silb la locomotora, prolongada, triste, agudamente; lanz despus
sordos bufidos de angustia, cual si le costase esfuerzos supremos
remover el cortejo de vagones que le seguan; por ltimo, empez a
caminar suave y majestuosamente; despus con ms celeridad, aunque no
mucha.

El valle en que estaban asentados el pueblo y la estacin de Navaliego,
intermedia entre la villa martima y la carbonfera, y adonde haba
llegado nuestro joven desde la capital con slo hora y media de
diligencia, era amplio y dilatado: la vista se derramaba por l sin
topar obstculo en algunas leguas: el terreno solamente haca leves
ondulaciones. En el pas donde nos hallamos, el ms quebrado y montuoso
de la Pennsula, el valle de Navaliego constituye una feliz o desdichada
excepcin, segn el gusto de quien lo mire. Es ms rido que el resto de
la provincia; hay poco arbolado. No obstante, sembrados aqu y all, se
ofrecen muchos y blancos caseros que resaltan sobre el verde plido
del campo y rompen alegremente la monotona del paisaje.

El tren o trenecillo donde Andrs iba empaquetado lo atraves todo lo
prontamente que le fue posible, y se detuvo a la falda de una montaa,
delante de otra estacin. All se subi al mismo coche un matrimonio
obeso que salud cortsmente a nuestro viajero. Un hombre, calzado de
almadreas, gorro de pao negro y bufanda, que se paseaba por delante de
la estacin y dictaba rdenes en calidad de jefe, hizo seal con la
mano, y el tren torn a silbar y a bufar y a partir.

El valle se haba ido cerrando poco a poco. Los montes que lo
estrechaban estaban vestidos de rboles, dejando entre su falda y la va
frrea hermosas praderas de un verde esmeralda. Andrs contemplaba con
jbilo aquel exuberante follaje, que en la vida haba visto,
comparndolo con la empolvada _pradera_ de San Isidro. Es indecible el
desprecio que en tal instante le inspiraba el recinto de la famosa
romera, donde no existe ms verde que el de las botellas.

Un hombre apareci por la parte exterior del coche, preguntndole:

--Adnde va usted?

--A Lada.

--Bueno, entonces ya me dar usted el billete; no hay prisa... Sr. D.
Ramn!... Se Micaela!... (dirigindose con efusin al matrimonio
obeso). Ustedes por ac! Hace ya lo menos dos meses que no vienen a ver
al chico: ya s, ya s que Gaspara ha parido un nio muy robusto...
Vienen ustedes a ver al nieto, verdad?... D. Micaela cada da ms
gorda.

--Pues no es por lo que dejo de pasar, hijito.

--Qu ha de pasar usted, seora! Con esas espaldas y esas!... Vamos,
hombre, si da ganas de rer!

--Que s, que s, hijito; que lo estoy pasando muy mal desde el da de
San Bartolom; que lo diga Ramn si no...

--Es verdad, es verdad--bram sordamente el elefante del marido.--Lo
est pasando muy mal... A m me parece que es histrico...

Andrs dej de escuchar la conversacin y se mud a la otra ventanilla
para seguir contemplando el paisaje. Al poco rato, el revisor se alej y
volvi a reinar silencio en el coche.

El valle se haba cerrado an ms. Las faldas de los montes avanzaban
casi hasta el borde de la va, dejando poqusimo espacio de campo. A
trechos, slo quedaba la anchura suficiente para el paso del riachuelo
que corra por la caada. Los rboles extendan de cerca, y por
entrambos lados, sus ramas, cual si tratasen de atajar la marcha del
tren.

Parose ste repentinamente, cuando menos se esperaba, en medio de la
mayor apretura de la garganta, donde no haba rastro de estacin ni otra
fbrica de menor calidad que hiciese sus veces.

Andrs, despus de asomar la cabeza por las ventanillas y mirar y
remirar en vano, se atrevi a preguntar a sus compaeros:

--Qu significa esta detencin?

--Nada, que se apear aqu el gerente.

--Ah!

Marido y mujer cambiaron entonces una mirada menos vaga y mortecina que
las que ordinariamente despedan sus ojos revestidos de carne. Un mismo
pensamiento cruz por sus acuosas masas enceflicas.

--Si el maquinista quisiera parar antes de llegar a Piedrasblancas--dijo
la mujer--nos ahorrbamos deshacer el camino.

--Es verdad--dijo el marido.

--Dselo a Felipe.

--No s si ceder.

--Qu se pierde con pedrselo? El no ya lo tienes en casa.

El marido asom su faz redonda por la ventana, y espi largo rato los
movimientos del revisor. Al fin se resolvi a hacer sea de que se
acercase. Vino el revisor, escuch la proposicin de la faz redonda y la
hall un poco grave. Era comprometido para el maquinista y para l; ya
les haban reprendido severamente por actos semejantes; el servicio se
interrumpa; los viajeros se quejaban; se perdan algunos minutos...

La mujer escanci un vaso de vino, y se lleg con l a reforzar los
argumentos de su consorte. Negocio terminado. El tren parara media
legua antes de Piedrasblancas, pero cuidado con bajarse en seguida!
Mucho cuidado!

--Pierda usted cuidado.

En efecto, al poco rato el tren detuvo un instante su marcha; slo el
tiempo necesario para que marido y mujer dijesen a Andrs:--Buenas
tardes, caballero, feliz viaje--y se bajasen con la premura que les
consenta la pesadumbre de sus cuerpos.

Torn a quedarse el joven solo. No tard en abrirse nuevamente el valle,
ofrecindose a los ojos del viajero con amena perspectiva. Era ms
frtil y frondoso que el de Navaliego, pero menos extenso: un ro de
respetable caudal corra por el medio: las colinas, que por todas partes
lo circundaban, de mediana elevacin y cubiertas de rboles. All, a lo
lejos, los ojos del joven columbraron un grupo de chimeneas altas y
delgadas como los mstiles de un buque y adornadas de blancos y negros y
flotantes penachos de humo. En torno suyo, una poblacin cuya magnitud
no pudo medir entonces. Era la metalrgica y carbonfera villa de Lada.

Mucho humo, mucho trajn industrial, mucho estrpito, muchas pilas de
carbn, muchos rostros ahumados.

Al apearse del tren vacil un momento acerca de lo que haba de hacer.

Decidiose a interrogar al primer mozo que le sali al paso.




IV


--Oiga usted: me podra informar si hay en la villa algn alquilador de
caballos?

--S, seor; hay dos.

--Quiere usted guiarme a casa de uno de ellos?

Pero en aquel momento un joven alto, de nariz abultada y bermeja,
vestido decentemente con pantaln y chaqueta negros, bufanda al cuello,
negra tambin, y ancho sombrero de pao, tambin negro, los aboc,
preguntando al viajero:

--Sera usted, por casualidad, el sobrino del seor cura de Riofro?

--Servidor.

--Pues vengo de parte de su seor to para que, si gusta de ir conmigo a
las Braas, lo haga con toda satisfaccin. Tengo en la cuadra dos
caballeras...

El enviado del cura mantena suspendido el sombrero sobre la cabeza, sin
quitrselo por entero ni acabar de encajrselo.

--Ah! Viene usted de parte de mi to? Cunto me alegro!... Pero
pngase, por Dios, el sombrero... No esperaba yo esa atencin... Pues
cuando usted guste... Lo peor es el bal... no s cmo lo hemos de
llevar...

--Que se lo traiga un mozo hasta la posada, y de all podr marchar en
un carro... El carretero es de satisfaccin.

--Perfectamente... Vamos all.

Ambos se emparejaron, entrando en la industriosa villa como dos antiguos
conocidos.

--Vaya, vaya... pues la verdad, no esperaba yo que mi to me enviase
caballo... No le deca categricamente el da en que haba de llegar.

--Tampoco me lo dio l como seguro. Yo tena asuntejos que arreglar
aqu, en Lada, y pensando venir hoy, se lo dije... Entonces me
dijo:--Hombre, Celesto, maana puede ser que venga un sobrino mo en el
tren de la tarde: quieres llevar mi caballo por si acaso?...--Oro
molido que fuera, seor cura... Vaya, que no faltaba ms!

--Pero lo raro es que usted me haya conocido tan pronto.

Celesto hizo una mueca horrorosa con su nariz multicolora. Porque es
tiempo de manifestar que la nariz del mensajero no era bermeja, como a
primera vista le haba parecido a Andrs, sino que, dominando este color
notablemente, todava dejaba que otros matices, tirando a amarillo,
verde y morado, se ofreciesen con ms o menos franqueza entre los muchos
altibajos y quebraduras que la surcaban. En verdad que era digna de
examen aquella nariz. Un gelogo hubiese encontrado en ella ejemplares
de todos los terrenos volcnicos.

--Ca, no seor, no es raro! El seor cura tuvo cuidado de
decirme:--Mira, mi sobrino viene muy delicadito, casi htico el
pobrecito; de modo que no te ser difcil conocerlo... Y
efectivamente...

No dijo ms porque comprendi que no deba decirlo. Andrs se puso
triste repentinamente, y caminaron en silencio hasta llegar a la posada,
que estaba a la salida de la villa. Fueron a la cuadra, enjaez Celesto
los caballos, sacronlos fuera. En marcha, en marcha!... No; todava
no. Celesto no se siente bien del estmago, y se hace servir una copa de
ginebra, que bebe de un trago, como quien vierte el contenido en otra
vasija. Andrs qued pasmado de tal limpieza y facilidad. Ahora s; en
marcha: Arre, caballo!

Los rucios emprendieron por la carretera un trote cochinero. Las
vsceras todas del joven cortesano protestaron enseguida de aquel
nefando traqueteo, y a cosa de un kilmetro clamaron de tal suerte, que
se vio obligado a tirar de las riendas del caballo.

--Sabe usted, amigo, que el trote de este jamelgo es un poco duro? Si
usted tuviese la bondad de ir ms despacio...

--S, seor; con mucho gusto. Pues no le o nunca quejarse al seor
cura de su caballo. Antes dice que es una alhaja...

--Como yo no estoy acostumbrado a esta clase de montura...

--Eso ser... Aunque vayamos con calma, hemos de llegar al oscurecer a
casa.

Y ambos se emparejaron y se pusieron a caminar al paso, unas veces vivo,
otras muerto, de sus cabalgaduras.

Conforme se alejaban de la villa industrial, el paisaje iba siendo ms
ameno. La carretera bordaba las mrgenes de un ro de aguas cristalinas,
y era llana y guarnecida de rboles. El polvo y el humo de carbn de
piedra que invadan la villa y sus contornos, ensucindolos y
entristecindolos, iban desapareciendo del paisaje. La vegetacin se
ostentaba limpia y briosa: slo de vez en cuando, en tal o cual raro
paraje, se vea el agujero de una mina, y delante algunos escombros que
manchaban de negro el hermoso verde del campo.

--Y de qu padece usted, seor de Heredia, del pecho?

--No, seor; ms bien del estmago.

--No tiene usted ganas de comer?

--Pocas.

--Hombre, le compadezco de veras! Debe de ser fuerte cosa eso de
sentarse delante de un plato de jamn con tomate y no poder meterle el
diente. No he padecido nunca de ese mal... Bien es verdad que tampoco
usted padecera si se hubiera pasado cinco aos en el seminario comiendo
judas con sal, y arroz averiado: saldra usted de all comindose las
correas de los zapatos, como este cura...

--Es usted cura?

--No, seor; es un decir: estudio para ello.

--Ya me pareca!

--No tengo tomadas ms que las rdenes menores... Ver usted: cuando
entr en el seminario fue con la intencin de seguir la carrera lata;
pero se muri mi padre hace cosa de seis meses, y no he aprobado ms que
un ao de teologa. La pobre de mi madre no puede sostenerme tanto
tiempo en el seminario ni en posada tampoco: es necesario abreviar la
carrera y ordenarse cuanto antes... Si no puedo ser telogo, ser cura
de misa y olla... Y qu importa?... De todos modos, la _curapera_ anda
perdida; verdad, D. Andrs?

--No me parece tan mala carrera.

--Se asegura el _garbanceo_ y nada ms. Ya sabe usted que hasta se estn
vendiendo los mansos de las parroquias...

--Y cmo est usted ahora aqu, en la aldea?

--Desde el fallecimiento de mi padre (que en gloria est) vivo en casa:
los negocios no han quedado muy bien, y costar todava algn tiempo el
arreglarlos. A pesar de todo cuento, Dios mediante, cantar misa de aqu
a dos aos... Ea, bajmonos un poco a estirar las piernas y a tomar un
_piscolabis_... No quiere usted echar un cuartern o una copita, D.
Andrs?

Se hallaban delante de una casucha solitaria, sobre cuya puerta
tremolaba una banderita blanca y encarnada, dando testimonio de que all
se renda culto a Baco.

--No tomo nada, pero bajar a acompaarle a usted. Me est lastimando
el diablo de la silla.

--No perder usted el tiempo--dijo Celesto acercndose a tenerle el
estribo y bajando cuanto pudo la voz.--Va usted a ver una de las mejores
mozas del partido, ms derecha que un pino, bien armada y bien
plantada... Se chupar usted los dedos...

Las muecas que el seminarista hizo al proferir tales palabras no son
para descritas. Sus ojos acuosos brillaron como diamantes brasileos y
la volcnica nariz se estremeci de jbilo.

--Vamos, Amalia, sandunguera, chame una copa de bala rasa y a este
seor lo que guste. As pudieras echarte t en la copa, salerosa, y
beberte yo con toda satisfaccin, mas que reventase despus como una
granada!

--Tan mal estmago te hara, capelln?

--No lo s, cielo estrellado; lo nico que puedo decirte es que me
alborotaras mucho los nervios.

--Pues tila, querido, tila. Qu quiere usted tomar, caballero?
(dirigindose a Andrs).

--Un vaso de agua.

Mientras Amalia lavaba el vaso en un barreo colocado al extremo del
mostrador, Andrs la examin a su talante.

Los datos de Celesto le parecieron exactos. Era una moza de arrogante
figura y buenos ojos, de brazos rollizos y amoratados; gorda y colorada
en demasa. Cuando abra la boca para rer, enseaba unos dientes
blancos y sanos, aunque nada menudos.

--chame otra, cara de rosa, que cuando te veo se me seca el gaznate...
Vamos, D. Andrs, no se la llevara para casa de buena gana?

--Y para qu me haba de querer este seor en su casa?--pregunt riendo
maliciosamente la joven.

--Para darte confites, princesa;--no es verdad, D. Andrs?

--Vaya!

--No me gustan los dulces.

--Y si yo te los diera, lucero?--pregunt el seminarista con voz
almibarada, entrando en el recinto cerrado por el mostrador y
acercndose con paso de gato a la moza.

--Bah!... entonces me los comera con mucho gusto--replic ella en tono
irnico.

--De veras, cielo?--pregunt Celesto cogindola al mismo tiempo por la
barba y clavndole sus ojos claros de besugo, encendidos por una chispa
amorosa.

Andrs consider que deba salir a ver cmo andaban los caballos. No se
haban movido del sitio; tranquilos, cabizbajos, abstrados. Los examin
detenidamente, revis sus cascos a ver cmo estaban de herraduras,
arregl los aparejos, mientras escuchaba dentro de la taberna un alegre
y continuado retozar, salpicado de frases tiernas, carcajadas y no pocos
golpes. All, despus de bastante rato, sali Celesto con las mejillas
plidas de fatiga y las narices ms requemadas que antes.

--Vamos, en marcha... Hay que apretar el paso... Qu moza, D. Andrs!
verdad?... Pues tiene una hermana que va a ser mejor que ella
todava... Qu chiquilla ms espetada y ms rica!--tan bien formadita
por delante como si tuviera veinte aos, y no tiene ms de catorce...
Arre caballo! No repara usted, D. Andrs, cmo agradecen los caballos
que el jinete eche unas copitas? Es cosa sabida; para hacer andar un
caballo remoln, no hay como verterse entre pecho y espalda un jarrito
de ginebra... Pues ah donde usted la ve, D. Andrs, la Amalita no tiene
nada de arisca.

--Ya, ya veo que sabe usted buscarle los pliegues.

Celesto ri de satisfaccin hasta saltrsele las lgrimas.

--Bah! Ya se los han buscado antes que yo otros muchos. Me divierto un
poco con ella cuando voy y vengo... pero no pasa de ah... Por supuesto,
D. Andrs, que esto no dura ms que hasta que tome las rdenes mayores,
porque no quiero ser un mal sacerdote...

--Har usted muy bien; de otro modo, ms vale que siga usted distinta
carrera.

--Nada, nada, estoy resuelto a ello: el mismo da que me ordene
_sanseacab_... fuera vino, fuera mujeres, y vida nueva como Dios
manda...

Sigui moviendo la lengua el seminarista con creciente bro mientras
duraba la operacin que en la cabeza le hacan las copitas de ginebra.
Cuando se cansaba de hablar, entonaba alguna cancin picaresca con
ribetes de obscena, que haca rer no poco al joven cortesano. La
alegra es contagiosa, como la tristeza. La de Celesto consigui
pegrsele y lleg pronto a hacerle el do, poniendo en inusitado
ejercicio las fuerzas de sus desmayados pulmones.

No por eso dejaban de caminar a paso vivo por la amena carretera, que
cea como una cinta blanca las faldas de las colinas.

El valle se iba cerrando. Por detrs de las colinas frondosas asomaban
ya sus crestas algunas montaas anunciando que los viajeros no tardaran
en penetrar en otra regin ms fragosa, en el corazn mismo de la
sierra. En efecto, la carretera termin bruscamente cerca de una fuerte
apretura de los montes, donde se asentaba un casero de poca
importancia. Desde all siguieron por un camino tan pronto ancho como
estrecho, que faldeaba la montaa a semejanza de la carretera, y estaba
sombrado a largos trechos por los avellanos de las fincas lindantes. El
paisaje era cada vez ms agreste. El valle se haba trasformado en
caada, por donde un ro bullicioso y cristalino corra entre angostas
aunque muy deleitosas praderas. A trechos la caada se amplificaba, como
si desease merecer tal nombre; otras veces se cerraba hasta ms no poder
trocndose en verdadera garganta, donde haba poco ms espacio que el
que ocupaban el camino y el ro.

ste, a medida que caminaban hacia su nacimiento, iba perdiendo en
caudal, aunque ganando mucho en amenidad y frescura: ms vivo, ms
difano y sonoro. Los grandes guijarros de color amarillo que formaban
su lecho dejbanse ver con toda limpieza, y hasta en los pozos ms
hondos, labrados al borde de alguna pea, exploraban los ojos todos los
secretos del fondo... Las montaas a veces se levantaban sobre l a
pico, y eran blancas y coronadas de vistosa crestera, entre cuyos
agujeros se mostraba el azul del cielo. El musgo formaba en ellas
grandes machones de un verde oscuro, que resaltaban gallardamente sobre
la blancura de la caliza. Muchedumbre de arbustos, y en ocasiones
rboles, metan las races dentro de sus grietas y aparecan como
colgados en retorcidas y fantsticas posiciones sobre el ro.

La voz del seminarista, entonando sin cesar sus groseras anacrenticas,
resonaba formidablemente entre las peas.

Andrs callaba ya como un mudo. Se hallaba sobrecogido de respeto y
emocin ante aquella vigorosa naturaleza, que no haba visto ms que en
los paisajes _al leo_ o _a la aguada_.

--Estamos muy lejos de Riofro, amigo?

--No, seor; ya hemos entrado en el concejo de las Braas. Riofro, que
es la capital, est en el centro mismo. En cuanto salgamos de esta
apretura y subamos un repechito corto, lo veremos. A usted no le
gustarn estos peascotes, verdad? acostumbrado a vivir en las
ciudades...

--Al contrario, me encantan: esto es hermossimo.

El seminarista volvi su rostro inflamado por la ginebra, temiendo que
Andrs bromease; pero vindole muy serio, hizo una leve mueca de
sorpresa, y arreando al caballo con la vara de avellano que empuaba,
torn a coger el hilo de su cancin favorita.

    La mujer que es gorda y tierna
            Y tiene buena pierna...
            Y al cura hace pecar,
      Mereciera ser condesa, marquesa, duquesa
            Y el cura cardenal.

Y no dio paz al cntico hasta que divis a una muchacha que llegaba con
un cesto sobre la cabeza.

--Hola, Telva, cuerpo bueno: adnde te vas a estas horas,
chiquirritilla? Supongo que no ser a Lada...

Al mismo tiempo le cerraba el camino con el caballo y le aplicaba
golpecitos en las mejillas con la vara.

--Pues a Lada me voy.

--Y si te comen los lobos?

--Poco se perdera.

--Se perda una moza como un sol.

--S, del medioda! Djame pasar, Celesto.

--En seguidita; pero antes vas a decirme adnde vas.

--A Lada, no lo sabes?

--Eso no es verdad: t te vas a Marn a llevar fruta a tu ta, y de
camino a ver a tu primo.

--Buena gana tengo yo de ver a primos ni a tos! Vamos, djame paso,
que llevo prisa.

Andrs haba seguido caminando, en la sospecha de que la conversacin
iba a ser larga y no muy divertida (para l al menos).

Subi el repechito de que haba hablado Celesto, avanz algo ms, y al
dar vuelta a un recodo del camino, ofreciose de improviso a su vista un
espectculo que le dej suspenso. A sus pies, all en el fondo, se
columbraba un vallecito ameno y virginal, surcado por un riachuelo
cristalino que haca eses, dejando a entrambos lados praderas de un
verde deslumbrador. Cerraban este valle algunas colinas pobladas de
rboles de tono ms oscuro. Por detrs de las colinas, en segundo
trmino, alzaban su frente altsimas montaas de piedra blanca; ms
all de stas alzbanse otras an ms altas; despus otras ms altas
todava, y as sucesivamente una serie indefinida de peascos,
apoyndose los unos sobre los otros, cual si se empinasen para echar una
ojeada a aquel rinconcito fresco y deleitoso.

La tarde feneca y comenzaba el crepsculo. Andrs qued en xtasis ante
aquel semicrculo inmenso de montaas, que parecan los escaos vacos
de un congreso de dioses. En los ms altos tocaban casi las nubes rojas
que acompaaban al sol en su descenso. Desde las colinas a los ms bajos
mediaba cortsima distancia, aunque la vista suele engaar en tales
casos. Manchando de blanco el verde oscuro de las colinas, aparecan
sembrados, o mejor, colgados sobre el valle algunos caseros. En lo ms
hondo se perciba uno mayor que los otros, descansando entre el follaje
de una vegetacin soberbia.--Aqul debe de ser Riofro--se dijo Andrs
ponindose la mano por encima de los ojos, a guisa de pantalla, para
examinarle con ms comodidad. Mas la gentil aldea se resista a la
inspeccin, ocultndose a medias detrs de los rboles, que le servan
en toda su extensin de potico baluarte. No poda darse nada ms bello.
El ro, iluminado por los rayos oblicuos del sol, era un cinturn de
plata bruida que lo aprisionaba. Nuestro viajero experiment la dulce
sorpresa del que tropieza con un tesoro. Record los valles vrgenes de
las novelas por entregas, y convino en que nunca se haba imaginado cosa
tan linda y recatada. Dichoso, pens, el que haya nacido en este
apartado retiro y nunca lo perdi de vista. Al mismo tiempo vino a su
mente un tropel de tristes reflexiones, inspiradas en parte por su
lastimoso estado, en parte tambin por la amargura de los escritores
romnticos, de los cuales estaba saturado.

Mas cuando se hallaba por entero embebido en ellas, he aqu que un
caballo, enjaezado y sin jinete, llega y cruza velozmente. Reconoci al
punto el jamelgo de Celesto.--Canario! Qu habr sucedido? Si lo
habr matado!--Y a toda prisa dio la vuelta y baj hacia el sitio donde
lo dejara. Celesto se encontraba en situacin apuradsima. Encogido,
doblado, hecho un ovillo, yaca al pie de una de las paredillas del
camino, mientras Telva se ergua un poco ms arriba, en actitud airada,
los ojos centelleantes, las mejillas plidas, arrojndole sin piedad
todos los pedruscos que hallaba a mano. Y la lengua la mova con igual
celeridad que las manos.

--Desvergonzado! Puerco! Eso te ensean en el seminario, gran tuno!
Malos diablos te lleven a ti y a todos los capellanes! Ven ac, ven
otra vez y vers cmo te arranco esas narizotas podridas!

Andrs se interpuso y logr que la moza no arrojase ms guijarros sobre
el desdichado seminarista, que estaba a punto de pasarlo muy mal si uno
de ellos le acertaba; mas los denuestos continuaron a ms y mejor,
mientras se iba aplacando lentamente la clera.

--El demonio del capellanzote!... Si pensar que est tratando con
alguna pendanga!... Sucio! sucio! suciote!... Ya se lo dir a tu
madre, que cree que tiene un santo en casa... Anda, anda con el santo!
No, las misas que t digas que me las claven aqu!

De esta suerte prosigui vociferando y alejndose poco a poco, mientras
Andrs levantaba del suelo a la vctima y la sacuda con la mano el
polvo. Celesto se toc por todas partes, a ver si tena algn paraje del
cuerpo magullado, y dijo exhalando un suspiro:

--Qu gran yegua!

--Yo pens que le haba tirado a usted el caballo, porque pas delante
con gran rapidez...

--S, como huele cerca la cuadra no ha querido esperar. Monte usted, D.
Andrs.

--Y usted?

--Yo voy perfectamente a pie.

As se hizo. Celesto estaba un poco avergonzado.

--Por supuesto, D. Andrs, que todos estos los concluirn el da que
tome las rdenes mayores--dijo despus de caminar un rato en silencio.

--Tiene usted razn--repuso Andrs sonriendo irnicamente,--ese da...
_sanseacab_.

--Justamente... _sanseacab_.

Bajaron con todo sosiego al valle por un camino estrecho, trazado en
zig-zag. La casa rectoral era la primera del pueblo, alejada buen trecho
de las otras. Delante de ella se detuvieron. Era de un solo piso,
vetusta; gran corredor de madera ya carcomida, cubierto casi todo l por
una vigorosa parra, que lo aprisionaba por debajo con sus mil brazos
secos y le serva de hermosa guirnalda por arriba; el vasto alero del
tejado poblado de nidos de golondrinas; la puerta de la calle negra por
el uso y partida al medio como las de toda aquella comarca; por
entrambos lados huerta, cuyos rboles frutales aventajaban con mucho la
altura de la pared.

--Hola, seor cura!... Doa Rita, doa Rita!... Vamos, despchense
ustedes, carambita, que traigo forasteros!--principi a gritar Celesto,
aplicando al propio tiempo rudos golpes a la parte inferior de la
puerta, que era la que estaba cerrada.

Casi al mismo tiempo aparecan en el corredor y en la puerta
respectivamente el cura de Riofro y su ama.

--Quin es?--preguntaron el cura desde arriba y el ama desde abajo.

--Casi nadie!... Su sobrino en persona, seor cura--contest Celesto.

--Cscaras! Me alegro... No pens yo que sera tan puntual. All voy,
all voy ahora mismo...

Pero ya se haba adelantado la seora Rita, con su faz mrbida y plida
y la figura de perro sentado, a recibir al viajero con entusiasmo que
rayaba en frenes.

--Virgen del Amor Hermoso! El seorito Andrs! Qu esculido viene el
pobrecito! Si parte el corazn!

Y al proferir tales palabras, como Andrs no se haba apeado, le besaba
una de las manos con efusin. A nuestro viajero le sorprendi
agradablemente que su mal estado de salud partiese el corazn de una
persona que nunca le haba visto. Ech pie a tierra, se despidi
afectuosamente de Celesto, y abrazado de su to y escoltado por el ama,
subi la tortuosa escalera de la rectoral.




V


El cura de Riofro frisaba en los sesenta aos. Era un hombre pequeo y
grueso, de cuello corto, rostro mofletudo y rojo, o por mejor decir,
morado; los ojos claros y redondos, como trazados a comps; gil en sus
movimientos, a pesar de la obesidad, y fuerte como un atleta. La
expresin ordinaria de su fisonoma, dura, casi feroz; mas cuando tena
que expresar algo, aunque fuese lo ms insignificante, v. gr., cuando
preguntaba la hora o el tiempo que haca, hinchaba de tal suerte su
nariz borbnica, abra los ojos desmesuradamente y los clavaba con tal
fuerza en el interlocutor, que ste necesitaba mucha presencia de nimo
y sangre fra para no echarse a temblar.

Andrs se sinti profundamente intimidado cuando su to le propuso que
se quitase las botas y se pusiese las zapatillas.

--Me parece que no hay zapatillas en la maleta... Vienen en el bal que
trae un carretero--dijo, con el aspecto encogido y el acento del que
confiesa un delito.

--Cmo! No traes zapatillas?

--No, seor--se atrevi a responder con voz dbil.

--Bien; entonces te pondrs unas mas.

El cura entr un momento en la alcoba oscura de la sala, y sali
empuando un par de zapatillas como lanchas, que dej caer con estrpito
a los pies de su sobrino.

--Ahora qutate esa gabardina.

--Qu gabardina?

--La que traes puesta, hombre... no vale nada... parece de papel... Te
ests muriendo de fro.

Andrs comprendi que se refera al _jaquette_.

--No, seor, no tengo fro.

--S lo tienes; ponte ese chaquetn forrado; ya vers qu pronto entras
en calor.

En el chaquetn que le presentaba su to caban cmodamente, a ms de
l, otros dos sobrinos. Pero Andrs estaba tan asustado, que se lo meti
sin replicar.

--Ahora hace falta que te abrigues esa cabeza, hombre, esa cabeza!...
El sombrero lastima la frente... Espera un poco; tengo yo un gorro que
te vendr de perilla.

Era un gorro de terciopelo negro, alto y vueludo, que le tap las
orejas. Cuando se mir en el espejillo que colgaba sobre la cmoda,
haca una figura tan lgubre y extraa, tan semejante a la de un
amortajado, que sinti miedo.

--Sintate ahora en ese silln.

--No estoy cansado.

--Sintate, digo, y responde a lo que voy a preguntarte. Me contestars
con toda franqueza?

--S, seor.

--Cmo te encuentras del estmago?

--As, as.

--Eso no es decir nada... T me has prometido franqueza...

--Me encuentro medianamente.

El cura, que paseaba por la sala con las manos atrs, se detuvo delante
de su sobrino, y clavando en l una mirada de increble ferocidad, le
dijo con acento enrgico:

--Pues es necesario curarse!

Andrs no respondi.

--Pues es necesario curarse!--repiti en voz ms alta y sin dejar de
atravesarle con la mirada.

--Procurar--dijo Andrs entre dientes.

--Cmo?

--Procurar.

--Procurars... est bien; est perfectamente--dijo el cura
dulcificndose un poco y continuando sus paseos.--Lo primero que debemos
hacer para curarnos es cuidar del abrigo, sobre todo del abrigo del
estmago. Traers faja, no es cierto?

--No, seor.

--Cmo! No traes faja?--exclam quedando inmvil, petrificado.

--No, seor; no me ha hecho falta.

--Maana te pondrs una ma de franela. A m me da cinco vueltas. A ti
supongo que te dar alguna ms.

--Me dar quince!--pens con desesperacin Andrs, que sudaba ya
copiosamente dentro de la zamarra.

El cura sigui paseando y desenvolviendo su sistema teraputico, fundado
casi exclusivamente en el algodn y la lana. Andrs le examinaba en
tanto con viva curiosidad no exenta de miedo, imaginando que haba hecho
muy mal en venir a caer en las garras de aquel salvaje.

Concluida la exposicin del sistema, el cura se inform de muchas cosas,
que no saba, tocantes a la familia. Treinta aos haca que desempeaba
aquel curato, sin traspasar sus trminos ms que cuatro o cinco veces
para ir a la capital del obispado. Haba sido muy camarada del padre de
Andrs; le haba querido en el alma; pero desde su matrimonio no le
haba vuelto a ver. En cierta ocasin haban reido por cuestin de
intereses: se haban cruzado entre ellos algunas cartas muy agrias, que
Andrs haba encontrado entre los papeles del ministro. ste le deca en
una que para llegar a la posicin que l ocupaba en la magistratura,
algn discurso y algunas partes intelectuales se necesitaban. El cura
responda que para alcanzar el estado sacerdotal tambin se requeran
cualidades de inteligencia. El ministro replicaba furioso: Cuando a ti
te han ordenado, hombre de Dios, no habran podido ordenar igualmente
al jumento que te llev a Valladolid? Estas y otras groseras se haban
olvidado, al parecer, por ambas partes. El magistrado, cuando hablaba
del cura a su hijo, le deca: Ms claro que mi primo Fermn, el agua.
El cura, cuando se refera al magistrado, llevaba siempre el dedo a la
frente con respeto, para indicar dnde estaba el fuerte de su primo.
Aunque algo saba de lo que haba pasado despus de la muerte de aqul,
no estaba al corriente de los varios sucesos ni de las reyertas que el
muchacho haba tenido con su curador por motivo de intereses. Andrs, un
poco ms tranquilo ya, empez a referrselas por menudo. Al llegar al
punto del rompimiento se le inflam el rostro de tal manera al cura, que
Andrs temi una congestin.

--Pobre muchacho!... Y qu es de esa buena pieza?

--Quin, mi to?... Pues pasendose muy tranquilo y comindose la
tercera parte de mi fortuna, que le he cedido por no llevar a un hermano
de mi madre a los tribunales.

--Majadero!--grit el cura abalanzndose a l con los ojos
terriblemente inyectados; pero dulcificndose sbito, aadi:--T no
tienes la culpa... eres Heredia al fin y al cabo, como tu padre, como
yo, como mi hermano Pedro... Unos tarambanas todos!...

La conversacin se haba prolongado. La seora Rita entr a encender un
veln de aceite, pues la estancia ya estaba casi en tinieblas; despus
extendi el mantel para la cena sobre una mesa de castao, negra y
pulida por los aos de uso. Al poco rato vino con una cazuela humeante,
que deposit sobre la mesa, diciendo:

--La cena en la mesa.

--Santa palabra!--exclam el cura levantndose.

Al sentarse frente a l, Andrs observ que la luz del veln hera de
lleno cierto cuadro que colgaba de la pared, representando un militar a
caballo.

--Qu general es se, to?--pregunt, dando por supuesto que era un
general.

--D. Ramn Cabrera--dijo el cura ahuecando la voz.--No le conoces por
su mirada de guila?--Y extendiendo en seguida la mano derecha sobre la
cazuela, a guisa de bendicin, mascull algunas palabras en latn, que
Andrs no pudo entender.

--A cenar, muchacho!

--Cabrera fue un gran general--dijo Andrs para adular a su to.

--Quin lo duda, chico, quin lo duda!--exclam ste dejando caer la
cuchara sobre el plato.--Slo algn liberal botarate puede llamarle
todava cabecilla... Anda, anda con el cabecilla!... Si le hubieran
visto en la batalla de Muniesa con el anteojo en la mano, me entiende
usted, echando lneas y paralelas... Aqu, escondida detrs de este
repecho, la caballera para cargar cuando haga falta... En la
retaguardia los batallones navarros... En la vanguardia los
castellanos... Capitn Tal, despliegue usted su compaa en guerrilla y
moleste usted al enemigo por el flanco derecho... Coronel Cual, proteja
usted con un batalln al capitn Tal para el caso de retirada...
Comandante Tal, ataque usted con cuatro compaas aquella posicin...
Coronel Cual, proteja usted con un batalln al comandante Tal en el caso
de retirada... Brigadier Tal, marche usted con los regimientos Tal y
Cual por el flanco izquierdo a coger la retaguardia del enemigo...
Brigadier Cual, preprese usted a atacar de frente en el momento que yo
lo ordene.

El cura de Riofro, al poner estas rdenes en boca de Cabrera, imitaba
la voz y los ademanes imperiosos de un general en jefe; sealaba con el
dedo los diversos rincones de la sala, cual si realmente estuviesen
escondidos en ellos batallones, regimientos y brigadas.

--Y mientras tanto--continu,--qu haca el general Nogueras? Figrate,
muchacho, que le haban hecho creer que Cabrera no era ms que un
cabecilla de mala muerte, un estudiante, un telogo que no saba palabra
del arte de la guerra. As que, tomando el anteojo, me entiende usted
(el cura haca ademn de aplicrselo al ojo derecho), dijo a sus
ayudantes: Muchachos: el seminarista se atreve a presentarnos batalla
con los desharrapados que le siguen; es necesario darle una leccin muy
dura para que en su vida vuelva a ponerse delante de un general
espaol. En seguida, me entiende usted, da sus rdenes y dispone el
ataque. Suena el toque de fuego, pin! pan! pun! de aqu, pin! pan!
pun! de all... pom! pom! suena la artillera de los liberales. La de
los carlistas, callada esperando la ocasin... Los liberales parece que
llevan ganada la batalla, y avanzan... En esto el general Nogueras, que
segua contemplando con su anteojo el combate, mientras charlaba y rea
con sus ayudantes, se pone serio de pronto... Rayos y truenos! Qu es
lo que veo?... La vanguardia del ejrcito envuelta! De dnde mil rayos
ha salido esa tropa? Qu caballera es aqulla?... A ver, uno de
ustedes, a enterarse de por qu retroceden los batallones de
cazadores... Que cargue la caballera... Dnde est?... Si tiene
cortado el paso!... Los planes de este seminarista ni yo los entiendo,
ni el diablo que lo lleve tampoco!... En esto llega un ayudante
gritando: Mi general, escape V. E. a ua de caballo, porque estamos
envueltos y vamos a caer en las manos de Cabrera. El general Nogueras,
acto continuo, pone espuela al caballo, diciendo: Qu cabecilla ni qu
barajas!... ste es un general consumado, que da quince y raya a todos
los generales de la reina!

El cura, al terminar su descripcin, tena el rostro tan inflamado que
daba miedo. Algunas gotas de sudor le salpicaban la frente. Se le haba
cado la servilleta, que estaba prendida por una punta al alzacuello.

--Habrn cogido ustedes muchos prisioneros--dijo Andrs.

--Cmo nosotros?--repuso el to con acento irritado.--Yo no he sido
nunca militar... ni ganas!

Despus comi con tranquilidad la sopa, y durante la cena sigui la
conversacin estratgica. Al finalizar, rez en voz alta un Padre
Nuestro en accin de gracias, acompaado del sobrino, y ambos se fueron
a la cama, poco despus que las gallinas.




VI


Poco despus que cantara el gallo por vez primera, se person el cura de
Riofro en el cuarto de su sobrino, voceando ya como si fuesen las doce
del da. Abri la ventana con estrpito, y los rayos fros, pero
hermosos, del sol matinal dieron en el rostro de nuestro joven, que los
acogi con una mueca nada esttica.

--Vamos, gran dormiln, arriba: arriba, hombre, arriba! Si te dejase,
seras capaz de estarte en la cama hasta las siete de la maana.

Andrs oy entre sueos el absurdo de su to y arrug las narices con
espanto.

--Vamos, muchacho, vamos--sigui el cura sacudindole,--que ya son muy
cerca de las seis.

--Ah, las seis!... las seis!--dijo el sobrino restregndose los ojos.

--S, hombre, s, las seis... A qu hora te levantabas en Madrid? Estoy
seguro de que no bajara de las ocho o las nueve.

--Por ah...--respondi Andrs, cada vez ms aterrado.

--Es claro!--prorrumpi el cura chocando con fuerza las manos.--Y
luego queris no estar enfermos, y no tener ese color de cirio que t
tienes! Cocidos en la cama, me entiende usted, toda la maana como si
fueseis a empollar huevos!... Vamos, vamos, levntate que hoy es
domingo, y es necesario mudarse la ropa.

--Me la he mudado ayer--contest Andrs, pensando ganar algunos minutos.

--Cmo ayer?--replic el cura lleno de estupor.--Si ayer fue sbado,
muchacho...

--Y eso qu importa!

--Pero en Madrid, chico, no os mudis la camisa los domingos?

--En Madrid se muda la gente la camisa cuando est sucia.

--Bah, bah, bah! No me vengas con monadas; en Madrid los domingos son
domingos como aqu, y en toda tierra de garbanzos, y los domingos se
hicieron para descansar y ponerse camisa limpia los cristianos... Conque
arriba, que me voy a afeitar... A las ocho la misa...

Ya que se hubo vestido nuestro joven, con no poco trabajo y dolor de su
alma, se asom a la ventana. En vez de tropezar su vista con los
balcones de la casa de enfrente, pudo derramarla a su buen talante por
el magnfico paisaje que haba contemplado el da anterior. La rectoral
estaba ms alta que el pueblo, dominndolo perfectamente, y lo mismo al
valle. ste se presentaba con la pdica frescura de la maana, saliendo
del negro manto que la noche le haba tendido.

Todava no se ha levantado la neblina que por las tardes desciende sobre
el ro. Las praderas que lo guarnecen estn matizadas de blanco por la
escarcha. Las cimas de las altas montaas se ofrecen a lo lejos teidas
de fuerte color de naranja. Los bosques de castaos esparcidos por las
faldas de las colinas guardan an todas las sombras, todos los misterios
de la noche. Debajo de estos bosques duerme segura la aldea, cuyas casas
blancas djanse ver apenas entre el follaje. En los ngulos y rincones
del valle la escarcha es tan fuerte que parece un manto de nieve. El
cielo est difano, de un azul plido, tirando a verde en el Levante,
oscuro hacia el Poniente. Algunas nubecillas leves y blancas, como copos
de velln, flotan, no obstante, por la atmsfera; los rayos del sol las
tien a veces de color de rosa; resbalan lentamente por el cristal del
firmamento; en ocasiones descansan breves momentos sobre la cima de los
peascos ms altos, como si viniesen adrede a proteger los secretos
amores de los genios de la montaa. Por todos lados es necesario
levantar mucho la vista para ver el cielo.

--Estoy metido en una jaula--pens Andrs,--en una jaula deliciosa. Sin
embargo, hace tiempo que no he respirado tan bien: parece que se me
ensancha el pecho y me entra con el aire nueva vida.

Despus se ri de sus ilusiones, achacndolas a las ideas tan favorables
al campo que le haba inculcado el doctor Ibarra. As que hubo tomado el
desayuno, en compaa de su to, se ech fuera de casa, para comenzar a
poner por obra lo que le haban recetado.

Delante de la rectoral estaba el camino, que hacia la derecha y bajando
conduca al pueblo, y por la izquierda y subiendo guiaba a Lada; el
mismo que l haba trado. Detrs haba una huertecita en declive con
hortaliza y frutales: despus de la huerta un bosque, tambin en
declive, perteneciente a los mansos de la parroquia y denominado la
Mata. No era una mata en la acepcin verdadera de la palabra, sino un
bosquecillo formado de rboles de distintas clases, plantados por el
antecesor del actual prroco, y que no contaran de existencia ms de
cuarenta aos. Debido a lo cual, los que crecen lentamente, como el
roble, el nogal, el haya, etc., no tenan an la corpulencia que haban
de alcanzar con el tiempo; en cambio, otros se presentaban en la
plenitud de su desarrollo. Veanse soberbios pltanos de esplndido
ramaje con sus anchas hojas erizadas de picos; magnficos olmos de
oscura copa tallada en punta como las agujas de las catedrales, y
formada de espessimas y menudas hojas; grandes y robustos castaos de
aspecto patriarcal, exuberantes de salud y frescura; al lado de stos
ostentaban los abedules sus blancos y delicados troncos. Haba tambin
acacias silvestres sosteniendo con endebles pilares una inmensa bveda
de hojas; numerosos fresnos de elegante figura, representando en su copa
bien cortada la pulcritud clsica; espineras silvestres, tejos, lamos,
moreras y otras varias clases de rboles, todos fraternizando en el
pedazo de tierra parroquial que las aficiones selvticas del cura
anterior les haba asignado.

Andrs sinti un deseo irresistible de ensotarse en aquella espesura. A
pesar del vago terror a lo desconocido que un bosque inspira siempre,
sobre todo cuando no se han visto ms que los del Retiro de Madrid, y
del miedo razonable a los bichos que all suelen tener guarida, penetr
en l resueltamente.

Nunca haba visto vegetacin tan poderosa, entregada por entero a si
misma, libre para engrandecerse y ostentar caprichos extraos y
monstruosos. El buen cura haba arrojado un puado de grmenes en aquel
pauelo de tierra. La naturaleza haba respondido al llamamiento con una
sacudida formidable de sus fuerzas interiores, levantando sobre la
alfombra de csped un inmenso templo de cpulas movibles, una catedral
de verdura cuyos fustes de todos colores y tamaos se alineaban en serie
indefinida hasta perderse de vista. Y de sus bvedas altas y tupidas,
rasgadas a veces por singular capricho para que se viese el cielo,
bajaba ms grata frescura, un silencio ms religioso que de las naves de
piedra de nuestras iglesias gticas. La luz, entrando con esfuerzo al
travs de aquella mltiple celosa, caa sobre el csped discreta,
misteriosa, llena de exquisita dulzura, convidando a las emociones
profundas y suaves.

Experiment una turbacin deliciosa al poner la planta en aquel recinto.
El olor acre y penetrante de la selva, cargado de emanaciones
balsmicas, producto del sudor de los rboles y la tierra, le embriag
dulcemente. La infinita diversidad de luces y sombras que bailaban sin
cesar, el contraste de los varios matices del verde, desde el negro
profundo hasta el dorado, le ofuscaron. Se sent, mejor dicho, se dej
caer sobre el csped, y acometido a la vez por la admiracin, el temor,
el bienestar y la sorpresa, gir la vista en torno, contemplando el
templo sublime de la naturaleza. No osaba mover un dedo siquiera por no
turbar la majestad silenciosa y la paz de sus naves. Olvidose en un
punto de toda su vida, de sus placeres como de sus dolores: crey nacer
de nuevo en otras regiones ms altas, ms puras, ms felices. Aquellos
rboles, llenos de vigor, henchidos de salud y de fuerza, le seducan:
su inmovilidad augusta, el recogimiento de sus copas, le causaban una
sensacin melanclica: la fortaleza de sus enormes brazos, que se
extendan por el espacio firmes y poderosos, repletos de savia, le
infundan respeto y envidia. El bosque todo se ofreca con vida
desordenada y exuberante, con el bro y la soberbia de la juventud:
ningn rbol carcomido, ninguna planta marchita; todo viril, todo sano,
todo fuerte. Jams la flaca naturaleza de nuestro joven se sinti tan
humillada. Junto a aquellos atletas crasos y pletricos que ostentaban
su musculatura sosteniendo sin esfuerzo la enorme masa de sus copas,
sintiose tan pobre, tan pequeo, que se asombraba de vivir.

Mas esta humillacin, lejos de causarle pena, pareca regenerarle. Una
alegra extraa penetraba en su corazn y se esparca por todo su ser,
inundndole de tal suerte que le causaba congojas. Era una alegra que
le apretaba la garganta y le refrescaba la sangre. Nunca experimentara
sensacin de placer tan puro ni un sentimiento tan profundo de la
belleza. Por primera vez l, que haba escrito tantos millares de
versos! vio cara a cara la poesa; el corazn se lo dijo claramente.
Era la poesa genuina, esplendorosa y difana, sin estrofas ni
consonantes, ni mucho menos ripios, que nace de la comunicacin de un
alma sensible con la naturaleza. Era la poesa que en aquel momento
expresaba un mirlo, que vino a posarse cerca, con sus notas puras y
cristalinas. El bosque se estremeci de dicha al escuchar aquel grito
aflautado, aquel canto tierno y melodioso que recoga la frescura, las
armonas, los misteriosos hechizos del bosque, para dirigirlos al
Hacedor como un himno matinal de gracias. Andrs tambin sufri una
sacudida. La emocin, que le haba ido embargando poco a poco, se
desbord en lgrimas por sus ojos. Lo que senta era tan nuevo, tan
dulce, que llegaba a hacerle dao. El llanto le refresc.




VII


Sonaron por tercera vez las campanas de la iglesia, respondiendo con un
concierto bullicioso e ininteligible al canto claro y sosegado del
mirlo. Andrs se levant para or misa. Estaba la iglesia no muy lejos
de la rectoral. Cuando lleg a ella, an no haban terminado el rosario,
que en las aldeas precede los domingos al sacrificio incruento. Pero al
rosario asisten solamente las mujeres y los devotos: los espritus
lcidos, los temperamentos volterianos de la aldea se quedan en el
prtico fumando y charlando en alta voz.

En ocasiones, las voces son tan altas, que el cura se ve en la precisin
de salir a imponerles silencio. Con tal motivo, les pronuncia siempre un
discurso, en que los llama, entre otras cosas, _escribas_; pero los
feligreses recalcitrantes no se dan por ofendidos, y reciben las
pedradas del pastor bajando la cabeza con sonrisilla irnica.

Nuestro joven entr en la iglesia, que era reducida y pobre, y despus
de hacer una genuflexin ante el altar mayor, sigui hasta la sacrista,
cuartito ms pobre an que la iglesia, con una ventanilla redonda por
donde entraban los rayos del sol. Un arca con tiradores a modo de
mostrador ocupaba entera la parte inferior del lienzo ms grande de
pared; un crucifijo horriblemente ensangrentado penda sobre el arca. Lo
primero con que tropez fue con Celesto que, de rodillas a la puerta,
rezaba el rosario. Esparcidos por el recinto, unos sentados, otros de
hinojos, estaban: el maestro de escuela, que era un joven rubio
afeminado, con traje de labrador en da de fiesta; el escribano del
lugar, que trabajaba toda la semana en Lada y vena los sbados por la
tarde a pasar el domingo con su familia; rostro enjuto, nariz aguilea,
aspecto de raposo; cierto caballero llamado D. Jaime, hijo del pueblo,
que haba llegado recientemente de Amrica: color de aceituna, ojos
pequeos y hundidos, enfermo del hgado, de cuarenta y cinco a cincuenta
aos de edad; el sacristn y otras dos o tres personas, que por su
aspecto representaban la transicin entre el labrador y el caballero.

--Buenos das, seores.

--Santos y buenos los tenga usted.

El rosario termin en seguida. D. Fermn entr en la sacrista tan
altanero y furibundo como el conquistador que pone el pie en una ciudad
capitulada; entr diciendo con increble arrogancia y crueldad:

--Esta noche ha helado como en Diciembre; me parece que no vamos a tener
fruta este ao.

Los circunstantes asintieron; no les quedaba otro recurso. Sin embargo,
el escribano se atrevi a apuntar humildemente que no se perdera ms
que la fruta temprana; la que viene tarde an poda lograrse.

--Cree usted?--dijo el cura clavndole sus ojos preados de amenazas.

--S, seor--repuso el escribano con gran presencia de nimo.

Contra lo que pudiera presumirse, don Fermn no cay como un rayo sobre
l. Sac un inmenso pauelo de yerbas para sonarse y replic:

--No s qu le diga a usted, D. Flix; ahora est toda la savia arriba y
apenas ha cado flor...

--Eso qu importa!... Los perales tienen la corteza dura, y los
castaos y los nogales lo mismo--dijo el escribano con creciente osada.

La misma aterradora mirada por parte del cura.

--Me alegrar, D. Flix, me alegrar; mis perales de Marco han echado un
carro de flor este ao... No quisiera, por algo de bueno, que se me
perdiera la cosecha... Y usted, D. Flix, cmo tiene su pomarada?

El cura, mientras hablaba, se haba despojado del bonete y empezaba a
meterse el alba de lienzo ayudado por el maestro y el sacristn. D.
Flix hizo una descripcin detallada del estado de su finca: algunos
pomares haban cargado mucho; otros, en cambio, no tenan una sola
manzana.--Algo raro est pasando con la sidra--termin diciendo mientras
arreglaba un pliegue del alba, que el maestro y el sacristn haban
dejado mal.--Antes los pomares producan un ao y descansaban al otro.
Ahora se contentan con dar un puado de manzanas todos los aos.

--_Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris_--murmur el
cura, ponindose el manpulo en el brazo izquierdo.--Vamos, D. Flix, no
ofenda usted a Dios con esas quejas. Un hombre, seores (volvindose a
los circunstantes), que ha recogido el ao pasado treinta y siete
pipas...

--Y eso qu tiene que ver? Yo he recogido treinta y siete pipas de
sidra y tengo quince das de bueyes de pomarada; y D. Pedro de Marn no
tiene ms de nueve, y hace dos aos meti en el lagar muy cerca de
cincuenta pipas.

--_Redde mihi, Domine stolam inmortalitatis quam perdidi_, etc.--murmur
el cura ponindose la estola.--Pero dgame a cmo le han pagado a usted
las pipas y a cmo se las han pagado a don Pedro.

--Hum, hum!--gru el escribano, cogido en el garlito.

--Eh!... qu tal? Que se lo diga a ustedes, seores, que se lo
diga--exclam el cura con aire triunfal; y sin querer aguardar la
rplica que el escribano estaba meditando, se meti con un solo
movimiento la casulla por la cabeza, tom el bonete, hizo una profunda
reverencia al Cristo ensangrentado, y sali de la sacrista dirigindose
al altar mayor.

Gran rumor en la iglesia a la aparicin del sacerdote: las mujeres se
arrodillan, la mayor parte de los hombres tambin. En la sacrista se
opera un movimiento de concentracin hacia la puerta. Don Fermn, dentro
del presbiterio, inclinado profundamente, comienza a recitar con voz
hueca y oscura las preces de la misa; un nio que tiene al lado le
contesta. El maestro, el escribano y Celesto abren un enorme misal de
letras coloradas, lo colocan sobre el arca de la vestimenta, y con voz
destemplada principian a cantar. Imposible que se diera algo ms
inarmnico y endiablado. Andrs, despus de haberlos contemplado un rato
con espanto, se refugi en la puerta y desde all comenz a explorar los
rincones de la iglesia. Estaba enteramente ocupada por la gente de la
aldea, todos labradores; las mujeres delante, vestidas la mayor parte de
tela de estamea negra, pauelos de color a la garganta y la cabeza
cubierta con mantilla de franela; los hombres detrs, con chaqueta de
bayeta verde o amarilla, calzn corto de pana, medias blancas de lana
sujetas por ligas de color. Todos asistan con profunda devocin y
recogimiento a la misa.

El joven cortesano, no muy fervoroso, pase una y otra vez su mirada
distrada por el concurso, ahora fijndose en una mujer que pellizcaba a
su hijo para que se estuviese atento, despus en un anciano que rezaba
con los brazos en cruz, ms tarde en unos nios que se entretenan en
meter la cabeza por el enrejado del altar. Haba algunos rostros
bastante agradables entre las mujeres, frescos y sonrosados, los cuales,
por ms que aparentasen mucha atencin y recogimiento, no dejaban de
volverse a menudo, y con visible curiosidad, hacia el forastero plido
que se apoyaba en el quicio de la puerta de la sacrista. Haba,
particularmente, uno moreno, gracioso, de nariz levemente aguilea, boca
chiquita y fresca, ojos no muy grandes tampoco, pero negros y vivos,
frente estrecha y adornada con rizos de pelo negro, que consigui
llamarle la atencin.--Vaya una chica salada!--pens, devorndola al
mismo tiempo con los ojos. A la joven aldeana tambin debi de
extraarle Andrs, porque le mir larga y fijamente un buen espacio, sin
importarle nada de la insistente curiosidad de ste. Despus que le hubo
examinado a su sabor, hizo una levsima mueca con los labios y entorn
de nuevo los ojos al altar. El forastero, con la percepcin clara y fina
del hombre culto, adivin por esta mueca que no haba gustado. El rostro
trigueo no volvi a inclinarse hacia su lado en todo el tiempo que
dur la misa. En cambio, Andrs, por una especie de atraccin magntica,
apenas pudo quitarle ojo. Al mudar el misal para leer el Evangelio, la
joven se levant, tom un hacha de cera que tena delante, colocada
sobre unos palitroques, y fue a encenderla en uno de los dos cirios que
ardan al pie de la verja del altar. Entonces nuestro hroe pudo
contemplar una figura ms alta que baja, esbelta y airosa, un pecho
subido y pronunciado que, digmoslo en menoscabo de su pureza, no fue lo
que menos impresin le caus desde el principio.

Al llegar al Ofertorio, el cura se dispuso a predicar a sus feligreses.
Algunos de stos, los ms prximos a la puerta, se salieron; las mujeres
se sentaron; en la sacrista, el escribano tambin se sent en un banco,
sac el bote de plata con tabaco y se puso a liar un cigarro: no
tardaron en acompaarle algunos otros. Andrs, el maestro y D. Jaime
permanecieron en la puerta.

--Tengo que deciros una cosa--comenz el cura en el tono ms cavernoso
que pudo adoptar.--Tengo que deciros que sois unos verdaderos fariseos,
porque aparentis cumplir con los preceptos de Nuestro Seor Jesucristo
y de Nuestra Santa Madre la Iglesia, y hacis, me entiende usted, befa
de ellos en secreto. Vens a misa, rezis el rosario, asists a las
procesiones; pero es porque no os cuesta ningn trabajo. En cambio, si a
mano viene, no os importa trabajar en da festivo, faltando a uno de los
primeros mandamientos de la ley de Dios, que dice santificar las
fiestas... Lo que hacen mis feligreses en tiempo de yerba, como ahora,
es un verdadero escndalo, y est dando que decir, me entiende usted, a
todas las personas piadosas del concejo. Con la mayor frescura levantan
la yerba los domingos, la cargan y marchan con su carro chillando por el
medio del pueblo, como si Dios no los mirase, como si no clavasen con su
pecado una espina ms en la cabeza de nuestro Redentor. Esto no est
bien, no est bien, y espero que os corrijis, si no queris ser los
sepulcros blanqueados de que nos habla el Evangelio, llenos de
podredumbre, me entiende usted, y de inmundicia por dentro, y limpios
por fuera... eso es...

Pero alguno me dir: De modo que, bajo ningn pretexto, se puede
trabajar los domingos?... Yo le contestar: Distingo... Si Juan, Pedro o
Diego, pongo por caso, tienen la yerba tendida en la heredad y temen que
se les pierda de no meterla cuanto antes en la tinada, bien porque el
da amenaza nublado y amanece a llover, o bien, me entiende usted,
porque ya est seca de algunos das o por cualquier otra causa; si
aprovechan la maana del domingo para meterla, y efectivamente la meten,
procurando no dar escndalo... no pecan... Pero si Juan, Pedro o Diego
se ponen a revolver la yerba o a meterla un domingo por estar ms
desocupados el lunes, o porque, me entiende usted, quieren concluir
cuanto ms antes esta labor para comenzar otra, o por decir que la
tienen en la tinada antes que los dems vecinos, o por cualquier otra
causa que no sea legtima... entonces pecan mortalmente.

Por consiguiente, ya lo sabis... No se puede trabajar los das
festivos sin causa; que lo oigan bien esos que estn a la puerta...
sin causa legtima!... Los que trabajen pecan mortalmente y estn
condenados, si no se limpian en el sagrado tribunal de la Penitencia, a
las penas eternas del infierno.

Por consiguiente, ya lo sabis... El tercer mandamiento de la ley de
Dios es santificar las fiestas. Todos estamos obligados, me entiende
usted, a guardar los das de precepto, no slo para bien de nuestra
alma, sino por el ejemplo que con nuestra buena conducta damos a los
otros. Los que falten a este sagrado precepto sin necesidad, cometen un
grave pecado. Dios ha descansado el sptimo da cuando hizo el Universo,
y quiere que nosotros descansemos tambin...

Por consiguiente, ya lo sabis...

Todava sigui el cura buen rato arrastrando con esfuerzo el carro de la
palabra, repitiendo los mismos conceptos, a veces con las mismas
palabras, buscando en los nudillos de los dedos, que frotaba suavemente,
nuevas ideas y argumentos. La voz era profunda, particularmente al
terminar los perodos: al principiarlos, ms gangosa que profunda.

Los rostros de los feligreses expresaban aburrimiento resignado. Las
mujeres, sentadas en el suelo, miraban cara a cara al cura con ojos
distrados. Los hombres de la puerta bostezaban, abriendo la boca hasta
descoyuntarse las mandbulas. Andrs, el maestro y D. Jaime, fatigados
de escuchar, se replegaron tambin hacia el banco donde estaba el
escribano. Se empe una conversacin animada acerca de lo que poda
recaudarse entre los vecinos para la fiesta parroquial, que no estaba
muy lejos. El escribano, D. Jaime y otro de los que all se hallaban
sostenan la causa de los vecinos y se oponan a que se les gravase,
alegando que la fbrica an tena algunos fondos: el maestro y Celesto
defendan la del cura.

Al fin termin ste su pltica, y prosigui la misa. Todos volvieron a
sus primitivos puestos. Los cantantes apenas tuvieron ya que decir en
adelante ms que _amn_ y _et cum spiritu tuo_, respondiendo al cura.
Cuando ste, despus de cantar solemnemente el _ite misa est_, ech la
bendicin al pueblo, los circunstantes se volvieron unos a otros,
diciendo un buenos das amical y apresurndose a recoger los
sombreros. Algunos se marcharon; otros, entre ellos Andrs, esperaron al
cura, que entr en la sacrista mascullando latines, los ojos bajos y
las manos juntas. Despus que se despoj de la casulla, salud con
expansin a sus amigos.

Cuando nuestro joven sali de la iglesia, las campanas repicaban
alegremente. El sol baaba ya enteramente el valle. Mozos y mozas
formaban pintorescos grupos dentro y fuera del prtico, que empezaban a
moverse en direccin al pueblo. En uno de ellos atisb a la morenita que
le haba llamado la atencin.

--Oiga usted, Celesto, quin es aquella chica morena que est a la
izquierda del hombre de la boina?

--Cul, la del pauelo azul?

--No, la del pauelo negro y corales en la garganta... la que ahora se
despide, mire usted.

--Ah, s!... la hija de Toms el molinero... No piense usted en ella,
D. Andrs... (bajando la voz y en tono confidencial). Yo le dar a
conocer otras mucho ms amables en cuanto usted se mejore un poco... sa
es una yegua.




VIII


Al mes de hallarse en las Braas, Andrs haba mejorado notablemente.
Sin otras medicinas que el andar constantemente al aire libre, montar a
veces el caballejo de su to, salir otras con Celesto a cazar (en
realidad a espantar pjaros), jugar a los bolos, acostarse y levantarse
temprano, acudi el apetito y desapareci la extremada debilidad que le
inquietaba. El color siempre plido, pero se iba tostando un poco.
Bajaba a menudo al pueblo, compuesto de unas cuantas docenas de casas,
blancas unas, pardas otras, todas pequeas y de un solo piso,
diseminadas sin orden por el espacio de tierra llana que el ro dejaba
en su margen derecha. Las grandes huertas, que algunas de ellas tenan
detrs o a los lados, ensanchaban bastante el permetro de la aldea. En
el centro, o hacia el centro, estaba lo que pudiera llamarse plaza, o
sea un pedazo de tierra cercado a trozos por casas, a trozos por
rboles, surcado por la acequia de un molino, que se salvaba por medio
de un pontn de madera. Tal pedazo de tierra sin cultivar serva de
desahogo al pueblo. En el medio haba una columna de madera, carcomida
por la intemperie, a cuyo extremo se hallaba sujeta una campana que se
haca sonar con cadena. Serva para convocar a los vecinos en caso de
necesidad, y tambin la utilizaba el cura para rezar el _Angelus_ cuando
las horas del medioda o el oscurecer le sorprendan entre sus
feligreses. Los que anduviesen cerca se agrupaban en torno, la cabeza
descubierta, los ojos bajos: el cura, de pie en la escalerilla que
serva de pedestal, dominndolos a todos, rezaba en alta voz, dando con
lentitud tres campanadas antes de cada Ave Mara. En una cierta maana
en que Andrs baj al pueblo, hall gran nmero de hombres reunidos al
pie de la columna. Se introdujo en el grupo para saber de lo que se
trataba. Un vecino sostena con calor (con el calor relativo que emplean
los paisanos hasta en los negocios ms importantes de la vida) que el
toro del concejo no serva, que era demasiado corpulento y que haba
causado graves daos a sus vacas y a las de otros. Los perjudicados
apoyaron los argumentos del preopinante, y despus de breve discusin,
en que slo sostuvo la causa del toro el vecino encargado de mantenerlo
(por haberse encariado con l, segn se aseguraba por lo bajo),
decretose, de acuerdo general, que fuese vendido en el primer mercado, y
se comprase otro de menor tamao.

Sola por las tardes ir a dormir la siesta a la Mata, debajo de una gran
acacia, y se placa extremadamente en escuchar horas enteras los gorjeos
de los pjaros, los rumores de los rboles, el canto de los insectos.
Tendido boca arriba en el csped, contemplaba sin pestaear el
firmamento, sumergiendo la mirada en sus profundos senos azules,
pensando algunas veces descubrir detrs de ellos algn inefable
misterio. Aquella posicin le mareaba al cabo. Entonces sola ver el
cielo como inmenso mar de cuyas aguas salan formando bosques de algas
las copas de los rboles: los pjaros eran las naves que lo surcaban.
Cuando el viento azotaba las hojas y remova la tenue gasa azul que las
envolva, corra gozo extrao por todo su cuerpo, acometanle locos
deseos de volar por aquellas difanas regiones, imaginbase en medio de
ellas solo, perdido, rbitro de surcar la inmensidad en todas
direcciones, sentase envuelto y acariciado por las olas sutiles del
ter; la vista entonces se le ofuscaba; el vrtigo se apoderaba de su
cabeza. Quedaba algunos instantes con los ojos abiertos sin ver, con el
pensamiento despierto sin pensar. Era, no obstante, un mareo tan
delicioso, un bienestar tan grande, que hubiera querido que durase
eternamente.

En la aldea comenzaban a tratarle con familiaridad: le llamaban D.
Andrs el sobrino del seor cura, y le instaban para que entrase en las
casas, y le agasajaban mucho cuando le tenan dentro. Se haba corrido
la voz de que era rico y que escriba en los papeles. No haba
necesidad de ms para que el pueblo entero le respetase y se interesase
por su salud. Ningn vecino haba que, al tropezarle por los caminos, no
le preguntase si tena ms ganas de comer. El apetito de Andrs fue por
una temporada la cuestin palpitante en Riofro.

Cuando se hubo repuesto un poco, Celesto se atrevi a proponerle una
salida nocturna a caza de aventuras galantes por los caseros
comarcanos: el cura no se enterara de nada: tampoco D. Rita: despus
que todos se hubiesen retirado, l colocara una escalera de mano debajo
de la ventana, y por ella bajara y subira sin que alma alguna lo
advirtiese. Pero no acept la proposicin. Se encontraba en uno de esos
perodos de la vida en que las mujeres interesan poco, en que lo
femenino no basta a llenar el alma embargada por otra clase de
sentimientos. De un lado, la admiracin y las sorpresas que diariamente
le proporcionaba aquella rica naturaleza; de otro, la necesidad
imprescindible de restaurar su organismo, de renovarse, de asegurar su
vida expirante.

Sin embargo, en este sosiego fsico y espiritual que disfrutaba todava
su temperamento, excesivamente impresionable, se alarmaba alguna vez.
Eran leves y peridicas sacudidas que, por fortuna, duraban poco. Los
domingos, cuando iba a misa, sola contemplar a aquella muchacha morena
del primer da arrodillada en el mismo sitio y ejecutando a la lectura
del Evangelio la misma operacin de levantarse y encender su hacha.
Desde la puerta de la sacrista se la vea admirablemente. Y como no
hubiese por all cerca otro objeto ms interesante en que fijarse (salvo
la misa), la verdad es que Andrs se fijaba en ella ms de la cuenta.
Esto se iba murmurando, por lo menos, en un grupo de mujeres cierto
domingo al salir de la iglesia. Mas no se crea que a nuestro joven se le
daba un ardite de la morenita. La prueba de ello es que en toda la
semana volva a acordarse de su figura ni del santo de su nombre. Crea
estar a demasiada altura en achaques de amor para ir a enamorarse en un
dos por tres de una muchacha morena que enciende un hacha de cera en
misa. Pero lo que es mirarla, no hay ms remedio que confesarlo, la
miraba con profunda y escrupulosa atencin. Y quin sabe! si no hubiera
sido por aquella malhadada mueca de desagrado que hizo la chica el
primer da, no hubiera sido imposible que nuestro hroe procurase
ponerse al habla con ella. Pero era tan susceptible como impresionable;
tena aquella mueca siempre delante de los ojos como barrera
insuperable. Por otra parte, despus que sala de la iglesia, ya no
hallaba ocasin de verla en toda la semana. Segn le haban dicho, no
habitaba en el mismo pueblo, sino algo ms lejos; cosa de un tiro de
bala hacia la montaa. No haba, pues, modo de verla sino hacindole una
visita. Andrs no pensaba en ello.

Cierto suceso, puramente casual, vino, sin embargo, a modificar un tanto
sus planes y sentimientos en este punto. Celebrbase en los trminos
del concejo, pero a distancia respetable, la romera de Nuestra Seora
de la Pea, en el corazn mismo de la sierra. Aunque para llegar al
santuario la ascensin fuese penosa, era siempre de las ms concurridas.
En las aldeas acaece a menudo que no son las ms prximas y asequibles
las romeras animadas; quiz por el deseo que nos arrastra a todos a
vencer dificultades, aunque sea para divertirnos. Celesto vino a
proponerle el sbado por la tarde la excursin a ella; se la pint con
tan hermosos colores que, aun a riesgo de fatigarse, consinti en ir,
con tal que la vuelta no fuese de noche.

--Vendremos antes de ponerse el sol, D. Andrs... y le aseguro que
vendremos bien acompaados.

Esto dijo el seminarista guiando un ojo. Y, en efecto, al da siguiente
de madrugada, cuando an no se vea del todo claro, llam a grandes
golpes a la puerta de la rectoral. Despertaron a Andrs de su profundo
sueo, y despus de mucho sacudirle, consiguieron ponerle en pie y que
se aderezase.

El viaje, aunque largo y difcil, no dej de ser alegre. El tiempo
estaba sereno; el sol todava no molestaba gran cosa. Celesto iba armado
de gaita. Andrs llevaba las provisiones. Cuando pasaban por delante de
algn casero, se detenan a instancia del seminarista; descolgaba ste
la gaita de los hombros y comenzaba a soplar con furia. El toque de
alborada, risueo y bullicioso, estremeca de jbilo la silenciosa
aldea; las gallinas batan las alas despertndose, ladraban los perros,
los puercos gruan en su pocilga, las vacas sacudan la cadena que las
sujetaba en el establo, dentro de las casas oase rumor de pasos y
conversaciones. No tardaba en abrirse algn ventanillo y aparecer por l
un rostro fresco y sonrosado que al ver a Celesto sonrea mostrando unos
dientes admirables.

--Eres t, capelln?

--Soy yo, Josefina.

--Qu vientos te traen por aqu?... Ah! s, la romera de la Pea; ya
no me acordaba.

--Te vienes con nosotros?

--No; ir hacia la tarde.

--Vente ahora, y te llevaremos en brazos.

--Soy muy pesada.

--Aunque fueses de plomo!

--De veras? Ya s que no te falta voluntad; pero esta ltima vez has
venido muy flojo del seminario.

--Ven a probarlo.

--No tengo gana.

--Lo ve usted, D. Andrs? Me tiene miedo. Adis, Josefina, hasta la
tarde. Cuidado que faltes!

--Ya! Porque sin m no hay romera.

--Mucho que s! Adis, resalada.

Tornaba Celesto a inflar los carrillos, y tornaba la gaita a exhalar sus
notas penetrantes alegrando la campia. Cuando sala de la aldea, se
echaba otra vez el instrumento a la espalda.

De casero en casero fueron subiendo hasta el paraje donde se celebraba
la romera. Era una pradera en declive, cerca ya de la cima de una de
las ms altas montaas. Formaba pequea hondonada verde entre dos
escuetos picachos blancos: la capilla de la Virgen en el centro
completamente aislada. No haba por all ningn otro edificio. Desde las
primeras horas de la maana acudi la gente de los contornos y mucha
tambin de sitios lejanos. Al medioda estaba la romera en todo su
esplendor. La muchedumbre se derramaba por los alrededores de la capilla
en pintoresca y agradable confusin. Los vivos colores de los pauelos y
delantales resaltaban prodigiosamente sobre el terciopelo negro de los
dengues y faldas de estamea, lo mismo que las chaquetas verdes y
amarillas de los hombres lucan sobre los calzones negros de pana. El
constante movimiento de aquella multitud abigarrada produca una especie
de titilacin que deslumbraba. Todo era ruido y algazara. Aqu en un
grupo bailaban al son de la gaita y el tambor unas cuantas parejas: all
en otro hacan lo mismo otras al toque destemplado de una zanfonia. Las
mesas de confites, ms duros que el pedernal, y las cestas de fruta
estaban rodeadas de mujeres y nios: los puestos de vino y sidra,
atestados de hombres.

Andrs haba tropezado a primera hora con Rosa; pero sta pas tan
seria a su lado, que no le entraron deseos de requebrarla. Celesto le
llev de un lado a otro, hacindole beber contra su voluntad algunos
sorbos de sidra en los corros de los hombres (los que el seminarista se
propinaba eran tragos horrendos) y tomar avellanas de mano de las mozas
que le iba presentando. Las tales mozas, amigas de Celesto, eran
excesivamente amables, enseaban mucho los dientes al rer y bromeaban
con harta desenvoltura. De uno en otro grupo iban rodando, parndose a
saludar a ste y al otro paisano, casi todos ebrios ya, que les
entretenan largusimo rato con charla impertinente y grosera. Andrs se
aburra soberanamente. Por el contrario, Celesto pareca cada vez ms
alegre, y segua con marcado inters todas las conversaciones, por
necias y disparatadas que fuesen.

A la tarde dieron con su cuerpo cerca de un grupo de muchachas que
bailaban la giraldilla un poco apartadas del grueso de la gente.
Detuvironse a contemplarlas. Rosa estaba entre ellas, movindose con
ms ligereza y garbo que ninguna, luciendo su talle flexible, que
aprisionaba un pauelo de Manila, regalo de su seor to el americano D.
Jaime, y adornada la cabeza con otro colorado de seda, por debajo del
cual asomaban los rizos de su negro cabello. Un collar de gruesos
corales le cea la garganta, y pendientes largos de perlas colgaban de
sus orejas. Tena la hija del molinero de Riofro figura arrogante y
esbelta, y en sus movimientos haba gracia inexplicable. Su rostro
trigueo y sonrosado ofreca ordinariamente expresin dura y hasta
desdeosa; pero era tan vivo, tan fresco, tan salado, que causaba en los
hombres impresin placentera y picante al mismo tiempo.

En pie, a cierta distancia del corro, Andrs la contempl sin pestaear
buen rato, siguiendo con atencin sus movimientos. Celesto se haba
colado dentro de la giraldilla, y estaba causando entre las mozas mucha
risa y algazara con sus dicharachos y muecas: las abrazaba, les pasaba
la mano por el rostro cuando bien le vena, les pegaba fuertes
empujones, sin que ninguna se diese por ofendida.

--Vamos, D. Andrs, vngase a menear un poco las piernas, que estas
chicas lo desean.

Las mozas, avergonzadas, protestaron. Andrs sonri, sin atreverse a
aceptar. Al fin, atrado por el deseo irresistible de aproximarse a Rosa
y por la necesidad de sacudir el aburrimiento, se introdujo tambin en
el corro.

La primera a quien sac a bailar fue a Rosa. Crea con esto rendirle un
homenaje; trataba de captarse su simpata. Mas, contra lo que esperaba,
la joven aldeana, al verle frente a ella en actitud de invitarla al
baile, le volvi rpidamente la espalda y se puso a bailar con la
compaera que tena al lado. Andrs qued un instante suspenso y
corrido. Luego, fingiendo indiferencia, sac a otra muchacha y sigui
bailando. Pero el desaire, siquiera fuese el de una zafia aldeana, le
roa el alma. Por ms que aparentase alegra, y brincase y cantase como
un estudiante crapuloso, lo cierto es que tenia los nervios excitados y
prestos a dispararse. Despus de bromear largo rato, sin dignarse mirar
a su linda enemiga, pero con el pensamiento fijo en ella, atrado por el
desaire pasado como por un imn, y buscando el desquite como el jugador
que ha perdido, se puso de improviso otra vez frente a ella y la invit
de nuevo. El mismo resultado. Rosa dio la vuelta y se puso a bailar con
otra amiga. Entonces los nervios de Andrs no pudieron sufrir ms.
Soltose bruscamente de la rueda, y murmurando algunas palabras
colricas, se alej del corro. Celesto le sigui inmediatamente, muy
apurado.

--No se lo deca yo a usted, D. Andrs?--le dijo cuando le hubo
alcanzado.--Por qu no ha querido usted hacer caso de m? Al fin le ha
dado la coz!

En tanto, las mozas rodeaban a Rosa y le afeaban su conducta. A cuantas
advertencias le hacan contestaba con acento irritado y un gesto altivo
de reina salvaje:

--Yo soy una aldeana. No quiero bailar con los seores.

Tal resultado obtuvo el primer paso de Andrs para acercarse a su
morenita de la iglesia. Cuando al meterse en la cama aquella noche
recordaba el lance, se le encenda la sangre y disparaba injurias
mentales contra la rstica chicuela. Por la maana, al vestirse, todava
las segua disparando, porque todava segua recordando el desaire. Al
medioda lo mismo. All en el pensamiento, y aun entre dientes, la
apellidaba tonta, soez, presumida y hasta fea. Pero, contra su voluntad
y sus esfuerzos para distraerse, no poda apartarla de la imaginacin.

Despus del medioda, en vez de irse a dormir la siesta a la Mata, como
tena por costumbre, se baj pian, pianito, al pueblo, sin objeto
determinado. Estaba casi desierto. La gente se haba marchado al
trabajo: la mayora de las casas cerradas. El sol de Junio alumbraba y
quemaba en la plaza a unos cuantos nios medio desnudos que jugaban
arrastrndose por el suelo. Andrs la atraves lentamente, como quien
marcha a la ventura, y fue a salir por el extremo opuesto de la aldea.
All se abra una caada que iba a la montaa, por donde bajaba un
arroyo tributario del ro de las Braas.

La caada era frondosa y amena, y tena el atractivo de lo desconocido
para nuestro joven, quien, al dar los primeros pasos en ella, de ningn
modo se hubiera confesado que le impulsaba otro mvil que el puro amor a
los paisajes. Si se lo hubiera confesado, seguro que hubiese dado la
vuelta.

Para mejor recrearse, no quiso seguir el camino que cea la ladera:
prefiri caminar por el lveo mismo del arroyo, que en el verano estaba
casi enjuto. Formaban sobre l los avellanos que salan de las fincas
lindantes una espessima bveda, tan baja que a veces no permita el
paso de un hombre sin doblarse: en ocasiones llegaba hasta interponerse
como una barrera, como una muralla de verdura: entonces nuestro joven se
vea obligado a buscar un agujero por donde colarse, sosteniendo con las
manos el ramaje mientras pasaba. A un lado y a otro vea, por entre las
hojas, la alfombra verde de las praderas que el sol matizaba de oro. En
el cauce del arroyo no penetraban sus rayos. Era un tnel fresco y
oscuro; tan fresco que, a pesar de lo elevado de la temperatura, senta
de vez en cuando leves escalofros. Si las ramas de los avellanos no le
permitan caminar derecho, la naturaleza del suelo tampoco le dejaba
afirmar el pie con desembarazo. El lecho del arroyo era pedregoso y
desigual. Adems, aunque no trajese mucha agua, todava era la bastante
para formar menudos charcos, que se vea obligado a salvar saltando de
piedra en piedra. stas alguna vez falseaban y se mojaba la punta de las
botas. Entonces soltaba alguna violenta interjeccin y se detena a
tomar aliento; porque el trnsito, aunque no vivo, era fatigoso. Paseaba
la vista en torno, y en todas partes tropezaba a corta distancia con una
tupida cortina verde. Estaba como perdido, anegado en un mar de verdura.
La monotona del color empezaba a marearle. Slo el hilo de agua que
corra por el suelo despeda hermosa vislumbre de plata, que alegraba la
oscura galera.

A punto estaba ya de suspender la excursin por ella, pues le iba
enfriando y fatigando un poco, y saltar a los prados y luego al camino,
cuando acert a or detrs del follaje rumor de voces. El corazn le dio
un salto; l sabra por qu; y sin vacilar, apoy los pies en la
paredilla de guijarros, cubierta de musgo, que separaba el prado del
arroyo, apart las ramas, se agarr fuertemente a una ms gruesa que las
otras, y dando un brinco, cay sobre el csped mullido de una muy
hermosa pradera.

El paisano, que encorvndose liaba un hacecillo de varas, levant la
cabeza sorprendido. La muchacha, que algo ms lejos, sentada en el
suelo, miraba pastar a unas vacas, tambin se volvi instantneamente.

--Diablo de seorito!--exclam el paisano tranquilizndose
inmediatamente.--Me ha asustado... Salta como un contrabandista.

La muchacha le mir fijamente sin despegar los labios.

--Dispensen ustedes--dijo Andrs un poco acortado.--Vena siguiendo el
cauce del arroyo, y no saba ya dnde estaba... O voces y salt...

--Y qu caza vena usted siguiendo, seorito?--pregunt el paisano con
acento socarrn.

--No traigo carabina... ya lo ve usted... Vena tan slo por conocer
estos lugares, que todava no he visto.

--Y tambin por ver a esta reitana, verdad?--dijo el aldeano soltando
una grosera carcajada.

La reitana se puso encendida como una cereza. Andrs tambin se ruboriz
y no supo qu contestar.

--Vaya, estoy viendo--continu el paisano--que voy a tener que armar
garduas alrededor de casa para los seoritos que me quieren comer las
uvas.

--Padre!--exclam la muchacha sofocada.

Andrs sonrea estpidamente.

--Que no se las quieren comer?--repuso el paisano.--Anda, anda! Pues
si t no las guardases bien, ya daran buena cuenta de ellas! verdad,
D. Andrs?

--Tiene usted unas hijas muy guapas--dijo ste, ya sereno.

--Pero la que ms le gusta a usted es Rosa.

--Padre!--volvi a exclamar la chica con voz angustiada.

--Verdad que s... Pero como yo no le gusto a ella, no tendr usted
necesidad de poner garduas.

--Qui!--exclam el aldeano, soltando otra vez la carcajada.--No crea
usted eso, D. Andrs... Las muchachas estn rabiando porque alguno les
diga algo, y si es un seorito, mejor que mejor... Mire usted, yo tengo
dos hijas; pues no s cul de ellas tiene ms ganas de salir de casa...
Yo les digo: cundo diablos me atrapis un seorn rico que os mantenga
para que me dejis en paz?... Pero nada... se pasa el tiempo... van al
mercado los jueves, van a las romeras, y nada... no acaban de dejarme
solo a mis anchas.

--Pues yo me atrevo a desembarazarle de una--dijo Andrs adoptando el
mismo tono zumbn del paisano.--De las dos no me comprometo.

--No me lo jure, que lo creo... Pero en estos asuntos me gusta mucho que
intervenga tambin el cura... Y ustedes no lo pueden ver ms que al
demonio, verdad, seorito, verdad?

Y el paisano no cesaba de rer con socarronera.

--Segn--repuso Andrs, otra vez acortado.--Algunas veces tambin nos
gusta...

--Cuando tropiezan una moza guapa y rica. Ya!... Aqu viene usted
equivocado... Ni lo uno ni lo otro... Aqu no podemos ofrecerle ms que
miseria y compaa... Vaya--concluy, echndose a la espalda el haz que
acababa de liar,--hasta luego, que me voy... Rosa, a ver si te das arte
para atrapar a este seorito... Quede con Dios, D. Andrs...

Y se alej riendo, con paso perezoso, hacia la casa, que estaba situada
en la parte superior de la finca, al borde del camino.

Andrs le estuvo mirando hasta que desapareci, por no atreverse a
convertir los ojos hacia Rosa. Mas al fin tuvo que hacerlo. Entonces vio
que lloraba, ocultando el rostro con las manos. Acercose a ella y se
sent silenciosamente a su lado.

--Por qu llora usted, Rosa?... Tengo yo la culpa?

--No, seor--contest en tono colrico.

--Entonces?

--Este padre, que no tiene ms gusto que avergonzarme!




IX


Desde aquel da Andrs acudi a casa de Rosa. Iba de ordinario por las
tardes, despus de comer, y se volva a la rectoral al toque de oracin.
A veces tambin por la maana le guiaban a ella el deseo y los pies. La
casa era como la de todos los paisanos, aun los mejor acomodados, pobre
y fea: en el piso bajo estaba la cocina, con pavimento de piedra y
escao de madera ahumada: arriba haba una salita con dos cuartos: en
uno dorman Rosa y ngela; en el otro, su padre; abajo, en un cuartucho,
Rafael y el criado. Estaba aislada, cerca del camino, y tena delante
una corralada; por detrs, miraba a la finca donde Andrs haba
penetrado de improviso, y tena puerta para el servicio de ella.
Llamaban a aquel sitio el Molino, por ms que no estuviese all, sino un
poco ms lejos. Toms y su familia no eran conocidos ms que por los
del Molino: Toms el molinero, Rosa del molino, Rafael el del molinero,
etc. En el pueblo, ir al Molino, lo mismo significaba ir efectivamente
a tal sitio que a la casa de Toms. Las tierras que ste cultivaba, el
molino, la casa misma que habitaba, no le pertenecan: todo lo llevaba
en arriendo, como su padre y su abuelo. Su hermano Jaime, al llegar,
hara cosa de un ao, de la isla de Cuba, quiso comprar la casera; mas
aunque daba por ella lo que no vala realmente, su propietario, un
marqus residente en Madrid, no se la quiso vender. Toms viva con
bastante desahogo, dada su condicin, pero sin economizar un ochavo, y a
veces un tantico apurado.

Su hija ngela era una muchachota fresca y robusta, de diez y ocho aos,
uno ms que Rosa, que tena poco de particular, lo mismo en lo fsico
que en lo moral. Rafael, un chicuelo de catorce, de pocas carnes y mucha
malicia. A Rosa ya la conocemos. Poco ms de dos aos haca que estos
chicos haban quedado hurfanos de madre, muerta, segn decan en la
aldea, de punta de costado y pulmona. Desde entonces, ngela y Rosa
quedaron al frente del manejo interior de la casa, lo cual no les
excusaba de asistir al trabajo en tiempo de labores, para ayudar a su
padre, a Rafael y al criado.

Andrs, con buen acuerdo para sus planes, trat de captarse la amistad
de estas personas, y lo consigui al cabo de pocos das. Escuchaba
riendo las chanzonetas pesadas y groseras de Toms; bromeaba con ngela,
dejando deslizar siempre que poda alguna lisonja, que en el campo, como
en la ciudad, producen admirables efectos; contaba ancdotas picantes a
Rafael, y le provea de tabaco; hablaba del tiempo y las labores al
criado, una especie de animal tardo y perezoso como el buey y con la
testa casi tan dura. En cuanto a Rosa, su conducta era distinta:
adoptaba la reserva diplomtica y fra de que hacen uso los hombres
refinados para vencer a los seres inocentes, y que suele ser de feliz
resultado.

Todos le trataban con familiaridad, y hasta parecan haberse olvidado
del motivo que le haba trado a la casa: tanto cuidado pona en
mostrarse llano y amable. Las tardes lluviosas las pasaba sentado en el
escao de la cocina charlando con la familia, interesndose por las
intrigas de la aldea, tan complicadas o ms que las de la corte, y dando
su parecer acerca de ellas con toda seriedad. D. Flix haba prestado
14.000 reales a Juan el tabernero. Todos se mostraban sorprendidos de
esta liberalidad, porque Juan no tena un palmo de tierra donde caerse
muerto. El to Toms, sin embargo, meneando el fuego con un tizn, deca
sentenciosamente: El hombre que engae a D. Flix no ha nacido todava:
de alguna parte saldr ese dinero, aunque sea de las tiras del pellejo
del pobre Juan. Algunas veces se vertan consideraciones filosficas
sobre el mundo y la sociedad: el problema de los intereses materiales
era el nico digno de atencin. El to Toms pareca ms escptico y
pesimista que Schopenhauer: el pobre siempre debajo, el rico siempre
encima; para el pobre los palos, para el rico los gustos: lo nico que
deba procurarse en este mundo era el hacerse rico. Burlbase zafiamente
de los curas; contaba acerca de ellos mil chascarrillos obscenos: no
obstante, como todos los aldeanos, era supersticioso, por ms que lo
ocultaba. Su donaire burdo y soez hera a veces en lo vivo de las
ridiculeces humanas: tena un temperamento observador cargado de
malicia: bajo su exterior calmoso y fro se adivinaba un espritu sagaz
y travieso que haba carecido de medios para desenvolverse. A Andrs no
le era nada simptico; pero tena sus razones para sufrirle y aun para
bailarle el agua.

Cuando estaba bueno el tiempo, sola ir directamente a las fincas donde
trabajaban, sin pasar por casa. All se sentaba sobre el csped, a la
sombra de un rbol, dndoles conversacin cuando el trabajo era en los
prados, o bien sobre una cesta con la sombrilla abierta, si en los
maizales. A veces pona empeo en ayudarles, tomando el azadn, la pala
o la guadaa que le prestaba por algunos momentos el criado o Rafael:
acometa con ardor la tarea bajo la mirada burlona de Toms y sus hijos,
que hacan alto para contemplarle: golpeaba con todas sus fuerzas y sin
comps alguno la tierra, sudaba, se inflamaba y al poco rato soltaba el
instrumento, rendido y jadeante, plido de fatiga. Hombres y mujeres
rean al verle en aquel estado y le aseguraban, bromeando, que no serva
para aldeano. l sostena que esta fatiga le vena bien; y as era, en
efecto; cada vez se encontraba con ms fuerza y apetito.

Su reserva y disimulo con Rosa produjeron al fin el resultado propuesto.
Aquella fierecilla, cuando vio que no la hacan caso, empez a
domesticarse. Ya no hua cuando l llegaba, ni pona la cara seria, ni
se finga distrada cuando hablaba. Pasado algn tiempo, concluy por
acogerle con la sonrisa benvola y respetuosa que los dems, y dirigirle
la palabra, aunque pocas veces. Hasta se le figur a Andrs que las
preferencias calculadas que otorgaba a ngela no le hacan mucha gracia.
Observando siempre con el rabillo del ojo, advirti que, cuando se
acercaba a aqulla y le hablaba en tono confidencial, Rosa se alejaba
con cualquier pretexto. Una vez que lleg hallndose sta sola en la
cocina, al cabo de un instante le dijo en tono indiferente, pero donde
se adivinaba algo que a nuestro joven le agrad mucho: ngela est
arriba.

Entonces comprendi que era preciso variar de tctica. No le pes nada,
en verdad: al contrario, se impona extremada molestia para representar
su papel de displicente. O Rosa se iba haciendo cada da ms graciosa, o
a l le iba haciendo cada da ms gracia. No poda ver su figura, aunque
fuese de espaldas, sin sentir extraordinario deleite; no poda escuchar
su voz sonora y cristalina sin conmoverse. Si Rosa hubiera tenido
algunas nociones de coquetera, no la hubiera engaado aquel seorito
con su cara seria y sus modales diplomticos: muy pronto advertira que
le temblaban las manos cuando iba a entregarle algn objeto, y se le
escapaban de los ojos miradas relampagueantes y codiciosas. La pobre no
entenda jota del arte amatorio, ni era capaz de ver el doble fondo de
las acciones humanas. Tena diez y siete aos; el alma, como si no
hubiese cumplido los catorce. La ignorancia, la falta de trato y la vida
constante de trabajo haban cubierto los grmenes de delicadeza
artstica, de admirable penetracin que en toda mujer existen, y les
haban impedido brotar. Posea, sin embargo, una cierta altivez que
poda confundirse con la rusticidad, un orgullo salvaje que a veces
coloca Dios en las almas inocentes como ngel custodio; arma que el
pudor tiene cuando la naturaleza no le ha otorgado el don de la
perspicacia. La aspereza de su carcter le haba valido la opinin de
necia y mal criada, pero la haba salvado de un gravsimo peligro; y
esto era lo que nadie saba en la aldea.

Ya que nuestro joven la encontr mejor dispuesta, comenz a dirigirle a
menudo la palabra, tutendola, por supuesto, como hacen los seores de
la ciudad con las chicas campesinas, inventando algunas bromas para
hacerla rer, y procurando por todos los medios imaginables captarse su
simpata, aunque dejando aparecer lo contrario. Nada de requiebros, ni
mucho menos frases amorosas: comprenda que era espantar la caza, que la
fruta estaba muy verde, y que era mejor tener paciencia y sacudir el
rbol cuando sazonase. La embromaba con algn mozo que no le pareciese
rival temible, improvisaba contra ella de vez en cuando algunas
redondillas burlescas, que dejaban sorprendidos y extasiados a todos,
muy particularmente a Rafael, que no se hartaba de rer y repetirlas, y
contemplar con admiracin a Andrs, como si el hacer versos fuese cosa
de milagro, y la engaaba siempre que poda contndole alguna estupenda
patraa, en medio de la algazara general. En cambio, Rosa, que posea
singular aptitud para remedar los gestos y ademanes de cuantas personas
vea, una vez que entr en confianza, se puso a imitar los de Andrs con
tal gracia y perfeccin, que pudiera competir con el mejor cmico de
Madrid. Se atusaba el bigote y abra los ojos desmesuradamente lo mismo
que l cuando estaba distrado; haca ademn de meterse las manos en los
bolsillos, y se encoga de hombros para remedarle cuando iba paseando;
contrahaca su risa, su modo de andar y sentarse, la forma de llevarse
el cigarro a la boca. Cuando esto no bastaba para hacerle callar, se
burlaba de su extremada delgadez; pona un palito derecho sobre el
escao y lo tiraba de un soplo, parodiando la poca consistencia del
joven; al salir, le abra el ventanillo superior de la puerta,
invitndole a pasar por l. ngela, a veces, la reprenda por su falta
de respeto.

De broma en broma llegaron a venir a las manos, esto es, a retozar
alegremente donde quiera que se encontraban, generalmente en los prados.
Claro es que Andrs en este juego llevaba la peor parte. Si trataba de
sujetar a Rosa por las muecas, sta de una sacudida se zafaba,
dejndole tambaleando; cuando quera pellizcarla, ella a su vez le tena
tan bien sujeto, que le era imposible moverse. No hallaba modo de
causarla la menor molestia. En cambio ella, cuando se lo propona,
jugaba con l como el gato con un ratoncillo, le haca dar vueltas para
marearle, levantbale en peso, sentbale siempre que quera y obligbale
a ponerse de rodillas pidiendo perdn; todo esto con gran risa y
regocijo de los presentes, que animaban a Andrs y le ayudaban de vez en
cuando. Rafael se pereca por ver a D. Andrs jugando con su hermana.
sta mostraba tambin hallarse en sus glorias retozando; gozaba en
correr y brincar como una cervatilla, y en desplegar su prodigiosa
agilidad; la rica sangre que corra por sus venas ansiaba el movimiento,
y as que lo consegua, salpicaba de vivo carmn las rosas frescas de
sus mejillas. En cuanto se pona a jugar se embriagaba: ms que para
vencer a su contrario, atacaba y se mova con vertiginosa rapidez por el
placer que esto le proporcionaba. En ocasiones, Andrs se estaba quieto,
dejndose atormentar por ella sin compasin por contemplar a su sabor
aquel hermoso modelo de mujer, mrbido, exuberante y vigoroso como una
Venus del Septentrin, gil y nervioso como las hijas del Medioda.
Aquella naturaleza virginal como la de un nio, esplndida como una rosa
de Alejandra, tan prdiga de lo que a l haca falta, le fascinaba y le
atraa. Era la salud y la belleza confundidas. La primera impresin de
agrado que haba sentido al verla se dilat con el tiempo, fuese
infiltrando, por decirlo as, en su carne lentamente, y concluy por
sojuzgar su temperamento. El contacto frecuente de los juegos y bromas
haba contribuido a sobresaltarlo. No apreciaba como deba su alma
candorosa, ni su innato y vivo sentimiento del pudor, ni su imaginacin
pintoresca; pero, en cambio, ningn cuerpo mortal fue admirado y deseado
con tanta intensidad como el de Rosa, a las pocas semanas de
relacionarse con el joven cortesano.

Nada de esto sospechaba ella, porque Andrs tena buen cuidado de
ocultarlo bajo exterior indiferente y jocoso. Para Rosa no era ms que
un seorito llano y amable que gustaba de jugar con ella y embromarla.
Hasta entonces haba tenido muy mala idea de los seores. Una vez que
haba ido a Lada, varios jvenes que salan de un caf le dijeron
algunas frases obscenas: otra vez, unos seores que haban venido de
caza a Riofro, hallndola sola en un camino, le dijeron tambin
palabrotas groseras, y uno de ellos se propas a vas de hecho. Adems,
en su vida exista cierto acontecimiento, del que hablaremos ms
adelante, que le daba razn para odiarlos y temerlos. Los seores!
Unos puercos todos, sin vergenza y sin religin, deca a sus amigas.
Andrs, con su proceder comedido, le oblig a rectificar un tanto esta
opinin.

Pero aunque se mostrase ms delicado que los otros, hay que confesarlo,
era de la misma pasta. No haba formado plan para seducirla, pero
aspiraba a hacerse amar de ella, incitado a la vez de su belleza, que
senta y apreciaba vivamente, ya lo sabemos, y de los obstculos que su
carcter arisco y desdeoso le opona. Alguna vez, retozando, la
admiracin y el deseo que rebosaban del alma haban salido a los ojos;
se detena, quedaba inerte; la contemplaba con mirada hmeda y
anhelante, y estaba a punto de flaquear y rendirse a pedirle
humildemente un beso de su fresca boca; mas al instante, el temor muy
fundado de asustarla y perder su confianza le obligaba a seguir
representando el papel de joven aturdido y bromista. Adivinaba que Rosa,
colocadas las cosas en el terreno serio, no se dejara tocar la punta de
los dedos.

En una ocasin, sin embargo, no pudo resistir ms y se entreg. Fue en
las postrimeras de Julio... Estaba Rosa apacentando el ganado de casa,
cinco o seis vacas y dos o tres becerros, en un prado de las cercanas.
Andrs, que la husmeaba, apareci por all con la carabina colgada del
hombro (la caza era el pretexto que adoptaba para vagar por los
contornos siempre que le convena). Rosa, sentada sobre el csped,
miraba con ojos extticos cmo pastaban las vacas.

--A que s en qu ests pensando, Rosa?

--Jess, qu diablo de hombre, me ha asustado!--exclam la chica
volviendo la cabeza.

--Dejmonos de sustos... A que s en qu estabas pensando?

--En qu?

--Pensabas en Jacinto, el de la ta Colasa.

--Lo mismo que en usted.

--Eso quisiera yo!... Pues mira, me lo he encontrado ayer y le he
sacado del cuerpo que te quera. Aconsejele que te lo dijese cuanto ms
antes y, sobre todo, que hablase a tu padre... Ha quedado en ello.

Rosa, al observar el tono serio en que hablaba, le mir sorprendida.
Despus, viendo seales de burla en su rostro, hizo una mueca desdeosa
y guard silencio. A nuestro joven le pareci tan linda en aquel
momento, sin saber por qu, que, despus de contemplarla extasiado un
rato y sentir cierto cosquilleo tentador por el cuerpo, se arroj a
decir en tono de burla, pero con voz temblorosa:

--T no quieres a nadie ms que a m, verdad, Rosa?

--Ya lo creo!... Lo mismo que usted a m.

--De veras?

--Vaya!

El tono de la joven era irnico. Andrs lo adverta con disgusto, porque
deseaba tomase sus palabras en serio.

--Yo te quiero mucho, Rosa; ms de lo que t piensas...

--Y para qu me quiere usted?--pregunt volviendo hacia l su rostro y
mirndole fijamente.

Andrs qued un instante suspenso.

--Te quiero... yo no s por qu te quiero... No lo puedo remediar.

--Ya, ya! Buen truchimn va usted saliendo!... Qu condenada vaca,
siempre empeada en meterse por el prado del to Fernando!... Garbosa,
eh! Garbosa, fuera! Garbosa, aqu!

Viendo que la vaca no obedeca, se levant y fue a ella corriendo, y la
oblig a separarse de la linde. Cuando tornaba, Andrs, que haba vuelto
un poco en su acuerdo, se levant y, salindola al encuentro y tomndola
por las manos, le dijo en broma:

--Conque no me quieres, eh?... Pues ahora vas a quererme a la fuerza.

Y se trab con ella a brazo partido, queriendo besarla. Rosa se
defendi bizarramente, aunque la risa le impeda a veces desplegar todas
sus fuerzas. Un buen rato lucharon y retozaron como dos cachorros por el
campo. Andrs, no pudiendo de ningn modo acercar los labios al rostro
de la zagala, por primera vez perdi el respeto que la tena y trat de
hacer uso brutal de las manos. Rosa se formaliz de repente y le rechaz
con violencia. Pero l, sin hacer caso de esta vigorosa advertencia, se
obstin en el primer intento. Ella entonces, encolerizada, le arroj al
suelo, y echndole las manos al cuello y apretndoselo ms de la cuenta,
le pregunt severamente:

--Volver usted a hacerlo? volver usted?

Andrs dijo que no, y pudo levantarse. Pero estaba tan irritado, que fue
a buscar en silencio el sombrero que se le haba cado, recogi tambin
la carabina y se march sin despedirse.

Ni al da siguiente ni en otros tres pareci por el molino. Su
desabrimiento en parte era verdadero, en parte fingido. Convenale
saber si Rosa senta por l algn inters o simpata, y ningn medio
mejor para averiguarlo. Ocho das determin pasar sin visitarla; pero al
quinto ya no pudo contener su impaciencia: as que comi, lanzose al
campo con la escopeta al hombro, resuelto a ver a Rosa. Por disimular no
fue directamente al sitio donde aquellos das sola estar apacentando el
ganado. Tom el camino del monte y ascendi por l buen rato. Cuando
juzg el momento oportuno, comenz a descender lentamente hacia el prado
consabido, que estaba en la falda de la montaa. No tard en columbrarlo
desde lo alto. Era un campo de figura irregular, ms verde que los
contiguos por tener riego, todo l circuido por dos filas de avellanos,
cuyas ramas, saliendo de la tierra en apretado haz, tomaban la forma de
enormes ramilletes. La figura de Rosa sentada en medio y la de las vacas
que, diseminadas, mordan tranquilamente la yerba, resaltaban como
puntos negros sobre el verde claro del csped. Buen trecho antes de
llegar dispar un tiro, como si en efecto anduviese de caza, mas en vez
de preparar con esto el encuentro y hacerlo ms casual, lo ech a
perder. Rosa, advertida de su presencia, fuese corriendo a ocultar entre
los avellanos de las lindes. Cuando baj hasta tocar en ellas y ech una
mirada al prado, no vio ms que a las vacas. Su dignidad no le permita
ponerse a buscar a Rosa. As que, despus de descansar breve rato con la
carabina apoyada en la sebe, afectando distraccin y fatiga, tuvo mal de
su grado que alejarse, sin conseguir lo que se haba propuesto, el paso
tardo, el nimo cado.

Ya se hallaba a regular distancia, y cerca de perder de vista el
venturoso prado, cuando la voz de Rosa rompi el silencio de la campia,
entonando una de las melodas largas y melanclicas del pas. Detuvo el
paso, y sonri maliciosamente. Despus, poquito a poco, deshizo el
camino andado y se acerc de nuevo a la sebe. Pero en vano se estuvo
all plantado otro buen rato, apoyndose en la carabina, en actitud
meditabunda. Rosa no tuvo a bien presentarse. Otra vez se vio precisado
a marcharse, ahora ms descontento y cabizbajo.

Al llegar al sitio de antes, Rosa volvi a cantar. Entonces el joven
cortesano entendi, con deleite, que se trataba de un juego: la
coquetera no poda adoptar forma ms inocente y sencilla. Y sin vacilar
torn a paso vivo, salt al prado y comenz a registrarlo
escrupulosamente.

--Rosa... Rosa... Te escondes de m, pcara?... Ya parecers, a no ser
que te hayas metido en un agujero, como los grillos.

Al cabo la hall agazapada al lado de un avellano. Al verse descubierta,
hizo una graciosa mueca de enfado.

--Djeme usted, D. Andrs... djeme usted!

Y corri de nuevo a ocultarse en otro sitio. Andrs la sigui.

--Eso no vale... ya ests descubierta.

Torn a hallarla en la misma posicin que antes, metida dentro del
canastillo de ramas de otro avellano. La mueca que entonces hizo fue ms
expresiva, ejecutando visibles esfuerzos para enfadarse.

--Vamos, D. Andrs, djeme usted!... djeme usted!

Y viendo que el joven se acercaba a cogerla:

--Djeme usted, caramba!... Qu pesadez!... No quiero bromas con
usted!

--Y por qu no quieres bromas conmigo, Rosa?--repuso l, avanzando en
actitud humilde.

--Porque no... Mrchese usted.

--Me despides?

--S.

--Esa es una falta de cortesa.

--Bien... mejor!...

--Y t, que eres una chica amable y bien educada, no sers capaz de
cometerla; estoy seguro de ello.

--Qu pez me ha salido usted!--dijo ella clavndole una mirada entre
respetuosa y burlona.

--No s por qu dices eso--repuso l con fatuidad.

--Vamos, djeme en paz y vyase a cazar.

Y al decir esto, fuese a sentar un poco ms lejos. Andrs la sigui, y
se sent silenciosamente a su lado. Los dos se miraron un rato, pugnando
para no rer.

--Las manos quietas, eh?--pregunt ella.

Andrs contest afirmativamente con la cabeza.

--Vaya, vaya con D. Andrs! Tan bueno y encogido como pareca! Pues
no va sacando poco los pies de las alforjas!

--Querrs decir las manos.

--Eso es, las manos... cierto!--repuso soltando a rer.

--Pues bien, las volver a meter si t me lo mandas. Yo no puedo hacer
nada que te disguste... Te quiero demasiado para ello...

--Poco se conoce.

--Pues?

--Cuando se quiere a las personas, se las viene a ver...

--No ha sido por falta de voluntad... Estos das he tenido muchsimo que
hacer--dijo l, relamindose interiormente por el triunfo que empezaba a
vislumbrar.

--No crea usted que a m se me importaba nada... Solamente que mi padre
me deca: Cmo no viene D. Andrs ahora? y todos los de casa lo
mismo. Como si yo tuviese obligacin de saber porqu viene usted o deja
de venir!

--Pues bien sencillo es saber por qu vengo...

No se dio por entendida, y sigui mirando fijamente al suelo. Despus de
esperar en vano la pregunta, Andrs dijo en voz ms baja, donde se
trasluca la fuerza del capricho:

--Si vengo es por ti, exclusivamente por ti.

La pastora solt una carcajada de burla para disimular la emocin
placentera que estas palabras le causaron. El rubor subi a sus
mejillas.

--Y cuando no viene usted, por qu es?

--Tambin por ti.

--Sabe usted que tiene gracia eso? Cuando viene es por m, y cuando no
viene tambin...

Andrs le explic, riendo, esta contradiccin. El da pasado haba
credo que, lejos de serle simptico, ella le odiaba: por eso se haba
estado tanto tiempo sin venir a visitarla: no le gustaba relacionarse
sino con las personas que le queran. Despus se puso a recordar las
circunstancias con que la haba conocido, las misas que haba odo sin
atencin por mirarla...

--S, s, ya me acuerdo... Yo deca: Pero qu mirar ese seorito?

--Y del desaire que me hiciste en la romera, te acuerdas, pcara?

--Vaya si me acuerdo! Me dio una rabia cuando usted vino a sacarme!

--Por qu?

--Por las dems, que me llamaran tonta viendo que un seorito me
prefera.

--La verdad es que entonces no me tenas muy buena voluntad, eh, Rosa?

--Verdad que no.

--Y ahora?

--Ahora... ahora... ahora... qu s yo? Qu preguntas tiene usted, D.
Andrs!

La zagala hizo un gesto de impaciencia. No estaba en su naturaleza,
arisca y desdeosa, el confesar sus sentimientos. Por algo sus hermanos,
cuando rean con ella, la apellidaban cardo y puerco-espn. Andrs,
que la iba entendiendo, no insisti, y mudando de conversacin, procur
hacerla rer recordando las simplezas del criado o algn dicho malicioso
de Rafael. La charla entonces se anim. Rosa contaba con gracia mil
pequeos episodios de la vida de la aldea, describiendo con pintoresca,
ya que no correcta, expresin los tipos y las actitudes. Andrs, la
mayor parte del tiempo, no atenda al argumento del discurso por
contemplar ms a su placer el juego expresivo y gracioso de su
fisonoma, sus ojos brillantes, su boca virginal, los movimientos vivos,
resueltos, de su cuerpo, mrbido y exuberante de vida.

Pero esta charla interminable de una parte y esta contemplacin exttica
de la otra, cesaron sbitamente. Detrs de ellos, una voz irritada de
hombre profiri terribles blasfemias, que les hizo volver la cabeza con
espanto. En pie, cerca de ellos, con una hoz en las manos, vieron a un
paisano viejo, la faz demudada, los ojos inyectados en sangre por la
clera, el cual, encarndose con Rosa, vocifer ms que dijo:

--Oye, grandsima pendona, no te he dicho ya que si la vaca volva a
saltar a la tierra te iba a cortar las orejas?... Sabes que me estn
dando intenciones de hacerlo para que aprendas de una vez a tener ms
cuidado, mala cabra?

Andrs, repuesto de la sorpresa, se puso en pie vivamente, y con palabra
y actitud enrgicas se dirigi al aldeano:

--Lo primero que usted va a hacer es hablar como se debe, lo oye usted?

El paisano qued sorprendido a su vez de este exabrupto, se puso ms
plido y, mirndole con extraa fijeza, balbuci humildemente:

--Yo... hablo... como debo.

--No habla usted tal.

--Yo no me meto con usted... no se meta usted conmigo... La vaca me est
causando todos los das perjuicios...

--Pues qujese usted al juez.

--Antes de quejarme al juez, he de arreglar a esa grandsima...

--Ya se librar usted de hacerlo.

--Lo veremos.

Y el aldeano se alej lentamente, murmurando amenazas salpicadas de
groseras interjecciones. Cuando ya estaba a alguna distancia, se volvi
y dijo en tono ms alto:

--Si esa desvergonzada no estuviese haciendo porqueras con los
seoritos, las vacas no saltaran del prado.

Andrs se enfureci al or esto, y recogiendo velozmente la escopeta del
suelo, hizo ademn de apuntarle. En las aldeas, las armas de fuego
inspiran un terror supersticioso. El aldeano, al ver el can frente a
s, se asust mucho y comenz a gritar, extendiendo las manos hacia
Andrs:

--No tire usted, seorito! no tire usted, seorito!

El joven baj el arma y le dej marcharse.

Cuando se volvi hacia Rosa, la encontr riendo por el terror del
paisano. Sin embargo, no tard en ponerse seria y en decirle gravemente:

--Ya lo acaba usted de or, D. Andrs. Lo que ha dicho el to Fernando
no crea usted que sea cosa de l solamente. En el pueblo lo habr
odo... Me est usted causando mucho dao... Hgame el favor de
marcharse...

Andrs trat de persuadirla a que despreciase el dicho del aldeano,
inspirado sin duda por la clera; pero fue en vano. Ella saba mejor lo
que pasaba en el pueblo; no quera verse en lenguas de la gente. El
joven se vio obligado a despedirse.




X


Algunos das despus de este suceso, a la hora de salir Andrs de casa
por la tarde, su to le retuvo, dicindole con solemnidad inusitada:

--Andrs, necesito hablar contigo.

El joven dej otra vez el sombrero encima de la mesa, y mirando con
sorpresa al cura se sent.

--No, no, mejor es que salgamos de paseo; el asunto es delicado, y por
esos andurriales podremos hablar a nuestras anchas.

--Como usted quiera.

Cogi el prroco su bonete, echose el balandrn sobre la sotana con
peligro inminente de asarse vivo, y sacando de un rincn de la sala el
tremendo cayado en que sola apoyarse, fue a avisar a la seora Rita de
que sala.

--Adnde?--pregunt sta, malhumorada.

--Voy de paseo un rato con Andrs.

--De paseo... de paseo... dichoso paseo!... Y yo aqu espera que te
espera, a que le d gana de tomar el chocolate.

--No te apures, mujer... Procurar venir a tiempo.

--No, por m puede quedarse por all... Har el chocolate a la seis, y
lo dejar quemarse al rescoldo...

El cura de Riofro qued anonadado. La perspectiva de un chocolate con
tela por encima y requemado le aterr.

--No hagas tal, mujer, no hagas tal... Vendr a tiempo.

--Ya le digo que a m no me importa, que se quede por all si gusta...

--Pero, mujer, no te sulfures por tan poco... Has de ser razonable.

--Yo soy como Dios me cri... y usted tambin... Pero no he de estar
hecha una esclava todo el santo da al pie del fogn, sin poder
disponer de un minuto...

--Bueno... bueno... bueno: entonces me quedar en casa... no hay nada
perdido, mujer.

--No, seor, no; vyase con el sobrino de paseo, que aqu queda la
esclava tostndose la piel, hasta que al seor se le antoje sacarla del
fuego.

--Vamos, mujer, no te incomodes... me quedar...

--Si no me incomodo! Incomodarme yo!... Anda, anda, pues buena soy
para incomodarme!... Vyase, vyase cuanto antes con el sobrino...

El prroco, viendo que la tormenta arreciaba y que no haba esperanza de
conjurarla de ningn modo, despus de vacilar algunos instantes, gir
sobre los talones y sali de la cocina con el semblante encendido.
Andrs le esperaba a la puerta de casa. Cuando estuvieron a algunos
pasos de ella, el cura dijo con terrible entonacin que las mujeres
eran todas unas bestias. Andrs no se atrevi a preguntar el motivo que
tena para pronunciar este dictamen tan desfavorable al bello sexo,
aunque lo sospechaba. Algunos pasos ms lejos, dijo que era mejor
tratar con las vacas que con ellas. El mismo silencio por parte de
Andrs. Por ltimo, el cura declar que haba hecho muy bien un
filsofo, no saba cul, en llamar a la mujer _nima imperfecta_,
porque, en efecto, ninguna tena las facultades cabales. Ya que se hubo
desahogado un poco de esta suerte, qued ms tranquilo. Y el paseo
continu sin nuevas interrupciones.

Estaba la tarde serena. El sol molestaba todava bastante, por lo cual,
despus de bajar al pueblo, eligieron el camino sombro que conduca a
la montaa por una caada paralela a la del Molino. Marchaban pareados,
a no ser cuando el camino era demasiado estrecho, que iban uno en pos de
otro. Andrs, que abrigaba vehementes sospechas, muy prximas a la
certeza, de lo que su to quera decirle, trataba, por cuantos medios
hallaba, de divertirle de su propsito. Preguntbale a cada paso a quin
pertenecan las fincas que dejaban a los lados; se enteraba menudamente
de la riqueza de cada vecino, de la forma del cultivo, de las
vicisitudes agrcolas de los aos anteriores. El cura responda de buen
grado a la granizada de preguntas que el sobrino le disparaba: hasta
pareca complacido de mostrar sus conocimientos en el cultivo y valor de
las tierras. Cuando la conversacin aflojaba, Andrs haca supremos
esfuerzos para reanimarla.

Mas lleg un momento en que fue preciso hacer alto. La montaa estaba
delante, y el camino comenzaba a ser harto pendiente y agrio para un
paseo higinico. D. Fermn propuso descansar en un bosquecillo de robles
que seoreaba el camino: subieron a l y se sentaron. Ya estoy cogido;
preparmonos, pens Andrs. El cura se limpi el sudor del rostro y del
cuello con un desmesurado pauelo de yerbas, se son despus con
horrsono trompeteo, dijo tres o cuatro frases insignificantes a
propsito del calor y la humedad, y por ltimo, encarndose con su
sobrino y clavndole sus ojos grandes, redondos y saltones como los de
los cclopes, y tan fogosos, le dijo pausadamente, dejando caer las
palabras graves y solemnes como las campanadas de un reloj de torre:

--Tengo entendido, Andrs, que visitas con harta frecuencia la casa de
Toms el molinero; que te pasas all las horas muertas... Me han dicho
adems que el motivo de estas visitas es una de las muchachas, la ms
joven, a quien al parecer haces cocos... Esto me disgusta, Andrs; mucho
me disgusta. T no has venido aqu a hacer cocos a las muchachas, me
entiende usted, sino a robustecerte... Yo no te digo que hagas vida de
fraile; cada edad pide lo suyo. Los jvenes deben divertirse y gozar y
hasta hacer diabluras... perooo (aqu una pausa) pero con su cuenta y
razn... En esta aldea no tienes, me entiende usted, muchachas que
puedan emparejar contigo... Yo no quisiera por nada en el mundo que
pasases entre mis feligreses plaza de calavera, ni mucho menos que te
metieses en algn beln que acarrease disgustos a todos... El ponerte a
cortejar a una pobre aldeana podr parecer mal a muchos... Acaso alguno
creer que llevas intencin perversa... En fin, que no est bien. La
muchacha con quien hablas es una criatura inocente, me entiende usted, y
cndida como una paloma... Yo la estimo a ella y a toda la familia... La
he confesado desde chiquita... Sentira que con tu labia de madrileo
turbases el alma de esa pobre nia...

--Pero, to, si no hay nada de eso que usted piensa!... Son chismes de
lugar... Entro en casa de Toms como en otras muchas del pueblo... Es
verdad que bromeo algunas veces con ngela y Rosa, pero sin dirigirme en
particular a ninguna...

--Bien, bien... celebrar que as sea... A m no me consta; me lo han
dicho... Pero, de todos modos, te aconsejo que obres con prudencia y
procures, me entiende usted, no dar motivo a que la gente murmure...
Habla con todas las muchachas y bromea cuanto quieras, pero no te
particularices... Nada de particularizarse!...

Sigui D. Fermn dndole consejos otro ratico. El joven los escuch
pacientemente, puesto que una vez que otra le interrumpa para deshacer
algn error o disculpar su proceder. Cuando el tema ya no dio ms de
s, se levantaron, cambi la conversacin, y paso tras paso llegaron
hasta la rectoral. El cura subi a tomar el chocolate y Andrs se volvi
al pueblo, por no querer meterse tan temprano en casa.

No dejaron de hacer mella en el joven las palabras de su to. All en el
fondo ya haca algn tiempo que pensaba lo mismo y se diriga idnticas
recriminaciones. Los devaneos que traa con Rosa, por ms que no fuesen
guiados de una intencin malvola, de sobra comprenda que no podan
acarrear a la chica ms que disgustos. Cuando menos la colocaban en mal
lugar a los ojos de los vecinos, la estorbaban para hallar otro novio
ms adecuado y conforme a su clase. Los mozos en las aldeas se alejan,
con razn, de las muchachas festejadas de los seoritos.

Por otra parte, sentase cada vez ms aprisionado en las redes de aquel
capricho, que poda muy bien transformarse en pasin verdadera.

Las gracias corporales de Rosa le haban dado golpe desde que la vio;
mas ahora, la viveza de su genio, su natural tmido y bondadoso con
apariencias de desenfadado y hurao, la frescura de su misma ignorancia,
le iban cautivando en demasa. Cuanto ms tiempo pasase, ms dificultoso
le sera romper el encanto. Nada, nada, es necesario cortar esto de una
vez. Ya me encuentro bastante fuerte: dentro de algunos das tomo el
camino de Madrid, se dijo mientras bajaba con lento paso, la cabeza
baja, los ojos en el suelo, hacia el lugar. Pero al poco trecho se hizo
otra reflexin, que vino a modificar la primera algn tanto. En Madrid
an debe de hacer mucho calor: mejor ser que aguarde hasta entrado el
otoo; mientras tanto, har lo que mi to me ha dicho; frecuentar menos
la casa, y procurar distraerme de otro modo. Por de pronto, hoy no voy
all. Camin con esta resolucin en la mente un espacio de cien varas
lo menos. Pareca irrevocable. A las cien varas, no obstante, se dijo,
levantando la cabeza: Y al cabo, qu importa que vaya o deje de ir
unos cuantos das ms? De todos modos, poco despus de marcharme, nadie
se acordar de tales tonteras, y Rosa seguir siendo la misma para
todos. Lo que interesa es tener fuerza de voluntad para no enamorarse
realmente... Y la tendr.

Bien pertrechado de esta fuerza de voluntad, que procuraba administrarse
a grandes dosis por medio de oportunas reflexiones, camin con paso
rpido la vuelta del Molino, cruzando el pueblo y entrando en la caada.
Despus de marchar algn trecho por ella, vio a lo lejos, no muy
apartada de la casa de Toms, a una mujer que iba en la misma direccin
con una herrada sobre la cabeza. Por la figura y el modo de andar, ms
que por el traje, pues las aldeanas se visten generalmente de la misma
manera, imagin que era Rosa. Aceler el paso y, acercndose ms, pudo
cerciorarse de que no se haba equivocado. Entonces corri sobre la
punta de los pies, para no hacer ruido, hasta colocarse detrs de ella,
y la sujet suavemente por los hombros.

--Vamos, vamos, poca broma, D. Andrs!--exclam ella riendo.

Aqul persisti en sujetarla.

--Que voy a tirar la herrada, djeme usted!

No obedeci.

--Que la dejo caer sobre usted!

En los movimientos que hizo para desasirse, la herrada se tambale y
solt buena parte de agua, que vino a dar sobre el rostro y cuello de la
joven. Al sentir la frialdad, dej escapar un grito.

--Pobrecilla! Te has mojado? Perdname--dijo Andrs realmente
compadecido.

Y sin poder resistir la tentacin, sujetola un instante por los brazos y
la dio un fuerte beso en la mejilla hmeda y brillante.

--Eso es peor!... Vamos, djeme usted... Cmo se conoce que traigo la
herrada!... Djeme usted llevarla a casa, y veremos si despus hace
burla de m.

--Prometes volver?

--Tengo que ir a la fuente por el jarro de agua para la cena.

--Y sta que traes?

--Es del ro.

--Bien; entonces, para qu he de entrar en casa? Te aguardo; ven
pronto.

Sentose el cortesano sobre una de las paredillas del camino a esperar.
No tard mucho en aparecer de nuevo Rosa con un jarrito de barro negro
en la mano. Y, sin acordarse del desafo, se emparejaron, enderezando el
paso hacia la fuente.

Por el camino le fue contando Andrs cmo su to le haba impedido venir
primero, aunque sin dar cuenta de la conversacin que con l haba
tenido. Rosa le explic lo que haba hecho en el da. Por la maana
haba ido con Rafael a un castaar en busca de hoja para lecho del
ganado; despus haba estado en el molino limpiando centeno; as que
comi tuvo que ir a la Formiga, lugar bastante alto de la misma
parroquia, por un celemn de maz para molerlo.

--Qu lstima que yo no lo hubiese sabido!

--Para qu?

--Para acompaarte.

--No me gustan los acompaamientos... y ms por esos sitios... No ve
usted que todo el mundo me conoce, y se reiran al verme con un
seorito?

Andrs dijo que al primero que se riese le rompera la cabeza. Rosa
sostuvo que no haba motivo, que cada cual poda rerse cuando bien le
antojara.

La fuente estaba un poco apartada del camino, en una hondonada sombreada
de arbustos y zarzas. Bajbase a ella por un sendero empinado y
resbaladizo. Mientras el jarro se atracaba de agua lentamente con el
hilito que caa de la canal, los jvenes se sentaron en un banco tosco
de piedras, y continuaron su charla, entreverada de risa. Andrs
sostena con formalidad que iban aumentando mucho sus fuerzas con el
ejercicio, que levantaba ya una porcin de libras ms a pulso. Rosa se
burlaba de este aumento: cada cual tena las fuerzas que Dios le haba
dado: no quera creer en la eficacia de la gimnasia, que el joven
trataba de explicarle con calor. Quiso que ella le apretase la mano, a
ver quin resista ms. El orgullo le impidi chillar, aunque buenas
ganas se le pasaron de hacerlo. En cambio, ella no aguant el apretn
sin decir basta!, lo cual llen de regocijo al joven, a quien haca
sufrir la superioridad muscular de una mujer, por ms que fuese aldeana.

Al tiempo de recoger el jarro, jugaron con el agua. Ella le salpic la
cara para vengarse de lo que antes le haba hecho. l arroj desde lejos
una piedra al charco, y consigui mojarla bastante. Entonces ella corri
a l velozmente, y le pase repetidas veces las manos mojadas por el
rostro. Andrs luch dbilmente por desasirse. El contacto de aquellas
manos, un poco deformadas por el trabajo, morenitas y regordetas, le
caus exquisito deleite. Cansado de jugar, se sent y atrajo suavemente
hacia s a la joven por la punta de los dedos. Rosa tena arremangada la
camisa y luca unos brazos redondos y tersos que, si no eran modelo
acabado de perfeccin escultrica, no dejaban por eso de ser bellos.
Andrs sac el pauelo, los sec esmeradamente, y despus de
acariciarlos algn tiempo con la vista, se resolvi a besarlos. La
aldeana le dej hacer, sonriente y sorprendida de que un seorito se
humillase a posar los labios en sus rudos brazos de labradora.

--Vamos--dijo al fin,--voy a recoger el jarro, que ya est oscureciendo.

Subieron de nuevo por el senderito al camino real, y tornaron a
emparejarse. Andrs le propuso que fuesen de bracero, como los seores
en la ciudad, y vindola suspensa, sin saber en qu consista, se lo
explic prcticamente. La zagala lo encontr muy gracioso. Se dej
conducir de este modo, soltando a cada instante frescas carcajadas, y
hacindole mil preguntas acerca de las costumbres cortesanas.

El camino estaba solitario. Mas al doblar uno de sus recodos, tropezaron
de frente con un hombre, vestido de modo singular en aquel pas, con
levita negra de alpaca, pantaln y chaleco blancos y sombrero de
jipijapa. Era D. Jaime, el to de Rosa. sta, al divisarlo, se apart
bruscamente de Andrs, con seales de grande turbacin. D. Jaime, que
tuvo tiempo para verlos perfectamente, los salud con voz melosa y dejo
americano.

--Buenas tardes, seores... Vienen de dar un paseto, verdad? Est
bien... la tarde convida.

--No, seor; no venimos de paseo--dijo Andrs.--Encontr a Rosa en la
fuente, y la vena acompaando hasta su casa.

--Est bien, seor, est bien. Las jvenes andan mal solas a estas horas
por los caminos... Vengo de tu casa, Rosita: estuve un momentico
charlando con ngela y con Rafael...

Rosa se content con sonrer, toda ruborizada an.

--Vaya, no les quiero interrumpir... Sigan, sigan adelante... Hasta otro
ratico.

Y D. Jaime se alej en direccin al pueblo, mientras su sobrina y Andrs
siguieron hacia casa. Despus de este encuentro, ces por completo la
alegra de aqulla: qued pensativa, inquieta. Fueron vanos todos los
esfuerzos de Andrs por hacerla rer. Hasta se le figur que estaba un
poco trmula.

--Vamos, chica, no te apures tanto porque tu to nos haya visto de
bracero... Despus de todo, aunque se lo dijese a tu padre, no es ningn
delito.

Rosa negaba estar apurada, pero su silencio obstinado y la prisa por
llegar a casa decan bien claro lo contrario. Al llegar a casa, se
despidieron. Andrs la inst de nuevo para que desechase todo temor.
Ella repiti lo mismo: que no tena ningn miedo, pero que era ya casi
noche y de seguro la esperaban para cenar. Y despus de prometer Andrs
volver al da siguiente, se separaron, dndose un largo y afectuoso
apretn de manos.

Era la hora del crepsculo, tan suave y melanclica en el campo. Las
montaas que cerraban el valle perdan su relieve, ofrecindose a la
vista como informes y monstruosos bultos. El pedazo de cielo que dejaban
ver reflejaba dbilmente la luz moribunda del sol, puesto ya haca
bastante tiempo, y rompiendo a duras penas esta crdena luz, comenzaban
a brillar algunos tmidos luceros. Extinguanse los rumores que las
faenas agrcolas despiertan en semejante hora. Ya no chillaban los
carros de regreso de las tierras: ya no se oan los gritos de los
paisanos azuzando al ganado al meterlo en el establo: ya no sonaban las
esquilas de las vacas, ni mugan alegremente los becerros al sentir
cerca a sus madres. Slo las notas prolongadas, tristes, del canto de un
aldeano se dejaban or suavemente, apagadas por la distancia. El rumor
creciente, avasallador, de los insectos se haba apoderado de la
atmsfera enardecida. El grito suave, lmpido, aflautado, del sapo
rompa una que otra vez la monotona de este rumor confuso y mareante.

Andrs caminaba hacia la rectoral, lentamente, con el sombrero en la
mano para mejor refrescarse, gozando una vez ms la poesa encerrada en
aquel estrecho valle, el amable sosiego que reinaba en la campia, la
exquisita dulzura de aquella hora plcida y serena. Al principio, cuando
tornaba de la casa de Rosa, senta algn miedo y caminaba con ms
presteza; mas ahora con la salud le haba entrado tambin confianza en
s mismo; crease bastante fuerte para tumbar a cualquiera de un
garrotazo, y de vez en cuando, para cerciorarse de ello, haca furiosos
molinetes con su bastn de acebo. En los intermedios marchaba
tranquilamente, dejando vagar su mirada por los contornos indecisos de
los montes y los rboles, y el pensamiento correr libremente por los
recuerdos placenteros del da o de otros anteriores. No pocas veces le
tiene arrancado a este dulcsimo embeleso el repique lento, argentino,
melanclico, de las campanas de la iglesia, doblando a la oracin. Sus
ecos vibrantes y armoniosos despertaban un instante la campia dormida y
se perdan despus como blando suspiro en los senos oscuros de los
castaares y en las quebraduras de las rocas.

Iba, pues, el joven cortesano emboscado en sus meditaciones, cuando
delante de l, de uno de los lados del camino, se alz una sombra que al
instante tom la forma humana. Y de esta forma sali poco despus una
voz que dijo prosaicamente:

--Buenas noches.

El joven haba echado un paso atrs y apretado con fuerza su bastn. Al
escuchar el saludo se tranquiliz de un modo y se inmut de otro; porque
al momento logr reconocer el que tan inopinadamente le cortaba el
paso; el cual no era otro que el americano D. Jaime, a quien haba
saludado no muchos minutos antes cerca de la casa de Rosa.

D. Jaime se apresur a explicar el encuentro.

--Me haba sentado un momentico a descansar... La tarde est tan grata
que no apetece meterse en casa, verdad, seor?

Andrs, que haba vuelto en s perfectamente, puso en duda esta
explicacin en el fuero interno; pero se limit a contestar:

--S que est muy hermosa... la noche, no la tarde. Pero a m me espera
mi to para cenar, y no puedo disfrutar de ella... Conque hasta la
vista, don Jaime.

--Agurdese un instante, seor, que caminaremos juntos... Yo tambin me
voy hacia la posada, porque al fin la cena es lo primero, verdad?

Andrs contest no muy satisfecho:

--Claro!

Y se emparejaron, marchando por el sombro y desigual camino de la
caada en direccin al pueblo.

--Usted, seor, estar encantado de este pas, verdad?

--Mucho.

--Tan pintoresco, tan verde, tan frondoso!... Y luego con estos aires
tan saludables que aqu se respiran... Usted se ha puesto muy bueno,
seor... parece otro.

--He mejorado bastante; es cierto.

--No hay como la buena vida y no acordarse de los negocios... Los
trabajos de cabeza concluyen con la persona... A m me han hecho mucho
dao tambin.

Qu trabajos de cabeza habr tenido este mercachifle estlido? dijo
Andrs para s, y en voz alta:

--Tiene usted razn, los trabajos intelectuales debilitan: en cambio el
ejercicio corporal y la vida del campo obran milagros.

--As es, seor, as es. Pero a los jvenes les cuesta trabajo llevar
esta vida sencilla. A m, que ya soy viejo, no me importa... Pero usted
no s cmo puede vivir sin sus teatros y sus cafs y sus crculos de
personas instruidas con quien poder hablar de ciencias... y saber lo que
pasa en la poltica.

--Oh, perfectamente! Crea usted que lo paso a maravilla.

--Eso consiste en que sabe buscarse distracciones agradables, aunque sea
entre estas breas...

Andrs se puso en guardia observando el tonillo zalamero de estas
palabras y la risita falsa que las acompa.

--Nada de eso. Mis distracciones son idnticas a las de usted y a las de
todo el mundo.

--Vamos, seor, no diga eso por Dios. Ya sabemos que trae a todas las
chicas del lugar revueltas con sus palabritas de miel. En particular mi
sobrinita Rosa no puede ocultar que est chaladita la pobre.

Este to me quiere tirar de la lengua; ya comprendo por qu me
esperaba, pens Andrs.

--Bah! el bromear y rerse con las chicas, lo hago yo y lo hace usted y
lo hacen todos. Es una distraccin que en ninguna parte deja de haber.

--Mucho que s, seor, mucho que s; pero las bromitas de un joven tan
bien parecido, tan elegante y chistoso como usted suelen traer otro
resultado que las nuestras.

--Mil gracias, D. Jaime, es favor. Yo pienso que cuando las bromas son
inocentes, ni las de unos ni las de otros producen resultado alguno.

--Eso lo dice, pero no lo piensa. Ningn mozo del pueblo ni de los
contornos ha conseguido amansar a mi sobrinita Rosa ms que usted... Era
una cabra monts, y usted la ha puesto blanda y amorosa como una
gatita...

--Qu tontera! Ni yo hablo con Rosa de otro modo que con las dems
jvenes del pueblo, ni ella se habr fijado en m ms que en cualquier
otro hombre.

--La verdad es que ha tenido muy buen gusto, seor... Rosa es un
pimpollito muy fresco y muy apetitoso--dijo don Jaime, como si no
hubiese odo las palabras de Andrs.

--En efecto, es una muchacha muy linda y graciosa... pero yo nunca la he
hablado ms que como un buen amigo... lo mismo que a su hermana
ngela...

--Qu raticos tan agradables habr pasado cerca de ella despus que la
ha puesto mansita!

--Pero no le digo a usted, hombre de Dios, que no tengo con Rosa ms
relaciones que las de pura amistad?--dijo Andrs bastante picado.

--No se incomode, seor, no se incomode... Ustedes los jvenes de la
corte son aficionados a divertirse cuando se les presenta ocasin. Nada
tiene de particular que juegue y se divierta un poquito con Rosita...

--Yo no me divierto ni juego con Rosa: la trato como a una nia muy
decente, hija de una familia a quien estimo... Para jugar y divertirme
en el sentido que usted parece indicar, busco otra clase de mujeres.

--Vamos, seor--replic el indiano con acento insinuante y meloso,--que
ya se le escapar de vez en cuando un abracico... y algo ms!

--Seor D. Jaime, me est usted ofendiendo. Repito a usted que no se me
ha pasado por la imaginacin nada semejante a eso... Y me sorprende que
usted haga a su sobrina tambin la ofensa de creer que pueda
sufrirlo...

--Es una broma, seor, no se ofenda... Como no tenamos de qu platicar,
se me ocurrieron estas nieras por pasar el rato. Ya s yo que usted es
incapaz... y que Rosita, aunque un poco viva de genio, est bien educada
por su padre...

--Me alegro de que usted no piense tales disparates... y si los piensa,
peor para usted que se equivoca.

El indiano pidi perdn de nuevo. Andrs disert otro poco contra la
chismografa del pueblo; y en estos dimes y diretes dieron sobre l, con
lo cual nuestro joven cort repentinamente y muy a su placer la
conversacin.

--Vaya, D. Jaime, yo sigo a la rectoral; hasta la vista.

--Vaya con Dios, seor; pselo bien.

Subi el joven madrileo malhumorado y cabizbajo el repechito que le
quedaba hasta la casa de su to, y mientras se iba acercando lentamente
a ella, no dejaba de preguntarse con alguna inquietud: --Por qu habr
querido sonsacarme ese bergante?




XI


La idea que Andrs haba formado, por rumores y conjeturas ms que por
experiencia, del meloso D. Jaime, era la adecuada. El entendimiento
escaso, la conciencia turbia, los apetitos despiertos, la condicin
mansa y peligrosa como la del agua detenida. Su padre le haba embarcado
a los catorce aos entre otros cuantos millares de ovejas humanas que la
metrpoli enviaba anualmente a las colonias ultramarinas. A los
cincuenta haba vuelto, sin instruccin, sin creencias religiosas y sin
salud, pero con treinta o cuarenta mil duros, ganados en el fondo de
una bodega vendiendo arroz y tasajo para los negros. La vida de bestia
enjaulada que observ por espacio de treinta y seis aos no era a
propsito para desenvolver los grmenes de inteligencia y bondad que la
providencia de Dios no niega a ninguna criatura humana. Sus
pensamientos, sus sentimientos y los actos todos de su voluntad eran
vulgares y srdidos. En cambio, el encierro enardeci y sobresalt su
temperamento y lo inclin a los goces sensuales, buscando en ellos la
compensacin de los que la libertad, la instruccin y el trato social
ofrecen. Bien se declaraban las torpes aficiones en el mirar opaco de
sus ojos, hundidos y extraviados, y en la palidez cadavrica de las
mejillas, a la cual tambin contribua la dolencia crnica que le
aquejaba haca algunos aos.

Al llegar en el verano anterior a su pueblo natal habase alojado en
casa de su hermano Toms, quien pens que se le entraba con l la
fortuna por la puerta. Pronto vino en cuenta de su error. El indiano,
aunque tuviese dinero, ni lo mostraba. Largos seis meses lo tuvo de
husped en casa, haciendo por obsequiarle no pocos sacrificios, sin
obtener ms recompensa que algunos livianos regalos a las chicas y a
Rafael. Cuando le pidi dinero para comprar ms ganado y pagar algunos
picos que deba, D. Jaime puso muy mala cara, pero se lo otorg en
prstamo al diez por ciento: le haca gracia especial, porque la mayor
parte lo tena colocado al doce. Desde entonces, el indiano estuvo en
casa de su hermano como en ascuas: tema a cada instante nuevas demandas
y tema adems que le faltase el rdito de lo que le haba prestado. Si
no fuese porque las gracias de Rosa obraban ya sobre su ser vivo y
ardoroso influjo, se hubiera ido inmediatamente. Este influjo, de ndole
grosera, fue el que le retuvo y fue tambin el que le oblig ms tarde a
separarse. Veamos cmo.

No el carcter alegre y desenvuelto de su sobrina, ni la gracia singular
que imprima a sus palabras y actitudes, ni la rara altivez que
custodiaba su inocencia, fueron las que cautivaron a D. Jaime. De esta
suerte, su pasin, aunque senil, hallara disculpa. Lo nico que vio y
apreci en Rosa fue la forma, o por aproximarnos ms a la verdad, la
carne. No era apto para sentir ni aun comprender otras pasiones ms
subidas. Pareciole, as que la vio, un bocado apetitoso. Al cabo de
algunos das de vivir cerca y contemplarla largamente en todas las
posturas, concibi por ella una torpe y desenfrenada aficin. Guardose
de mostrarla, porque detrs de sus vicios, y aun sobreponindose a
ellos, estaba el hombre prctico, el aldeano egosta y receloso. Tema
que, conocida su flaqueza, la familia se aprovechase para saquearle.
Adems, no quera verse comprometido. A imitacin de otros muchos
paisanos que haban llegado con dinero de Cuba antes que l, aspiraba a
ennoblecer su sangre y adquirir mayor prestigio unindose a alguna
seorita pobre de la villa, abandonada por esto y por vieja de los
jvenes. Pero aunque no la mostrase, la procuraba alguna salida. En su
calidad de to carnal, estaba autorizado para usar con la muchacha
ciertas familiaridades que no les seran permitidas a otros hombres D.
Jaime usaba y abusaba. Como viva bajo el mismo techo y estaba en
continuo contacto con ella para todos los menesteres de la vida, se
aprovechaba lindamente de sus facultades muy ms de lo que hara otro
to menos sucio. Rosita, treme esto.--Rosita, ve por lo otro.--Rosita,
sube sobre este banco y alcnzame aquellos zapatos.--Rosita, tame esta
cinta.--Rosita, pgame el botn de la camisa. Y cuando iba y cuando
vena y cuando suba y cuando bajaba, las manos amarillentas y velludas
de D. Jaime la pellizcaban, la sobaban, la mimaban y la estrujaban.

Rosa, aunque avergonzada algunas veces, cuando las caricias suban de
punto, y mostrando tambin cierta vaga inquietud que ella misma no se
explicaba, las acoga con agradecimiento, creyndose simplemente la
preferida de su to, o la que ms haba simpatizado con l. No observaba
la infeliz que no se las prodigaba tan frecuentes y vivas a la vista de
los dems como al hallarse solos. Y a medida que el tiempo se deslizaba,
el requemado indiano se iba derritiendo ms y ms en halagos,
entreteniendo su vergonzosa sensualidad.

Pero lleg un instante en que la hoguera creci de tal modo que fue
preciso alimentarla arrojndola combustible o apagarla de pronto, so
pena de abrasarse vivo en ella. Y opt por lo primero. No haba que
pensar en matrimonio: esto lo juzgaba solemne dislate, no solamente por
las ventajas que otra unin poda reportarle, sino porque se echaba para
siempre sobre los hombros la carga de toda la familia. Y sin considerar
que era la hija de su hermano, una pobre nia ignorante que le respetaba
en calidad de to y de caballero, pens en otra cosa. Y no slo pens,
sino que puso en vas de obra su pensamiento. Comenz por preparar el
terreno. Al efecto fue desnaturalizando poco a poco la ndole de sus
caricias paternales; mas la joven, advertida por la voz salvadora del
pudor, sin pensar nada malo de su to, las evit instintivamente, no
acercndose a l cuando poda pasar sin hacerlo y escapndosele de las
manos cuando era forzoso colocarse a su alcance. D. Jaime entonces
vari de tctica: ya que no poda seducirla con los halagos, intent
corromperla con las palabras. Principi con los cuentos verdes, que Rosa
escuchaba sin comprender la mayor parte de las veces, bien que l
entonces cuidaba de explicrselos. Sigui ms tarde con los dichos
groseros y de doble sentido, y concluy por las frases obscenas vertidas
en todos los instantes del da en los odos de la nia. Tampoco logr el
resultado propuesto. Rosa, al or aquel cmulo de asquerosidades, pens
que su to se haba vuelto loco o que tena algn diablo metido en el
cuerpo, como haba odo muchas veces referir en los ejemplos de las
novenas, y hua de l cuidadosamente, y andaba por la casa sobresaltada,
inquieta, aterrada, aunque sin atreverse a contar lo que suceda a su
padre ni a ngela. El americano, desesperado, y desesperando de
conseguir nada por estos medios, se arroj entonces a una intentona
criminal.

Largo tiempo anduvo acechando el momento oportuno y buscando ocasin de
encontrarse a solas con Rosa y en circunstancias en que pudiera llevar a
cabo su propsito con alguna esperanza de buen xito. Al fin crey
hallarla. La hora mejor era la de misa, los domingos, cuando a la chica
le tocase quedar guardando la casa, porque la aldea entonces estaba
solitaria y la mayor parte de las casas cerradas. En la de Toms, por
hallarse un poco apartada, siempre quedaba alguno teniendo cuidado de
ella, un domingo uno y otro domingo otro. D. Jaime esper el turno de
Rosa con impaciencia y disimulando sus intenciones. Cuando las campanas
tocaron a misa se fue a la iglesia con la dems familia. Aquel da, en
vez de subir hasta la sacrista, como siempre, se qued a la puerta, y
al poco rato de ponerse el cura en el altar, se alej sin ruido de la
iglesia y tom precipitadamente el camino del Molino.

Cuando lleg, Rosa estaba al lado del fuego arreglando la comida. Al ver
a su to delante, le dio un vuelco el corazn, se puso plida, como a la
vista de un grave peligro. Mediaron pocas palabras. Don Jaime se quej
de un fuerte dolor de estmago y Rosa se dispuso a hacerle una taza de
t. Pero antes de que hubiese terminado, el americano la abraz de
improviso. Ella, que presenta este ataque repentino, no dio un grito ni
pronunci siquiera una palabra; pero lo rechaz con fuerza y decisin.
Hubo una lucha sorda y rabiosa que dur bastante. La chica se defenda
gallardamente y consigui por tres o cuatro veces zafarse de las manos
del viejo; pero ste la persegua por los rincones de la cocina y volva
a sujetarla. Al principio, ella le guardaba an cierto respeto y
procuraba desasirse sin hacerle dao. Poco a poco, vista la tenacidad
brutal de su to, se fue encolerizando, subisele la sangre toda a la
cara, y al verse nuevamente a punto de ser cogida, alz la mano, y con
ella cerrada le dio en plena faz un tremendo golpe, que le hizo caer
hacia atrs, sangrando por la nariz. Al caer se lastim tambin en la
cabeza con uno de los cortes del escao. Rosa abri azorada la puerta y
sali corriendo, sin saber adnde.

Cuando volvi, al cabo de una hora de vagar por los caminos, hall a la
familia ocupada en prodigar cuidados al descalabrado indiano: Toms
aplicndole paos de vino y romero; ngela haciendo tila para quitarle
el susto. Contra lo que esperaba, nadie se dio por enterado de lo
acaecido, ni le dijeron una palabra sospechosa. D. Jaime haba arreglado
ya el asunto, contando que se haba cado por alcanzar un jarro de leche
de lo alto de la alacena, mientras Rosa se haba ido a ver una vecina.
Al cabo de algunos das, y despus de curarse la herida de la cabeza,
determin dejar la casa de su hermano y trasladarse al pueblo, donde el
tabernero se acomod a mantenerle, lo mismo que a su otro husped, el
excusador de la parroquia, por un mdico estipendio. Varias razones
tena para cambiar de domicilio. La primera y ms importante era el
temor de que Rosa descubriese su atentado, pues desde aquel da ni le
dirigi la palabra ni siquiera le miraba, lo cual poda llamar la
atencin de su padre, y por ah venir en conocimiento de lo sucedido.
Otro temor era, como ya hemos dicho, el de perder el dinero prestado o
el de verse obligado a abrir la bolsa de nuevo.

Toms lo sinti mucho, pues comprendi al fin que poco o nada poda
esperar ya de su hermano. En cambio Rosa tuvo una verdadera alegra. El
indiano continu visitndolos de vez en cuando, siempre para llorar
alguna prdida o quiebra de su caudal, con el objeto de que no se les
pasase por la imaginacin demandarle auxilios pecuniarios. La pasin
hacia Rosa, aunque mezclada ahora de rencor, no mermaba; antes pareca
crecer con el alejamiento y el recuerdo del vigoroso mojicn recibido.
Particularmente, cuando Andrs lleg en el mes de Abril a Riofro y
comenz a requebrar a su sobrina, se encendi de modo notable con el
combustible de los celos. No se le ocultaba al msero que Rosa le
despreciaba ms a medida que iba gustando el trato del jovencito
madrileo. Con esto la figura de la chica fue creciendo en su
recalentado cerebro, y la que antes le pareca una caprichosa rapazuela
buena tan slo para un fugaz devaneo, al verla ahora festejada y
perseguida por un joven distinguido de la corte, adquiri grandes
proporciones a sus ojos y la juzg oh poder de la vanidad! digna de
ser amada _por lo fino_. En esta disposicin de nimo, fcil ser
comprender cunto le atormentara el buen xito que, al decir de la
gente y a lo que l observaba, obtena Andrs en sus amores. Aparentando
absoluta indiferencia, no dejaba de espiar sus progresos, inquiriendo
aqu y all cuando la propia observacin no bastaba. Ni perda uno solo
de los pormenores que denotaban la aparicin del amor en el pecho de la
doncella, padeciendo en cada uno de ellos mil torturas y desvivindose,
no obstante, por averiguarlos.

Al cabo empez a rondarle un pensamiento que poda concluir de una vez
con sus penas, sacarle triunfante y llevarle de pronto a la dicha: el de
casarse con Rosa. Era muy duro, sin embargo, renunciar a sus ambiciones
seoriales y quedar ligado para siempre a una zafia aldeana y a una
familia que haba de pesar eternamente sobre sus espaldas. As que, tan
pronto como le acudi a la mente, se apresur a rechazarlo. Pero la
endiablada idea volvi de nuevo a presentrsele con ms alegres colores.
Torn a rechazarla por medio de un sin nmero de juiciosas reflexiones.
A los pocos das volvi a colrsele en el magn ms risuea y
deslumbradora que antes. Trabose entonces una verdadera batalla en el
nimo de nuestro indiano, de cuyas resultas andaba inquieto, silencioso
y desvelado, sin ganas de comer, vagando por los caminos hasta bien
entrada la noche. No se cansaba de pesar los inconvenientes de la unin
con su sobrina, que no eran pocos ni leves. Pero como al mismo tiempo la
pasin le espoleaba y los celos tanto le roan, a veces aqullos le
parecan nada, y decida en un punto su matrimonio. En una misma hora se
casaba y se descasaba varias veces.

En tan congojoso estado de indecisin se hallaba el americano cuando
sucedi lo que hemos visto en el captulo anterior: el encuentro con los
amartelados jvenes y la conversacin con Andrs, a quien quiso
sonsacar. Aquella noche le picaron los celos crudelsimamente y el
demonio de la voluptuosidad le present a su sobrina ms hermosa y
apetecible que nunca. Tanto que, dando al traste con todas sus
ambiciones y temores, se resolvi a salir de aquel miserable estado
hacindola suya. Tomada esta resolucin, descans como si le quitasen un
gran peso de encima, y logr dormir tranquilamente.

Al otro da, aunque no era domingo, se afeit como si lo fuese, se puso
otro pantaln, meti en los dedos todas sus sortijas, y despus de tomar
el chocolate en compaa del excusador y de ofrecerle un cigarro puro,
generosidad que sorprendi mucho al clrigo, fue a su cuarto a arreglar
un poco el cabello, y al instante sali de casa y tom el camino del
Molino con los ojuelos chispeando, seco el gaznate y los labios
trmulos. Nunca salv la distancia que mediaba entre el pueblo y la casa
de su hermano tan rpidamente. Cuando lleg, Toms estaba partiendo lea
delante de la puerta.

--De dnde diablos vienes tan temprano?--le pregunt levantando la
cabeza con sorpresa.

--Oye, Toms, necesito hablar contigo de un asunto importante... Vmonos
arriba.

El molinero se inmut visiblemente al escuchar estas palabras. Pens que
su hermano le iba a reclamar de golpe el prstamo.

--Vamos--contest en voz baja, dejando caer el hacha de las manos.

Y ambos entraron en la casa y subieron, uno en pos de otro, la escalera
ahumada que conduca a la sala. D. Jaime se sent: Toms qued en pie.

--Pues, Toms--comenz aqul echndose hacia atrs en la silla y jugando
con la cadena del reloj, gorda como una maroma,--voy a decirte una cosa
con toda reserva... Siempre he tenido confianza en ti, y ya sabes que te
he dado bastantes pruebas de aprecio... Las circunstancias hacen que
uno... vamos... uno no haga las cosas cuando quiere hacerlas, sino
cuando puede... ya lo sabes... Sabes tambin que te aprecio, no es
verdad?

Toms, con la faz despavorida y los ojos en el suelo, hizo seal de
afirmacin.

--Ya sabes que te he dado bastantes pruebas de apreciarte, y de apreciar
a tu familia... Creo que t me aprecias lo mismo que yo a ti, y la
familia lo mismo... Pues, Toms, tengo que decirte una cosa... A m me
parece que no estoy bien solo... Un hombre no est bien solo, no te
parece?

Seal afirmativa de Toms, que empezaba a dudar y confundirse.

--Yo soy, como t sabes, muy carioso... No lo puedo remediar... Cuando
aprecio a una persona, soy capaz de darle la sangre del brazo,
estamos?... Pues con la familia siempre he sido muy franco..., ya lo
sabes... Lo que yo tuve, siempre ha sido tuyo... Te he tratado siempre
como lo que eres... porque a m nunca me ha dolido gastar uno, dos o
tres, estando la familia por medio... Pues, Toms, yo me voy haciendo ya
viejo... Tengo dos aos ms que t... No te parece que debo casarme?

Toms estaba ya menos asustado, pero al or estas palabras recibi un
fuerte desengao: siempre haba pensado heredar a su hermano. Procur,
sin embargo, no dejarlo traslucir, y contest vagamente, siempre con la
vista fija en el suelo:

--S... s... si te parece...

--Estoy decidido... A m me encanta la familia... Despus de trabajar
tantos aos lejos de su pueblo, necesita uno descanso... No se puede
vivir tranquilamente sino casado... rodeado de la familia... cuidando de
sus intereses... Yo los tengo muy descuidados, bien lo sabes... A m me
roba cualquiera, y es porque no tengo ningn apego al dinero... Para
qu lo he de tener? Si fuese casado, ya sera otra cosa..., mirara ms
por l y cuidara de no soltarlo como lo suelto... Toms, t bien sabes
que puedo casarme con una seorita... Aunque no soy un jovencito, a
ninguna de la villa le dira _envido_ que no me dijese _quiero_... Hoy,
entre las muchachas, oros son triunfos... Pero yo soy muy considerado...
A m me tira mucho la familia... y eso de que maana, u otro da, si el
marqus os echa de la casera, tengan tus hijas que ir a servir a un
amo, me duele mucho... Puedes creerlo.

Hubo una pausa larga, durante la cual Toms arda en curiosidad de saber
en qu parara aquello, aunque lo disimulaba perfectamente. El
americano sigui:

--T tienes unas hijas trabajadoras y hacendosas... muy bien educadas...
Sera lstima que se viesen obligadas a servir las pobrecillas, o que se
casaran con un paisano sin recursos que las matase de hambre... En el
tiempo que aqu estuve me he encariado mucho con ellas... Y,
francamente... vamos... entre una... que al fin y al cabo es mi
sobrina... y otra cualquiera, prefiero que sea una de ellas la que me
lleve...

Los ojos de Toms brillaron de alegra; pero con el dominio que ejercen
los paisanos sobre sus emociones, comenz a santiguarse con cierta
sorpresa burlona.

--Mal ao para t, demonio!... mal ao para t!... Nunca pensara!...
Qu diablo de mosca te ha picado?

--Pues me ha picado tu hija Rosa.

--Ya me lo ola yo! Es el mismo diablo esa chica... Ms artera que ella
no la hay en toda la ra... Mira t que para atrapar a un pez tan largo
como t, que ha corrido las siete partidas, ya se habr dado maa la
indina!

Toms halagaba de este modo la vanidad de su hermano, quien rea
beatficamente, a pesar de saber a qu atenerse en cuanto a sus dotes de
seductor.

--En fin, Jaime--sigui el aldeano encogindose de hombros,--si me la
haba de llevar otro bribn, ms vale que seas t.

D. Jaime ri tambin la gracia: estaba para rerlo todo.

--Ella es lista como una anguila y saltarina como una cabra... pero
tiene el corazn igual que una manteca fresca... Es muy noble... muy
noble... y al mismo tiempo muy amorosa... Teniendo cuidado de sujetarla
un poco por la pierna ser como una cordera... Despus, nada melindrosa
para comer... lo mismo se pasa con carne que con unas pocas de judas...
En habiendo pan en la masera, ya est satisfecha... No te malgastar un
cuarto, Jaime...

Esto lleg al corazn del indiano, que expres su contento con un
silbido especial, dndose al mismo tiempo fuertes palmadas en las
rodillas.

--Voy a llamarla para darle la noticia... No andar muy lejos la muy
pcara... De seguro que ya sabe lo que estamos hablando... Las coge al
vuelo!

El aldeano se asom a la caja de la escalera y grit:

--ngela, di a Rosa que venga en seguida... Est en la huerta escogiendo
avellana...

La fisonoma del indiano se nubl al pensar que iba a encontrarse frente
a la joven. Por primera vez se le ocurri que poda ser desairado. No
tard en presentarse Rosa.

--Qu me quera, padre?

--Saluda a tu to, mujer... no te hagas la disimulada--profiri Toms en
tono de zumba, que rebosaba de alegra.

La joven qued inmvil y sorprendida.

--Vamos, picarona--dijo el padre sacudindola rudamente por el
hombro,--que buen pjaro has atrapado!

-Yo!

--S, t!... Ah tienes a tu to, que ya se entreg como un borrego...
Qu mil diablos le has dado a comer para sujetarle as por las orejas?

Y viendo que la chica le miraba cada vez con ms sorpresa:

--Abre los ojos, tunanta... abre los ojos!... Acaba de decirme que
quiere ser tu marido.

Rosa frunci repentinamente el entrecejo, y despus de un instante de
vacilacin, en que temblaron sus labios, como para decir muchas cosas a
la vez, dej escapar estas palabras secamente:

--Falta que yo quiera ser su mujer.

Toms solt una carcajada estrepitosa. Acostumbrado a la salidas
originales de su hija, pens que sta era una de ellas y la encontr muy
chistosa.

--No se ra, padre, no se ra, que lo digo como hay Dios en los cielos;
que no quiero.

El aldeano cort repentinamente el hilo de su risa y se qued exttico
mirndola.

--Vaya, vaya, chica... qu me ests ah cantando!

--Que no quiero.

--Que no quieres casarte con tu to?--dijo clavndola una mirada aguda.

--No, seor, no quiero--dijo Rosa con firmeza.

Padre e hija se miraron un instante a los ojos. Toms se puso
extremadamente plido. Un relmpago siniestro cruz por su fisonoma.
Despus avanz lentamente y, sacudindola por el brazo, le pregunt con
ira mal reprimida:

--Por qu no quieres, di, por qu no quieres?

Rosa, atemorizada, baj la cabeza; pero an dijo con firmeza:

--Porque no me gusta para marido.

Apenas haba pronunciado la ltima palabra, cuando su padre cay sobre
ella como una fiera; la volc en tierra y se puso a darle coces con
increble ferocidad. Pareca golpear sobre una vaca.

--Ah, maldita! Conque no te gusta?... Y esto, di, te gusta?... eh,
te gusta?... eh, te gusta?... Toma, toma, recondenada, maldita sea tu
estampa!

No se sabe cmo la hubiera dejado a no mediar D. Jaime y no subir ngela
de la cocina. Entre ambos le apartaron. Desde lejos, sujeto por los
brazos, le preguntaba con rabiosa sorna:

--Conque no quieres, eh?

Rosa, hecha un ovillo en el suelo, sangrando por el rostro, contestaba
con el valor pasivo y salvaje de las aldeanas avezadas a los golpes:

--No, no quiero; no quiero!

--Ya querrs, remaldita!... yo te har querer!... Ests orgullosa
porque te canta al odo el sobrino del seor cura, verdad?... No sabes
para qu te quiere a ti el sobrino del seor cura, verdad? Yo te lo
ensear, grandsima yegua... yo te lo ensear.

D. Jaime, vindole algo ms sosegado, fue a coger el sombrero que tena
sobre una silla, y se dispuso a irse. Toms, mirndole con inquietud, le
dijo:

--Pierde cuidado, Jaime... A sta ya la curar yo de su enfermedad...
Mira, tengo all las medicinas!

Y apuntaba a un rincn de la sala, donde estaban arrimados unos cuantos
garrotes.

D. Jaime, sin responder palabra, baj la escalera y sali de casa con
traza de ir muy desabrido.




XII


Aquella tarde, reparando Andrs en una herida reciente que Rosa tena en
la mejilla, le pregunt con inters:

--Qu es eso, Rosita?

--Que me he lastimado con una rama al coger manzanas.

--Por qu te subes a los pomares?... Un da vas a matarte.

--Porque me gustan las manzanas verdes--repuso encogindose de hombros.

A los tres das se le present con una nueva herida en la frente.

--Pero, chica, te has lastimado otra vez?

--S.

--Cmo ha sido eso?

--Pues estaba mi padre partiendo lea, salt una astilla y me dio en la
frente.

--Qu atrocidad! A riesgo de saltarte un ojo!... Ten cuidado, chica,
con tus ojos, que me gustan mucho.

Rosa sonri tristemente.

Por ltimo, otro da la hall con un brazo en cabestrillo sobre un
pauelo anudado a la garganta. Aquella vez se haba cado viniendo de la
fuente con una herrada en la cabeza. Andrs qued preocupado. No
acertaba a explicarse tantas coincidencias; pero como no tena dato
alguno que pudiese suministrarle explicacin ms verosmil, pronto se
disiparon sus cavilaciones. Rosa estaba risuea y jovial, tan viva de
lengua y de ademanes como siempre. Toms, cuando le vea, que eran pocas
veces, le acoga con el mismo tono entre respetuoso y zumbn que tan mal
le saba en el fondo.

Al cabo supo lo que pasaba, de un modo casual. Se hallaba cierta tarde,
contra su costumbre, leyendo en el corredor de casa, resguardado de los
rayos del sol por la parra, cuyos sarmientos pendan del alero, formando
fresca y tupida cortina. La luz se quebraba entre sus pmpanos, los
doraba, los haca transparentes, y llegaba hasta l suave y dormida.
Aunque abstrado en la lectura, percibi claramente los pasos del ama,
que entraba en la sala y daba vueltas poniendo en orden los muebles. El
cura, que haba ido a la iglesia, lleg poco despus, y entr en la casa
sin ver a su sobrino, y subi a la sala quejndose del calor. Entablose
un dilogo, y al instante comprendi que ignoraban su presencia en el
corredor.

--No le han dicho nada de lo que pasa en el Molino, seor
cura?--preguntaba D. Rita con su voz nasal, quejumbrosa.

--Qu me haban de decir, mujer?... Que Andrs bromea un poco ms de
la cuenta con Rosa?... Ya estoy cansado de saberlo... Por cierto que
hace algunos das le he hablado de ello, aconsejndole que dejase esas
tonteras...

--Buen caso hace l de sus consejos!... Vamos, veo que usted no est
enterado... No sabe que D. Jaime quiere casarse ahora con ella?

--Qu dices, mujer?...

--Lo que oye. Hace ya ms de ocho das que la pidi a su hermano, que,
por supuesto, abri un ojo!... Pero la chica, psmese usted, se niega a
casarse con su to, y todos dicen que tiene la culpa el sobrino del
cura, que la ha levantado de cascos... El padre, con esto, dicen que la
pega cada pie de paliza que la pone como una breva. Pero ella se empea
en que no, y que no, y no hay quien la saque de ah...

--Me dejas tonto!... No saba una palabra de todo eso...

--Claro! usted nunca quiere saber nada de lo que perjudica a su
sobrino.

--Y qu barajas tiene que ver mi sobrino con que D. Jaime quiera
casarse con Rosa, y con que sta no le quiera a l?

--Porque si su sobrinito no anduviese hacindole la rosca, la chica se
dara con un canto en los pechos por atrapar a su to... Pero ya se ve,
a usted no hay que tocarle el sobrinito, porque en seguida se pone hecho
una vbora... Pues spalo usted, que todo el mundo lo dice, que ha sido
y es un calavera perdido... y que si vino tan malo a este pueblo, no ha
sido por enfermedad que Dios le haya dado, sino por los excesos de comer
y beber, y de otras cosas...

--Vamos, Rita, djame en paz y no digas simplezas... Demasiado s lo que
es mi sobrino.

--No, si yo no digo nada! Ya me librara yo de decirle nada!... Pues
bueno es usted para que le diga nada malo de su familia!... Y eso que
bien poco se han acordado de usted siempre, y con bastante despego le
han tratado... No parece ms que tenan a mengua alternar con usted...

--Vaya, la cancin de siempre!... O te callas, o me voy...

--Vyase, vyase... Yo no puedo menos de decir la verdad, porque si no,
reviento... Y la verdad es que, cuanto mejor es uno en este mundo, peor
le pagan. Desvvase usted por dar gusto en todo a una persona, por
tenerle las cosas a punto, por cuidarla cuando est enferma... Tustese
usted la cara al lado del fuego todo el da... Mtase en el ro hasta
media pierna para lavar la ropa, y coja un reumatismo... Pase las noches
en claro, cuidando de la leja... Y maana u otro da, si falta esa
persona, ir una, si a mano viene, a pedir una limosna... mientras la
familia, que en la vida se ha acordado del santo de su nombre, se
divertir y triunfar en grande con el dinero que le quede...

Se oy el ruido de la silla del cura al levantarse con violencia.

--No; no se vaya... yo me ir... si yo soy el ltimo mono! si ya s
que quien priva aqu es el sobrinito!... Pero algn da le abrir Dios
los ojos... Al fin se ha de saber quines son los que sirven
desinteresadamente, y quines los que vienen solamente a pescar una
herencia.

Doa Rita sali de la sala disparando este ltimo y envenenado flechazo,
y dio un fuerte golpe a la puerta para hacerlo an ms profundo. El cura
se qued solo, desahogando su enojo con un sin fin de porras! y
barajas! proferidas en el tono ms cavernoso que hall en las
concavidades de sus registros vocales.

Fcil es de presumir, conociendo el temperamento vivo y exaltado de
Andrs, la triste impresin que esta pltica, escuchada por fuerza, le
causara. De las dos noticias desagradables que por ella averigu, las
zurras que su padre daba a Rosa y la hostilidad de D. Rita, la que ms
le disgust, como era natural, fue la primera. En cuanto a la segunda,
tena demasiado orgullo para no despreciar el odio de una sirviente
envidiosa, por ms que no lo sospechase.

Pero su situacin en aquel instante era crtica. No poda entrar en la
sala sin dar a conocer a su to que haba odo la conversacin: esto le
avergonzaba y avergonzara an ms al cura. Por otra parte, ste poda
salir de un momento a otro al corredor y encontrarse con l, lo cual era
peor. Qu hacer? No vio medio ms adecuado de salir del apuro que,
montar cautelosamente sobre la baranda y descender al suelo por la
parra, agarrndose con pies y manos, como haba hecho otras veces para
probar el progreso de sus fuerzas y agilidad.

Una vez en la calle, corri a casa de Rosa. Al verse junto a la puerta,
vacil un instante por el temor de hallarse con el molinero, a quien no
hubiera podido ocultar en aquella sazn la clera de que estaba posedo.
Por fortuna haba salido: slo Rosa se hallaba en la cocina.

--Oyes... conque tu padre te pega de palos para que te cases con tu
to?--le pregunt con voz alterada, sin darle siquiera las buenas
tardes.

La chica qued sorprendida al verle tan agitado y descompuesto.

--Es verdad que te mata a golpes, di?--profiri de nuevo, viendo que no
le contestaba.

--Algunos me da... Pero por qu se apura tanto D. Andrs?

--Porque es una infamia que te pegue por ese gaznpiro asqueroso...

Aqu, se desat en improperios contra D. Jaime. Dijo que le iba a romper
la cabeza: que l era quien induca a su hermano para que la maltratara;
que buena boda iba a hacer si se casaba con aquel avaro que la matara
de hambre: que ms le vala casarse con un aldeano y cuidar cabras en el
monte, etc., etc.; un montn de razones proferidas con extraordinaria
violencia. Contra Toms no se atrevi a revolverse por no herir los
sentimientos de Rosa, aunque buenas ganas se le pasaron de hacerlo.

sta le escuchaba con el asombro pintado en los ojos. All, a lo ltimo,
solt la carcajada.

--Qu mala yerba pis hoy D. Andrs, que tan furioso viene?

--Ninguna; lo que hay es que me irrita que te hagan dao... y ms por
ese to viejo!

--Pues no se apure tanto... A m no se me hacen novedad los golpes...
Adems, es mi padre y puede pegarme cuanto quiera.

Andrs call un instante; despus apunt tmidamente:

--Tanto te puede maltratar, que al fin no tengas ms remedio que hacer
lo que l te manda.

--Casarme con mi to? Eso s que no!... Que pegue, que pegue lo que
quiera, ya ver lo que saca en limpio!

Al joven se le ensanch el corazn al observar el tono resuelto de estas
palabras y dirigi a la aldeana una mirada cariosa.

Desde aquel da no puso ms los pies en su casa por no tropezar con
Toms, cuya enemistad ya no ignoraba; pero la vio todas las tardes en el
molino. Pasaba tres o cuatro horas y a veces ms cerca de ella en aquel
rincn, donde nicamente les turbaba de vez en cuando la visita de algn
paisano que traa a moler su fuelle de maz. El molino estaba adosado a
la pea, medio oculto entre el follaje. Tan slo se vislumbraba el color
rojo del techo. Las paredes, vencidas, resquebrajadas en muchas partes,
vestidas todas de musgo, se confundan con el csped y los rboles. La
acequia que le daba movimiento caa partida en tres, de ocho a diez pies
de altura, por unas canales de madera toscamente labradas, negras por la
humedad y apuntando a las aspas, que al girar levantaban remolinos de
espuma y tapaban casi por entero las aberturas en medio punto por donde
el agua penetraba. Dentro todo era tosco tambin como fuera. Una sola
estancia rectangular con piso de madera, manchado de harina, lleno de
agujeros y rendijas, por las cuales se vea a las ruedas revolver
furiosamente con sus brazos de roble el haz del agua. A un lado, y
metidas en sendos cajones bruidos por el uso, estaban las tres piedras
moledoras que daban vueltas triturando el maz o el centeno y arrojando
por intervalos iguales un copo de harina en el cajn.

Andrs pasaba dulcemente las horas en aquel recinto. Sentado sobre una
medida al lado de Rosa se placa refirindole cuentos y aventuras
maravillosas entresacadas de las muchas novelas que haba ledo. Ella
escuchaba atenta y ansiosa, interesndose por los personajes lo mismo
que si los tuviera a la vista, sonriendo cuando eran felices y
derramando alguna lgrima cuando les soplaba demasiado la desgracia.
Andrs era implacable al narrar las penalidades de sus hroes.
Describalas con todos los pormenores de que era capaz y no se cansaba
nunca de amontonar sobre ellos desdichas. Quiz le estimulase el gusto
de ver a Rosa enternecida.

Cuando se cansaba de estar sentado, sola levantarse y trajinar por el
molino arreglando lo que le pareca estar desarreglado, estudiando con
atencin su rudimentario mecanismo, entretenindose en pararlo y en
echarlo a andar de nuevo. Rosa sola alzar la cabeza y gritarle:

--No enrede, D. Andrs... Madre ma, qu revoltoso es!

El joven volva a su sitio.

--Bien, pues ahora cuntame t un cuento, si deseas que me est quieto.

--Ya le he contado todos los que s.

--Rebusca en la memoria.

--Quiere que le cuente el cuento de _La buena pipa_?

--No; se no--contestaba riendo.

--Entonces quiere que le cuente el de aquel pastor que tena la pierna
hinchada, tan pronto se le hinchaba como se le deshinchaba?

--Tampoco.

--Pues no s otro... Agurdese un poquito... voy a contarle el de _La
pea encantada_... Vamos, no se acerque tanto a m, que no puedo coser.

Una vez era un rey y tena tres hijas muy hermosas, muy hermosas, muy
hermosas. La primera se llamaba Clara, la segunda Ana, la tercera Mara.
Este rey se fue a la guerra, y dej el reino encargado a un hermano que
era muy malo, muy malo, muy malo...

Andrs pareca escuchar atentamente, pegado a las faldas de la zagala.
Lo que haca en realidad era contemplar con deleite sus labios, que
semejaban hechos de carne de cereza, sus mejillas, que tenan el lustre
de la manzana, sus ojos negros, donde brillaba el sol de la primavera.
Senta, al cabo de un rato, el mismo adormecimiento suave y feliz que le
embargaba, cuando nio, escuchando los cuentos que le refera la
costurera de su casa. Ahora se mezclaba con una embriaguez voluptuosa,
que suspenda su pensamiento, le columpiaba en los espacios y le
dispona a las efusiones tiernas, a los goces inefables, a los sueos de
color de rosa. El montono rumor de la acequia y el traqueteo suave y
constante del piso trabajaban tambin por arrobarle. Rosa conclua su
cuento. l despertaba con pena y, embelesado an, preguntaba:

--No sabes otro?

No, Rosa no saba otro, o no quera contarlo: gustaba ms de or los
suyos, llenos de enredo y movimiento.

Como la alegra de la joven era constante, y ninguna sombra alteraba la
serenidad de su rostro ni la paz de aquellos largos y sabrosos
coloquios, Andrs haba llegado casi a olvidar, en su egosmo, la triste
situacin en que se hallaba la pobre nia dentro de casa. Una vez, sin
embargo, vino con seales en la cara de los malos tratos de su padre. La
fisonoma de Andrs se nubl repentinamente, y con voz conmovida le
pregunt:

--Te sigue pegando tu padre?

La chica se encogi de hombros y sonri de modo expresivo.

l baj la cabeza y se mantuvo callado unos minutos. De pronto rompi a
hablar con violencia.

--Pero no hay un tiro que mate al pillo de tu to?... Ese bribn cree
que te va a entrar el amor con los palos!... Estoy vindole azuzar a tu
padre... Pgale, pgale, que ya ceder... Si no fuese por ti, ya le
hubiera roto el bautismo... y aun si le tropiezo, no s si podr
contenerme.

--Madre ma, cmo se apura D. Andrs!--exclam riendo la
aldeana.--Cualquiera pensara, al verle tan enfadado, que me quera de
veras.

Andrs sonri tambin enternecido.

--Vaya si te quiero, Rosita!--contest acaricindole la mejilla.

Pero aquellas palabras le hicieron considerar ms tarde, cuando se
retir a su casa, que estaba causando mucho mal a Rosa: se ech
justamente la culpa de lo que la pasaba: convino consigo mismo en que su
comportamiento dejaba mucho que desear en la ocasin presente: consider
que sera ms noble apartarse de ella pronto, antes que sintiese un
verdadero y fuerte inters por l; y, por ltimo, fall que a los quince
das justos, a contar del de la fecha, se despedira de aquellas altas
montaas, verdes praderas y ro cristalino, para la villa y corte de
Madrid. Mientras llegaba la hora de partir seguira visitando a Rosa,
haciendo lo posible por ser cauto en las palabras y reprimir los mpetus
de su corazn.

Mas al da siguiente de tomada esta resolucin, sobrevino un
acontecimiento que la modific bastante. Se hallaba por la tarde, como
de costumbre, en el molino sentado al par de Rosa en grata y amorosa
pltica, cuando repentinamente se apareci por all Toms. Como nunca se
le haba ocurrido ir a aquella hora desde que Andrs frecuentaba el
sitio, Rosa se inmut muchsimo y el mismo joven se sinti tambin no
poco turbado, aunque procur disimularlo, acogiendo con sonrisa amistosa
al molinero.

--Hola, D. Andrs, tambin viene usted al molino a comerme la harina,
como los ratones?--dijo el paisano riendo campechanamente.

--No ve usted qu gordo me voy poniendo con ella?--repuso Andrs
aceptando la broma.

--Pues tenga cuidado, que he echado por los rincones bolitas de
fsforos.

--Soy un ratn muy fino y los huelo de lejos.

--Ya! Usted es un ratn madrileo, ms tuno que los ratones de la
aldea, verdad?

Y al decir esto, sin cesar de rer con malicia burda, entr en el
molino, dej en el suelo un gran cesto que traa sobre los hombros, y se
puso a trastear por la estancia. Sac maz de un fuelle, lo midi, lo
verti en el cesto, anduvo con el mecanismo de las ruedas y ejecut
otras maniobras. Mientras tanto, Andrs y l seguan tirotendose como
dos grandes amigos. Rosa, que conoca bien a su padre, guardaba silencio
obstinado, aplicndose a coser.

Al cabo de un rato Toms la llam.

--Rosa.

--Qu quera?

--Ven ac.

La chica se levant y fue hacia su padre. ste se plant frente a ella,
mirndola severamente.

--Oyes, por qu no has puesto a moler el maz del to ngel, como te
mand?

--Porque vino Telva, la de la Cuesta, con un celemn, diciendo que no
tenan qu comer en casa hoy... Tanto me rog que se lo ech... Esta
noche se puede moler el del to ngel.

--Y a ti quin te mete a hacer favores a Telva sin permiso mo?

--Como otras veces lo hice y no me dijo nada, yo pens...

--Pensaste! pensaste!... Pues para que no pienses otra vez, toma...

Y sin ms aviso, le descarg un tremendo bofetn. Tan tremendo, que la
chica cay al suelo como privada de sentido.

Al ver aquel acto de barbarie Andrs, se puso en pie vivamente. La
sangre le subi al rostro y no pudo menos de exclamar:

--Qu brutalidad!... Por qu le pega usted de ese modo tan brbaro?

--Porque quiero ensearla a obedecer.

--Ahora no haba motivo.

--Ta, ta, ta!... Y a usted quin le mete en esto, D. Andrs?... Soy su
padre y hago lo que quiero.

--Vergenza deba darle ensaarse as con una pobre chica!

--Pues si no le gusta, D. Andrs, tmelo en dos veces. En mi casa mando
yo. Vyase a la suya si no quiere verlo.

--Ahora mismo--dijo; y echndole una mirada iracunda y despreciativa,
sali furioso del molino.

No otra cosa se haba propuesto el astuto aldeano. Quedaron las cosas a
medida de su deseo. Andrs no fue ms al molino por las tardes ni menos
visit la casa. Con esto parecan desatadas aquellas relaciones que
juzgaba, no sin razn, como un obstculo para el logro de sus fines.

Pero como es la contrariedad en los amores cebo apetitoso y seuelo el
ms eficaz, el amor de Rosa hacia Andrs vago hasta entonces, lleno de
vacilaciones y dudas, tom cuerpo de pronto y se transform en verdadera
pasin. El del joven subi tambin algunos palmos. Y como natural
consecuencia de esto, aunque no se hablaron con la libertad de antes, no
por eso dejaron de verse y hablarse con frecuencia, ora en la fuente,
ora en los prados, ora en algn camino donde se tropezaban adrede.

Andrs espiaba con afn las salidas de Rosa, se emboscaba detrs de los
rboles, y en cuanto la vea sola, all voy! corra a emparejarse con
ella. Y estas entrevistas al aire libre, que el temor de ser observados
haca breves y melanclicas, eran, sin embargo, para ambos ms gratas
todava que las tardes serenas del molino. Nunca se cruzaron entre ellos
palabras tan cariosas ni miradas tan suaves y tiernas como entonces.
Rosa, que acoga siempre los requiebros del joven cortesano con risa y
desconfianza, poco a poco se fue haciendo ms grave y sosegada; se pona
encendida al verle; le miraba fijamente mientras l tena los ojos en
otra parte, y cuando llegaba el momento de separarse, en la inflexin
temblorosa y enternecida de la voz se adivinaba la emocin que embargaba
su alma.




XIII


Transcurrieron algunos das. El enojo de D. Jaime por el desaire
recibido fue creciendo. En su interior no daba toda la culpa a Rosa;
hacia partcipe a su hermano por haber tolerado el galanteo de Andrs
una porcin de meses con seales de no disgustarle. Despus, pensaba que
Toms no haba hecho lo bastante por complacerle, no haba obrado con
suficiente energa para rendir a Rosa a recibirle por esposo. Porque si
bien era verdad que la castigaba, y a veces cruelmente, estos castigos
quedaban desvirtuados por el efecto de consentirla pasar tardes enteras
con su amante en el molino; y aunque ltimamente haban cesado estas
visitas, todava no usaba con ella de la debida vigilancia, porque en
todas partes y a todas horas se vean y se hablaban, de lo cual era
testigo el pueblo. l mismo los sorprendi ms de una vez en las
encrucijadas de los caminos o a la orilla del ro, y se haba vuelto por
no tropezar con ellos.

De todo esto formaba el indiano un captulo de agravios contra su
hermano. Empez a mirarle de mal ojo, y a bullir en su cabeza la idea de
que aqul, so capa de protegerle, tena la mira puesta en el seorito de
Madrid, trabajaba astutamente por encenderle con la contrariedad y
hacerle caer en una trampa de donde saliese comprometido y obligado por
las leyes divinas y humanas a casarse con su hija.

Con esto dej de ir al Molino, se mostr seco con Toms cuando le
hablaba; por ltimo, un da le neg el saludo. Al mismo tiempo no se
ocult para decir en confianza por el pueblo lo que en el Molino
ocurra: las entrevistas de Andrs con su sobrina, de las cuales sacaba
partido para calificar a aquel de disoluto y a su hermano de necio; la
presuncin de la chica desde que un seorito la requebraba; la fingida
oposicin del padre, etc., todo adobado con la baba del odio y el
despecho.

No pararon aqu las cosas. Resolvi vengarse de las supuestas
ingratitudes y ofensas de su hermano. El mejor medio era reclamarle al
punto los catorce mil reales que le deba y sacarle a subasta pblica
los bienes, en el caso seguro de que no pudiese devolverlos. Esta idea
le produjo vivo deleite. Mas, despus de meditar un poco sobre ella,
comprendi que haba de causar malsimo efecto en el pueblo, porque al
cabo era su familia. Arrojarse l en persona a perseguirla judicialmente
y arruinarla iba a parecer un acto de crueldad inusitado, y le hara
desmerecer en el concepto de los vecinos.

Entonces imagin una gran bellaquera. Fue cierta tarde a ver a D. Flix
el escribano, y pretextando que necesitaba fondos con urgencia para
remitir a Amrica, le propuso el traspaso de la deuda, mediante un
razonable descuento. Acept D. Flix el negocio, porque era bueno: Toms
posea bastante ganado, y adems una finquita adquirida tiempo atrs de
la subasta de los mansos de la parroquia, que bien vala ella sola los
catorce mil reales.

No se pasaron veinticuatro horas sin que el escribano le requiriese
verbalmente al pago. Toms qued sorprendido y aterrado. Nunca haba
pensado que su hermano pudiera hacerle tal ruindad. Desde luego contest
que no dispona de ese dinero, y pidi prrroga. D. Flix, con reparos y
palabras ambiguas, lleg a prometrsela, o tal crey el desgraciado al
menos. Mas, a los dos das, se vio citado de conciliacin ante el juez
municipal. Se le present el recibo, reconoci la firma y volvi a
declarar que por el momento no le era posible pagar aquella deuda; que
pagara los rditos vencidos y firmara nueva obligacin,
comprometindose a saldarla en el trmino de seis meses. Don Flix no
admiti este arreglo, qued disuelto el acto, y a instancia suya fue
expedido por el juzgado de primera instancia de Lada despacho de
ejecucin contra el molinero, por valor de los catorce mil reales.

Y una maana, cuando la familia se dispona a comer, entr por la puerta
el escribano (D. Flix, no, que era parte; otro) acompaado de dos
alguaciles, para ejecutar el embargo. Detrs de ellos, algunos curiosos
que les haban visto cruzar por el pueblo, los cuales se mantuvieron un
trecho separados de la casa esperando ver en lo que paraba aquello.

Toms los recibi extraamente inmutado, como si le viniesen a notificar
su sentencia de muerte.

--No hay que apurarse, hombre, no hay que apurarse!--le dijo el
escribano con semblante risueo.--Las cosas hay que tomarlas como
vienen; cachaza y mucho pecho.

Despus le preguntaron dnde tena el ganado. Parte estaba en los prados
y parte en el establo. Era necesario juntarlo todo. El infeliz se vio
obligado a acompaarles hasta el prado, para traer al establo lo que le
faltaba. Iba ms muerto que vivo, plido, silencioso; se le haba
concluido la vena jocosa de que tanto abusaba. A la vuelta no pudo
resistir; se meti en la huerta de casa y se arroj de bruces debajo de
un rbol, mesndose los cabellos sin articular palabra.

Sacaron el ganado del establo y lo juntaron todo delante de casa. ngela
y Rosa, en el corredor, sollozaban fuertemente. Rafael daba vueltas en
torno de los alguaciles, agitado y tembloroso, con la faz demudada y
reventando por llorar. Cuando aqullos sacaron las cuerdas que traan
enrolladas y se dispusieron a amarrar las vacas, estall en gemidos
lastimeros.

--Agapito... Agapito... por Dios, no me las lleve!... Agapito!...
seor escribano!... por Dios no me las lleve... por su madre... no me
las lleve... por Dios no me las lleve! Y deshecho en llanto, corra de
uno a otro lado con las manos plegadas pidindoles misericordia.

Los alguaciles ataban en silencio, con la cabeza baja, sin atreverse a
mirarle. El escribano, con la misma cara de risa, le dijo:

--Eh, tonto, no grites: ya te las volveremos.

Cuando terminaron y se prepararon a marchar, los alaridos del chico
fueron terribles. Los curiosos all congregados trataban de consolarle
en vano. Segn pasaban por delante de sus ojos las vacas, llambalas a
gritos por sus nombres.

--_Parda!... Garbosa!... Salia!..._ No me llevis la _Salia_!...
Agapito, por tu madre... no me lleves la _Salia_!

Pero cuando vio marchar una hermosa novilla, que era su favorita, no
pudo contenerse. Corri a ella y se agarr con todas sus fuerzas a los
cuernos.

Los alguaciles quisieron en vano separarle; cuanto ms tiraban de l,
con ms rabioso esfuerzo asa de los cuernos y del cuello del animal,
que a su vez se arremolinaba y sacuda la cabeza para zafarse de unos y
otros. Algunos de los que presenciaban la escena rean; otros la
contemplaban con lstima.

Al fin consiguieron arrancarle la presa. El chico volvi a gritar:

--_Cereza! Cereza!..._ Por Dios, me dejis la _Cereza_... Seor
escribano, djeme la _Cereza_...

Pero viendo que se alejaban sin hacer caso, dej de suplicar. Se puso a
recoger piedras del suelo y a arrojrselas lleno de ira.

--Ladrones! ladrones!... ladrones de vacas... Djame la Cereza,
ladrn!... Deja esa vaca, ladrn!

Y tanto menudeaba las pedradas y con tal furia, que un alguacil se vio
obligado a volverse para castigarle. El muchacho se puso en salvo
corriendo. A los dos minutos ya estaba all otra vez apedrendoles y
gritando:

--Deja esa vaca, ladrn!... deja esa vaca, ladrn!

Y de esta suerte, huyendo cuando venan a cogerle y tornando en seguida
a tirarles piedras, les fue dando por ms de media legua una muy pesada
escolta.

Los curiosos se haban diseminado. Reinaba completo silencio en el
Molino. ngela y Rosa permanecan en el corredor, cada cual en un
rincn, con la cabeza entre las manos.

De pronto oyeron en la escalera los pasos de su padre, torpes y
vacilantes, como los de un beodo. Rosa se estremeci. Quiso ocultarse en
su cuarto; pero antes de que pudiese hacerlo, ya el brbaro molinero
haba cado sobre ella, mudo y rabioso como un tigre. La arroj al suelo
y empez a darle tremendos golpes con una gruesa vara de fresno. A los
pocos segundos la desdichada sangraba por todas partes, pero no exhalaba
una queja. En cambio, ngela gema pidiendo compasin, sin atreverse a
intervenir para defenderla.

La vara se quebr al medio. Con los cachos an estuvo aporrendola buen
espacio. Cuando se cans, asiola por los cabellos y la arrastr hasta el
cuarto, donde la dej exnime y ensangrentada. Despus, volvindose
hacia ngela, le dijo con voz temblorosa an por la clera:

--Ve a abajo y trae un pedazo de borona y un jarro de agua.

ngela se apresur a cumplir la orden. El padre fue otra vez al cuarto y
coloc uno y otro en el suelo, exclamando:

--Ah tienes lo que has de comer y beber mientras seas tan perra!...
Yo te bajar los humos!...

Despus cerr la puerta y se guard la llave, y, encarndose con ngela,
le dijo con acento amenazador:

--Si tratas de darle una migaja ms por la rendija, cuenta conmigo!

Baj de nuevo la escalera. ngela se fue a un rincn a llorar. El Molino
volvi a quedar en silencio.




XIV


Por la noche supo Andrs en la taberna lo acaecido en el Molino. Celesto
le refiri la escena con pelos y seales. Tan triste y abatido le dej
el relato, que para confortarse un poco bebi contra su costumbre, y le
hizo dao. Entre el excusador y Celesto le llevaron a casa. Por la
maana al despertarse no recordaba nada de lo que haba pasado en la
taberna. Pero s record con terrible claridad la situacin en que sus
imprudentes galanteos haban colocado a la pobre Rosa. Despus de
recapacitar un poco entre sbanas acerca del mejor partido que poda
tomar para redimir a la chica de tanto cuidado y dolor, no vio ms
adecuada salida que partirse cuanto antes de Riofro: lo mismo que vena
pensando haca ya bastante tiempo sin ponerlo por obra. Su partida
restablecera la calma en aquella familia. Toms y su hermano, no viendo
cerca el obstculo capital para el logro de sus propsitos, apelaran a
medios ms suaves. La misma Rosa, pasado algn tiempo (y esto era lo que
ms trabajo costaba imaginar a su amor propio) le ira echando en olvido
y se acomodara a la postre a ser la esposa rica y sumisa de su to el
indiano. Y sin poner los pies fuera del lecho qued resuelto de modo
irrevocable que al da siguiente muy tempranito montara a caballo para
tomar en Lada el tren de la maana.

Lo primero que hizo despus de levantarse fue buscar a su to para
comunicarle aquel designio. Hallolo en la huerta totalmente abstrado en
la contemplacin melanclica de un pie de berza en que las orugas se
haban ensaado. Andrs no anduvo con rodeos. Se lo anunci de golpe y
porrazo.

--To, maana me voy.

El pie de berza se sinti abandonado sbitamente.

--Cmo... cmo... cmo?

--Que maana me marcho.

--Pero as, tan de repente! Qu mosca te ha picado, chico?

--Demasiado sabe usted, to, cul es la mosca que me pica--profiri
Andrs con acento triste.--Por mi culpa estn padeciendo algunos... No
quiero ser ms tiempo causa de disgustos...

El pie de berza volvi a ser instantneamente objeto de la ms profunda
atencin. Un buen rato se estuvo el cura devorndole con los ojos en
silencio. Al cabo, sin dejar de examinarle con particular cuidado,
articul por lo bajo:

--Tienes razn, Andrs... En conciencia no puedo retenerte aqu...

Andrs guard silencio y concentr tambin lgubremente su atencin
sobre la maltrecha planta. El cura fue el primero en levantar la cabeza.

--Pero cmo diablo te has metido en esos enredijos?... Mucho me
sorprende...

No encontrando explicacin que pudiese dejar satisfecho a su to,
Andrs prefiri no dar ninguna. Ambos, pues, se mantuvieron callados. Al
cabo, nuestro joven se fue otra vez tristemente hacia la casa y se puso
a arreglar el bal.

Mientras las manos trabajaban poniendo en orden los brtulos, el cerebro
tampoco descansaba, saltando por encima de los sucesos del verano, o lo
que es igual, por los varios y poticos lances de su amoroso devaneo. Y
observ con cierta sorpresa que su corazn estaba ms ligado de lo que
presuma a la hermosa y sencilla aldeana. Cosa ms rara! No poda
pensar en que iba a dejar de verla para siempre sin sentir un fro
particular hacia la regin izquierda del pecho... Pobre Rosa, tan
sencilla, tan buena! dejarla en poder de aquellos brbaros! (Al meditar
esto, volva unos pantalones del revs y los doblaba con cuidado.) La
verdad era que Dios haba sido injusto con l: le daba la salud en pago
de haber robado la paz y la dicha a una inocente nia. No se cansara a
la postre de sus mercedes y le castigara de algn modo, que le doliese
mucho? (Envolva unas botas en papeles y las meta en un rincn del
cofre.) El que tena la culpa de todo era aquel asqueroso indiano que se
haba interpuesto tan inoportunamente entre ellos... No, no; quien tena
la culpa de todo era l; no deba forjarse ilusiones. Quin le haba
metido a decir amores a una chica con la que saba de cierto que no
haba de casarse?... Pero en qu haba de pasar el tiempo de otra
suerte? La conversacin de su to le cansaba; la de los paisanos ms;
Celesto le haca recalar siempre a la taberna. Luego, Rosa era tan
linda! tena tantsima gracia! Era digna por todo de ser una
seorita... (Colocaba cuidadosamente una camisa con el cuello hacia
abajo para que no se arrugara.) Qu pensara de l luego que supiese su
partida? Por todas partes que se mirase era accin innoble el irse sin
decirle siquiera una palabra de consuelo; algo que justificase su
conducta. Le causaba fuerte pesadumbre aparecer a los ojos de Rosa como
un ser odioso, sin entraas. Si pudiese tener una entrevista con ella
antes de marchar, quiz lograse convencerla de que la separacin era el
mejor partido que podan tomar: acaso con algunas vivas protestas de
cario y ciertas vagas esperanzas de volverse a ver con el tiempo
endulzara la amarga pldora que le iba a propinar. Pero cmo
arreglarse para ello, estando encerrada por el cafre de su padre?
(Aprensaba la ropa con ambas manos porque el bal no quera cerrar.) En
vano dio vueltas a la imaginacin largusimo rato para buscar un medio.
No pareca.

Mucho tiempo despus de haber arreglado el equipaje, todava segua la
pista de alguna traza que le pusiera en comunicacin con Rosa, aunque no
fuese ms que por breves instantes. Despus de comer, saliose a dar un
paseo solitario, a ver si el fresco de los campos despertaba en su
cerebro alguna buena idea. Nada; no vea ningn punto luminoso. All,
hacia la tarde, acordose de que comenzaba en la iglesia la novena de San
Rafael, patrono del pueblo. Su to le haba anunciado que predicara D.
Jos, el excusador:--el mejor orador del concejo, un pico de
oro--tales haban sido las palabras del prroco para encarecer las
dotes de su coadjutor. Paso entre paso, deshizo lo andado y se encamin
hacia la iglesia, triste siempre y caviloso.

Haba comenzado ya la novena. El pico de oro estaba en el plpito
dicindola por un libro. El monaguillo le alumbraba con un trozo de
cirio, porque la iglesia empezaba a quedarse oscura. Buen nmero de
mujerucas repetan, arrodilladas sobre el pavimento de tierra apisonada,
las palabras del exiguo eclesistico, que salan arrastradas y gangosas
de su boca, como es de rigor en casos tales. Un enjambre de chicos
rodeaba el altar porttil de San Rafael, que pareca un ascua de oro;
otros se mantenan derechos por los contornos del presbiterio, bajo la
vigilancia del cura, que no cesaba de dar vueltas, administrando
equitativas correcciones con su muleta al que no se estaba quieto. A la
puerta de la sacrista tropez nuestro joven con Celesto, de rodillas,
con las manos plegadas, los ojos en blanco, en xtasis completo; tan
arrobado que no le vio. Conservaba todava en la mejilla izquierda
seales de una reyerta que haba tenido en la taberna la tarde
anterior.

Arrimose Andrs al arca de la vestimenta, debajo del Cristo
ensangrentado, y sin atender poco ni mucho a lo que se celebraba, sigui
dando rienda a su pensamiento. Segn se iba aproximando la hora de
partir, el recuerdo de Rosa le haca ms cosquillas en el alma. Fue a la
puerta otra vez y ech una intensa mirada a la iglesia, a ver si por
casualidad la vea entre las mujeres; pero fue en vano. Ni a Rosa ni a
ngela logr echar la vista encima. A quien vio nicamente entre la
gente menuda fue a Rafael, el cual, sin saber por qu, le pareci ms
simptico que otras veces. La remota semejanza con Rosa quiz fuese
parte a ello.

Despus que D. Jos y todos los fieles a coro dijeron buena porcin de
oraciones, que a nuestro joven le parecieron una misma, o por lo
abstrado que estaba, o porque en realidad no discrepasen mucho unas de
otras, rompi el excusador a cantar alto y tendido un villancico a la
Virgen sin acompaamiento de rgano, porque no lo haba, ni de
instrumento musical alguno. As la voz del clrigo, engolada y espesa y
muy celebrada en la comarca, se ostentaba ms pura. Casi todas las
mujerucas contestaron entonando un estribillo, que por cantarse en todas
las festividades religiosas de la parroquia saban de memoria hasta los
ms duros de odo. Volvi el excusador a cantar otra letra y tornaron
las mujerucas a responderle con el mismo estribillo: y as por varias
veces. Terminado el canto, baj D. Jos del plpito y se hinc de
rodillas ante el altar de San Rafael para pedirle que le inspirase el
sermn que tena escrito y aprendido haca ms de quince das.

Rein grave silencio en la iglesia. Nadie osaba turbar, ni aun los
mismos chicos, la edificante oracin del coadjutor. En aquel momento fue
cuando a Andrs le acudi la idea de servirse de Rafael para hablar con
Rosa por ltima vez. Si el muchacho se aviniese a llevarle un
recado!... Lo intentara. Y con la esperanza de dar una tierna despedida
a la joven aldeana y justificar su proceder, le bail el corazn de
alegra. Cuando el excusador subi al plpito, terminada su plegaria, no
pudo reprimir un gesto de impaciencia.

Mientras D. Jos, en lo alto de la sagrada ctedra, se sonaba con un
pauelo de yerbas y se limpiaba las narices repetidas veces de un modo
mesurado e imponente, propio para ejercer saludable fascinacin en el
nimo de aquellos sencillos campesinos, el cura de Riofro, transformado
en _hostiario_, ordenaba el concurso de suerte que todos pudiesen or
cmodamente al orador. Y para vigilar toda la iglesia y tener cuenta que
ningn muchacho se excediese, abri con la muleta un pasillo por el
centro y comenz a pasear por l gravemente desde la puerta hasta el
altar mayor y viceversa, apercibido a moler los cascos al primero que se
desmandase.

El excusador principi en tono muy bajito, muy bajito, para mayor
solemnidad. Despus fue gradualmente levantando el gallo hasta retumbar
en la iglesia como un trueno. Pareca obra de milagro que tal estentrea
voz saliese de aquel corpsculo liliputiense. Aunque es verdad que el
calor de sus convicciones teolgicas deba ser parte muy principal a
fortalecerlo. A Andrs, que se dispuso a escucharle por recurso, le
pareci muy bien el exordio del sermn, elegante, atildado. Los prrafos
que le siguieron desdecan muchsimo de l. Ms adelante volvi a soltar
otro perodo majestuoso y grandilocuente, que a nuestro joven le agrad
sobremanera; pero luego se despe en un frrago de vulgaridades y
chocarreras, de las que no menos qued asombrado, Vaya un hombre
original! dijo para s. Otro perodo de superior calidad; otro en
seguida necio y arrastrado. Finalmente, Andrs, por medio de cierta
sentencia original que le pareci haber ledo, se puso sobre la pista y
vino a comprender lo que aquel revoltijo de cosas buenas y malas
significaba. D. Jos estaba triturando un precioso sermn de Bordalue.
El pao era superior, pero el zurcido detestable.

No le pareca as al prroco, que segua paseando sosegadamente por el
centro de la iglesia, puestos sus ojos terribles en todos los rincones,
dispuesto a reprimir cualquier irreverencia. No pasaba una vez por
delante del plpito que no asintiese con la cabeza a lo que su coadjutor
estaba pregonando. Alguna vez llegaba hasta decir en voz alta: Muy
bien, don Jos, muy bien. Con esto el excusador se animaba hasta querer
echar las entraas por la boca a puros gritos. Pero cuando la aprobacin
del cura se convirti en entusiasmo y se manifest ms ostensiblemente
fue cuando D. Jos comenz a trazar la pintura de un animal monstruoso y
hediendo: el rostro peludo como el de un mico, el hocico apuntado como
la hiena, los ojos hundidos y atravesados, los labios colgantes, las
garras como los ogros... El cura no comprendi al pronto. En pie,
delante del plpito, segua con gran curiosidad las palabras del
excusador, haciendo intiles esfuerzos por adivinar a quin se refera.
Al cabo vino a averiguarlo, cuando el excusador puso a su monstruo un
gorro frigio sobre la cabeza.

--Ah, s, Garibaldi--exclam lleno de alegra!...--Muy bien, muy
bien... Duro en l, D. Jos, duro en l; duro en ese pillo!...

Y emprendi de nuevo su paseo murmurando injurias contra el enemigo del
Papa. D. Jos sigui tambin dndole duro, como le aconsejaban, por un
buen rato. Despus pas a otro asunto y por fin termin deseando la
gloria eterna a todos los presentes.

Cuando la gente sali de la iglesia era ya anochecido. Andrs se embosc
por las cercanas, y cuando atisb a Rafael abocole con las debidas
precauciones para no ser notado. El chico se mostr acortado y como
descontento de aquella conferencia. Haca ya tiempo que no oa a su
padre ms que maldecir del seorito madrileo. Adems, l haba sido la
causa de que le subastasen las vacas. As que cuando Andrs le propuso
llevar un recado a su hermana, dijo resueltamente que no se encargaba de
nada y trat de apartarse.

--Espera un poco, Rafael... Yo me voy maana para Madrid y no volver
ms por esta tierra... Pero antes de marcharme quisiera decir adis a tu
hermana... A t que te perjudica eso ni a tu padre tampoco?... Yo lo
hago, porque la pobre no crea que la desprecio... En cuanto me vaya
quedaris en paz. Tu to se desenfadar y os dar dinero otra vez para
comprar las vacas y se casar con tu hermana...

El chico guard silencio. Andrs comprendi que dudaba de su partida.

--Si piensas que no me marcho puedes preguntrselo al criado de mi to,
que baj hoy el caballo del monte...

Y como viese que vacilaba sac del bolsillo una moneda de plata y se la
puso en la mano.

--Qu quiere que le diga a Rosa?

--Que cuando oiga silbar esta noche en la calle, baje a la cocina y me
abra la puerta.

--Pero no ve que duerme ngela con ella?

--Ya lo s... puede salir del cuarto cuando todos estn durmiendo, sin
hacer ruido... ngela tiene el sueo pesado...

--Bien; yo se lo dir... y luego ella que haga lo que le parezca.

--Eso es: muchas gracias, Rafael.

El chico se alej sin contestar.

Andrs entr en la rectoral, dio la ltima mano a su equipaje, fue a la
cuadra a ver cmo haba bajado el caballo, y cuando lleg la hora se
puso a cenar con su to. Mientras dur la cena hablaron poco. Andrs
estaba preocupado e impaciente; su to mostrbase triste, y viendo que
el sobrino lo estaba tambin, callaba, agradecindole esta tristeza, que
crea originada por la marcha. Poco despus ambos se retiraron a sus
cuartos. El cura le dijo:

--Puedes dormir a pierna suelta, Andrs. Yo me encargo de llamarte a la
hora.

En vez de hacer lo que su to le encargaba, sali sigilosamente de casa
cuando presumi que todos estaban dormidos, y enderez los pasos hacia
el Molino.

La noche estaba fresca, como todas las de otoo en aquel pas; el cielo
despejado y cubierto de estrellas; la luna an no haba salido. Al poner
el pie fuera de casa, el sosiego del campo le refresc como un bao y
calm su febril impaciencia. Baj lentamente la calzada de la rectoral,
atraves el pueblo dormido y entr en la oscura caada. All, a pesar de
lo difano del ambiente, camin casi en tinieblas. El ruido montono del
arroyo que corra a su lado y la oscuridad le infundieron melancola. No
pudo menos de pensar que era la ltima vez que atravesaba aquel camino,
tantas veces trillado y con tal alegra durante algunos meses. Al ver
entre el follaje marchito de los rboles blanquear la casa de Rosa, se
sinti an peor impresionado. Acercose cautelosamente a ella, se
escondi detrs de un rbol, y metiendo los dedos en la boca lanz un
silbido agudo y prolongado. A silbar de este modo le haba enseado su
amigo Celesto en las correras nocturnas que hicieran all en la
primavera. Esper buen rato, fija la vista en la puerta y el odo
atento; pero nada vio ni oy. Lanz segundo silbido y torn a esperar.
El alma se le desmay viendo que la casa guardaba su paz de sepulcro.
Torn a silbar con ms fuerza. Entonces imagin que oa un leve y vago
rumor dentro del edificio. Todo fue ilusin; la puerta sigui cerrada.
Vaya, murmur con ira, abrochndose el gabn, ese granuja no ha dado el
recado; y luego, con tristeza: Adis, Rosita, ya no volver a verte.
Y muy a su pesar, despus de aguardar todava un rato, comenz a
alejarse lentamente de aquellos sitios, caviloso y con el corazn
apretado.

Al dar otra vez sobre el pueblo, fue cuando sali de su meditacin. En
vez de continuar hasta la rectoral, se sent sobre un madero que haba
delante de las primeras casas. Sac el reloj y vio que no eran ms de
las diez; y no encontrndose an con deseos de acostarse, determin de
gozar un rato de la hermosura y serenidad de la noche. El fresco era
demasiado vivo para estar quieto mucho tiempo. Se puso a dar vueltas por
los contornos del lugar.

No supo cmo fue; pero a las once menos cuarto estaba de nuevo delante
de la casa de Rosa, con los dedos en la boca y lanzando un silbido que
vibr agudo y penetrante en la estrecha caada. Esperemos. No se oye
nada. Nada. Qu fastidio! Me parece... S; un rumor casi
imperceptible. Algo mayor. Oh dicha, abren la puerta!

--Eres t, Rosa?

--Chiiiis, no hable alto, D. Andrs...

--Puedo entrar?--dijo de suerte que no lo oy ms que ella y el cuello
de la camisa.

--S; muy despacito... cuidado con hacer ruido!... Aguarde; djeme
cerrar la puerta... Va a tropezar con algo. Deme usted la mano; yo le
llevar hasta el escao.

Quedaron efectivamente en completas tinieblas. Rosa hablaba en falsete,
tan bajito que sus palabras salan de la boca como levsimo soplo. Cogi
de la mano a Andrs y le gui suavemente hasta el escao que haba
delante del hogar, donde tantas veces haban formado tertulia en las
tardes de lluvia. Se sent, y tirando de la mano al joven le oblig a
sentarse tambin.

--Pens que Rafael no te haba dado mi recado. Hace una hora estuve
silbando ah delante--dijo l en falsete y sin soltar la mano de su
amiga.

--Bien le o, bien le o; pero estaba ngela despierta y no poda
bajar... Por cierto que me hizo rer cuando me dijo: Oyes, Rosa? Ah
est Juan el de la ta Mara silbando. Querr que le abra... Pues ya
puede aguardar sentado...--S, si, dije yo para m, no est mal Juan de
la ta Mara el que silba. Me haca la dormida sin chistar, a ver si
ella se dorma tambin; pero nada; ese pecado pareca tener ortigas
debajo hoy. No cesaba de dar vueltas y vueltas...

--Pues por un poco me marcho sin despedirme.

--Cmo sin despedirse?--pregunt ella vivamente, dejando el falsete.

--Pero no te dijo nada Rafael?

--No me dijo ms que usted vendra esta noche a hablar conmigo, y que
silbara para que yo bajase... Nada ms.

--Pues yo le dije bien claro que me iba maana para Madrid y que...

Advirti un estremecimiento en la mano que tena cogida y se detuvo.
Rosa no dijo una palabra. l guard silencio tambin, y se arrepinti de
haberle dado la noticia as tan de repente. El temblor sbito de
aquella mano halag su amor propio y le enterneci. Despus de largo
rato de silencio dijo ella con voz apagada, como si le faltase el
aliento:

--Siento haberle conocido, D. Andrs.

Este, pensando que era una recriminacin, se apresur a contestar:

--Yo no pens que tu padre llevase las cosas a tal extremo... Me han
dicho que por poco te mata ayer...

--No haga caso: me peg algo ms que otras veces.--Y despus de una
pausa aadi con amargura:--Ojal me hubiese matado!

--Quisieras morir?--pregunt l conmovido.

--S--repuso ella firmemente.

--Pobre Rosa!--exclam acariciando la mano de la aldeana.--Te he
causado mucho dao... perdname...

--Por qu?... Usted no ha tenido ninguna culpa, D. Andrs: he sido yo.
Quin me mandaba hacer caso de usted? No saba demasiado que usted no
poda ser para m? Yo soy una pobre aldeana y usted un seorito... Bien
sabe que yo no le escuch al principio; pero usted sigui tan humildito
y tan bueno que necesitaba ser de piedra para no quererle... cuanto
ms--aadi bajando la voz--que usted siempre me gust mucho.

--No creas que me voy para siempre: el ao que viene, Dios mediante, he
de volver.

Una voz que son arriba los dej helados de espanto. Era la voz de
ngela que llamaba a Rosa:

--Rosa, Rosa, Rosaaa!

Iba gradualmente alzando el tono. Despus, como la casa era muy chica y
haba gran silencio, la oyeron decir por lo bajo:

--Madre ma, si no est en la cama!

Y despus gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

--Padre, padre! Levntese, padre; Rosa no esta aqu, Rosa no est aqu,
padre...

Oyeron en seguida el golpe de los talones del aldeano al echarse fuera
de la cama. Rosa, que apretaba convulsivamente la mano de Andrs
conteniendo el aliento, al sentirlo se estremeci fuertemente y exclam
con angustiada voz:

--Madre del alma, que va a ser de m!

Y ambos por un movimiento sbito se levantaron del escao y dieron
algunos pasos hacia la puerta. Al mismo tiempo escucharon arriba rumor
de pasos y una voz spera que dejaba escapar terribles interjecciones y
amenazas. Cuando los pasos tomaron la direccin de la escalera, Rosa
exclam acongojada:

--Que me mata mi padre, D. Andrs; que me mata mi padre!

Y con rpido movimiento se ech fuera de casa, arrastrando consigo al
joven.

No tuvieron tiempo ms que para salvar corriendo la distancia que les
separaba de un recodo que el camino haca. Toms apareci en seguida con
el candil en la mano vomitando injurias.

--Ah perra, perra! Te has escapado con tu seorito, eh? Ya volvers y
nos veremos las caras!

Y se entr otra vez en la cocina, sin hacer caso de ngela que le
instaba con muchas lgrimas y gemidos para que fuesen en busca de su
hermana.




XV


Corrieron buen espacio desalados, creyendo que los seguan. El que
primero se cans fue Andrs.

--Es intil correr--dijo poniendo una mano en el hombro de Rosa para
detenerla.--Nadie nos sigue.

Volvi la aldeana hacia atrs el rostro, donde an se pintaban el terror
y la zozobra, escuch con atencin un rato, y cerciorndose de que su
padre no la persegua, respir libremente y se fue serenando. Mas al
tropezar sus ojos con los de Andrs, turbose de nuevo y se llev
rpidamente las manos al pecho para subir el paoln que se haba
echado al bajar a la cocina. No traa ms que la camisa y una enagua. Al
verse en aquella figura delante del joven sinti gran vergenza. Ambos
quedaron confusos un instante, sin saber qu hacer ni decir. Ella fue la
que primero rompi el silencio con voz temblorosa.

--Yo me vuelvo a casa, D. Andrs... aunque mi padre me mate.

--Eso s que no!--contest l retenindola por el brazo.--Ahora no
puedes volver de ningn modo. Es necesario que antes se temple tu padre
un poco... Si esta noche pudieras dormir en otra casa, maana le
echaramos algunos amigos... y tal vez le calmaramos...

--Pero dnde voy a dormir?

--No tienes ningn pariente en el pueblo?

--A mi to Jaime nada ms.

--Bribn!--murmur el joven con rabia.

Volvieron a quedar meditabundos. Rosa levant la cabeza con alegra:
tena una idea.

--Mi ta Eugenia vive en Marn. Hace tiempo que no nos hablamos. Mi
padre ha reido con ella... pero qu importa?

--Y dnde est Marn?

--A una legua de aqu, camino de Lada.

--Vamos a all--repuso el joven resueltamente.

Y echaron a andar a buen paso por el angosto camino de la caada.

La noche estaba ms clara. El disco de la luna asomaba grande, rojo,
inflamado, por encima de las montaas. El ambiente era difano. Corra
una brisa fina y helada, encajonada entre las paredes de la garganta.

Los fugitivos marcharon un rato en silencio. Andrs, aturdido por la
situacin singularsima en que se haba puesto, no estaba, sin embargo,
disgustado. De vez en cuando miraba con el rabillo del ojo a su amiga,
admirando la bravura de aquella chica, que en lance tan apurado marchaba
serena, confindose en l, y segura de s misma.

No se oa ms ruido que el que ellos hacan al pisar las hojas secas
sembradas por el camino y el murmullo lnguido del riachuelo. A veces
un soplo ms fuerte de la brisa levantaba sordo rumor entre las ramas
medio desnudas de los rboles. El arroyo estaba cubierto de una bruma
blanca y espesa, por encima de la cual asomaban sus puntas los juncos y
arbustos que crecan en las orillas. A la luz de la luna este manto de
bruma resplandeca tan blanco como la nieve.

Andrs observ, en una de sus frecuentes ojeadas, que Rosa iba descalza,
y detuvo el paso.

--No haba reparado en que vas descalza, Rosa.

--Tampoco yo--repuso ella mirndose tranquilamente a los pies.--Cuando
chica andaba mucho as: no se me hace novedad.

--No, no puedes seguir de ese modo: te vas a hacer dao. Quieres
ponerte mis zapatos?

La joven solt una carcajada.

--Sabe que tendra gracia, D. Andrs, que usted fuese descalzo?

--No ser ms que hasta la rectoral. Cuando pasemos por all entrar y
sacare mis borcegues de caza... Vaya, pntelos, que me das gusto en
ello...

La aldeana se resisti mucho tiempo, en broma primero, en seri despus:
le pareca un absurdo. Andrs insista con afn, acometido de impulso
caballeroso y galante: mas no pudo vencer su obstinacin. Entonces se
detuvo y dijo resueltamente:

--No doy un paso ms si no aceptas.

Ella le mir sorprendida; pero viendo que, en efecto, no se mova, tom
el partido de aceptar. El joven cortesano se despoj rpidamente de sus
zapatos, la hizo sentarse sobre la paredilla del camino, arrodillose
delante y la calz delicadamente, gozoso de dar una prueba de estimacin
a aquella gentil criatura, que tantas le haba dado de constante afecto.
Ella la recibi sonriendo, ruborizada y enternecida. Como Andrs tena
el pie chico, los zapatos le ajustaron regularmente.

Se pusieron en marcha de nuevo. Rosa protestaba a cada paso de aquel
cambio tan extravagante; se dola, con frases que revelaban sincera
pena, de que Andrs fuese de aquel modo indecoroso, exponindose a
coger una enfermedad. Pero ste rea y marchaba dando brincos para
convencerla de la fortaleza de sus pies, vestidos solamente de un fino
calcetn. Al fin ella call. En vez de proferir palabras, miraba a su
amigo de vez en cuando con ternura y admiracin. Andrs, que senta
sobre s estas miradas, las evitaba. Llegaron al pueblo, y en vez de
cruzar por l, lo rodearon; no fuese que algn vecino anduviera todava
por la calle. Subieron despus el camino de la rectoral. Al llegar a
ella, el joven se entr con cautela, sac sus borcegues y dej otra vez
la puerta entornada, sin echar la llave. Algo ms lejos se sent sobre
una piedra y se calz.

--Ahora ya te puedo decir, Rosita, que me iba haciendo un dao terrible.

--Si es ms testarudo!--repuso ella con una mueca de enfado.

Emprendieron otra vez el camino con bro. Subieron otro poco ms,
traspusieron la colina que cerraba por aquella parte el vallecito de
Riofro, y bajaron la cuesta hasta que dieron sobre el ro. El camino,
que era el mismo por donde meses antes Andrs haba venido de Lada, fue
llano desde entonces. El joven cortesano pregunt a su compaera dnde
estaba Marn.

--All, despus de un trecho, dejaremos el camino y tomaremos la cuesta.
Marn est detrs de aquel monte que ve a mano izquierda--dijo apuntando
con el dedo.

El paisaje estaba baado de luz. Los rboles resaltaban como en pleno
da. Como aquel valle era ms abierto, la brisa de la noche no haba
dejado reposar la bruma sobre el ro: mantenala en las orillas formando
dos blancas murallas gaseosas, por medio de las cuales el agua se
deslizaba suavemente, despidiendo reflejos plateados. Por encima se
extendan los pardos castaares, arraigados en las faldas de las
colinas. All, a lo lejos, cerca de la luna, alzbanse las cimas
dentadas de las montaas, envueltas en finsimo cendal blanquecino. El
sosiego y la hermosura de tal espectculo despertaron en el alma de
Andrs emocin suave. El mgico atractivo de aquella noche potica le
produjo una sacudida de gozo: cruz por su ser un soplo blando y
voluptuoso, que le embarg algunos instantes, y en su corazn palpitaron
ansias inefables, indefinibles. Volvi los ojos a Rosa y la hall
hermosa y serena como el paisaje que tena delante. Y acometido de
sbita ternura hacia ella, la tom una mano y la estrech delicadamente.
La joven volvi tambin el rostro. Sus ojos se encontraron y sonrieron.
Despus, cogidos por los dedos, caminaron en silencio.

Poco a poco iban acortando el paso. Al cruzar por delante de un casero,
les sali al encuentro un perro ladrando. Bast que Andrs se bajara a
coger una piedra para que el can se alejase. Este suceso les sirvi de
tema para charlar algunos momentos. Andrs habl de un perro de caza muy
hermoso que le haban robado en Madrid. A Rosa le gustaban mucho los
perros, pero no los quera en casa porque su padre, cuando eran viejos y
no servan, los colgaba de una cuerda y los mataba a palos.

--Y por qu los mata de ese modo?--preguntaba Andrs.

--Para aprovechar el pellejo: todos hacen lo mismo--respondi
ella.--Qu corazn tienen los hombres!

Algo ms lejos oyeron pisadas de caballos, y se detuvieron. Venan hacia
ellos. Apartronse un poco del camino y se escondieron entre los
arbustos de las mrgenes del ro. No tard en aparecer una recua de
mulos: el arriero montado sobre uno de ellos.

--Es el to Pedro, el mantequero--dijo Rosa al odo de Andrs.--Fortuna
que no nos haya visto!

Cuando la recua se alej, salieron de su escondite y siguieron la
marcha. Andrs quiso informarse de la familia que Rosa tena en Marn.
sta le cont mil pormenores referentes a ella. La ta Eugenia era
hermana de su difunta madre: estaba casada, pero el marido andaba por
Sevilla ganndose la vida: tena una hija de la edad de ngela, llamada
Mxima, y un hijo ya mozo tambin, que era quien llevaba el peso de la
labranza: estaban bien de intereses; pero eran muy avaros todos,
particularmente su ta: decan que el marido se haba marchado por no
sufrir su miseria: por cosa de pocos reales en una cuenta de maz, haba
reido para siempre con su padre. Ni a nosotros siquiera nos saluda
cuando nos ve en el mercado... As que tengo miedo que no me admita en
su casa--termin diciendo tristemente. Andrs la tranquiliz acerca de
este punto. Si eran tan avaros, con dinero se arreglara.

Llegaron al paraje en que era forzoso dejar el camino llano y tomar el
de la montaa. Dejronlo, en efecto, y comenzaron a subir por un sendero
trazado en zig-zag entre los castaos. Dentro del castaar la sombra era
espesa. Como llegaban del camino alumbrado por la luna, apenas vean. La
oscuridad les infundi respeto, y guardaron silencio.

Rosa comenz a marchar ms de prisa, dejando atrs a su amigo. ste a su
vez, impresionado dulcemente por el misterio profundo del bosque y la
agitacin silenciosa de los pjaros e insectos que pululaban por el
suelo y el follaje, afloj el paso.

Al levantar la cabeza se encontr solo.

--Rosa, Rosa, aguarda.

--Vamos, D. Andrs, camine un poco ms.

La voz de la aldeana hizo correr de repente por su cuerpo un
estremecimiento amoroso. Cuando se junt a ella y le dio otra vez la
mano, Rosa la sinti tan ardiente y temblorosa que separ bruscamente la
suya. No intent de nuevo tomarla, y procur refrenar el tierno y vago
deseo que comenzaba a embargarle. Desde este momento hubo menos
confianza entre ellos.

Salieron al cabo de los castaares, y se dispusieron a doblar la colina
que les separaba de Marn. Hacia la cumbre estaba desembarazada de
rboles. El terreno era ms rido. La luna les alumbr nuevamente.

Rosa torn a ser comunicativa y se aproxim a su protector risuea y
confiada. Pero un rumor que crey advertir detrs la hizo ponerse seria
de pronto y detener el paso.

--No oy usted, D. Andrs? Parece que viene gente...

--No o nada.

Ambos quedaron atentos, silenciosos, sin pestaear siquiera. Despus de
un rato, los dos percibieron, en efecto, confuso rumor de voces all
abajo, entre los castaares.

--Vienen a buscarnos--dijo la joven empalideciendo.

--Lo peor es--repuso Andrs, echando una mirada ansiosa a todas
partes--que aqu no hay donde esconderse. Est tan desnudo esto!

--A la mano de all, en cuanto se baja un poco, hay un establo...

--Pues vamos a la carrera, a ver si logramos doblar el monte antes de
que nos vean.

Corrieron briosamente hasta quedar embazados. Al fin consiguieron
trasponer la colina, y detenindose un punto a tomar aliento, bajaron
otra vez de corrida hacia el establo, que no distaba mucho de la cumbre.

La puerta estaba cerrada con llave. Los fugitivos se miraron
acongojados, sin saber qu hacer. En mucho trecho a la redonda no haba
nada donde guarecerse. Oase ya formidable rumor de voces hacia la
cumbre que acababan de doblar. Rosa seal con mano trmula al pajar.
Andrs escal la pared prontamente, apoyndose en las estacas que para
subir haba clavadas: tir de la portilla enrejada de madera que lo
cerraba, y la abri sin dificultad. Desde adentro extendi las manos a
Rosa, que ya suba, y haciendo un gran esfuerzo consigui suspenderla y
colocarla junto a s.

El pajar estaba mediado de yerba. Subieron por ella ayudndose con pies
y manos hasta ponerse en lo ms alto, y se dejaron caer exnimes de
fatiga sobre el rstico divn, que cruji y se hundi suavemente bajo su
peso. Andrs apart las yerbas que le cubran la cara y mir por la
ventana. Rosa hizo lo mismo. Esperaron.

Al travs de las toscas rejas vease la vasta pradera, en declive, que
haban recorrido, iluminada por la luz nocturna. Abajo estaba limitada
por algunos rboles, cuyas copas oscuras contrastaban con el csped
baado de resplandor. All, a lo lejos, blanqueaba la cima de una
montaa en el vapor luminoso. Desde lo alto del cielo, la luna inmvil
dejaba caer sosegadamente sobre el paisaje la onda tibia de su luz.

Furonse acercando las voces. El corazn de los jvenes palpitaba
fuertemente. Grande fue su pasmo y alegra cuando vieron cruzar por
delante de la ventana un tropel de hombres riendo y gritando. Rosa los
reconoci en seguida: era una partida de mozos de Riofro: entre ellos
iba Celesto, gesticulando alegremente, con el descomunal sombrero de
fieltro en el cogote.

Los amantes dejaron escapar un suspiro de placer y se miraron risueos.

--Ya no me acordaba--dijo Rosa--de que maana es la fiesta de Santa
Teresa en Marn. Estos mozos van a la hoguera. No vio qu alborotado
iba Celesto, don Andrs?

Y al recordar la grotesca figura del seminarista ri con toda su alma.
Andrs, por contagio, tambin se dej arrastrar hacia la risa. Cuando
los mpetus se iban calmando, Rosa tornaba a despertarlos contrahaciendo
los ademanes ridculos del aprendiz de cura; y para mejor fingirlos
quit el sombrero a su amigo y se lo encasquet en la parte posterior de
la cabeza. As estuvieron algunos momentos, entregados a una alegra
infantil, completamente olvidados de la singular y comprometida
situacin en que se hallaban. Sosegadas al cabo aquellas avenidas,
quedaron silenciosos y embarazados, no sabiendo qu decirse. Andrs fue
el primero que habl.

--Si hay hoguera en Marn, no puedes bajar en esa traza, Rosa...

Ella no contest. Ambos meditaron. El joven torn a decir:

--Sabes lo mejor que podamos hacer?... Pasar aqu la noche... Maana
temprano, yo bajara al pueblo y avisara a tu ta para que te subiesen
ropa...

Tampoco respondi la aldeana. Sentada sobre la yerba, con la cabeza
baja, los ojos extticos y mordiendo una brizna de paja, pareca
abstrada en grave meditacin.

Andrs se aventur al fin a preguntar tmidamente:

--Qu dices, Rosa?

La zagala alz los hombros, y con los labios hizo una mueca expresiva
que significaba indiferencia y dolor al mismo tiempo. Andrs la
comprendi, y apoderndose de una de sus manos, dijo cariosamente.

--No te pongas triste... Vers cmo maana lo arreglo yo todo.

La joven sigui muda. Al cabo de un instante, Andrs observ que por sus
mejillas resbalaban algunas lgrimas.

--No llores, Rosa, no llores!--profiri con acento conmovido; y rozando
con los labios su odo, le pregunt:--Es verdad que me quieres?

--Pues si no le quisiera--repuso ella, apartndole dulcemente--estara
aqu a estas horas?

Al escuchar su voz, volvi a sentir el joven cortesano el mismo
estremecimiento amoroso que le haba acometido algunos minutos antes en
el castaar. Una emocin deliciosa, una esperanza tentadora de placer
sacudi su cuerpo de los pies a la cabeza, arrollando y confundiendo
como ola poderosa todos los restantes sentimientos. No qued ms que un
deseo. Y sin acertar a reprimirse, estrech a la joven entre sus brazos
brutalmente, aplic los labios ardorosos a su mejilla y con voz trmula
le dijo:

--Dame una prueba de que me quieres... dame una prueba.

Rosa hizo esfuerzos desesperados para desasirse. Al cabo lo consigui
arrojndole, con un empelln, de espaldas sobre la yerba, inerte, sin
aliento. Despus le mir fijamente, con expresin tan triste y dolorida
que el joven se sinti conmovido. Alzose en cuanto pudo, y de nuevo se
sent a su lado con semblante risueo, aunque un poco avergonzado.

Dej los medios de fuerza, que con una aldeana son intiles; pero
inquieto, febril, espoleado por un deseo omnipotente, comenz a ensayar
con ella todos los recursos de su experiencia amorosa, los mil
artificios delicados que haba aprendido en el comercio de las damas
cortesanas. La tribut, uno tras otro, los homenajes y acatamientos que
saben rendir los amantes finos, las caricias apasionadas, el testimonio
de un amor respetuoso en la apariencia, en realidad libre y
desvergonzado.

La pobre Rosa, que haba rechazado con denuedo las acometidas bruscas y
groseras, no tuvo fuerzas para resistir este gnero de ataque tan
diferente, tan nuevo para ella. Su naturaleza rstica y perezosa fue
despertando, y al cabo se rindi. Se rindi, aturdida por aquella huida
de la casa paterna, conmovida por las splicas y los halagos tiernos del
joven cortesano, embriagada por el aroma fresco del heno y el vaho
espeso y caliente que suba del establo por los agujeros abiertos sobre
el pesebre. Los copos de yerba crujientes y delicados, que rodeaban el
nido abierto por sus cuerpos, fueron los cortinajes de su lecho nupcial.
La luna, inmvil en el espacio, que se vea por la ventana, su lmpara
veladora.




XVI


El sol haba sucedido a la luna en el firmamento cuando los fugitivos
despertaron. La luz entraba a torrentes por la ventana del pajar.

Andrs se incorpor el primero sobre su mullido lecho. Rosa, al abrir
los ojos, se encontr con los del joven fijos en ella, y por un
movimiento instintivo de vergenza se tap la cara con las manos. l se
las apart suavemente, y le dio un tierno y prolongado beso de gratitud
en los labios.

Ella se incorpor a su vez, y con semblante asustado dijo:

--Vmonos, vmonos... puede venir de un momento a otro Jos...

--Qu Jos?

--El hijo del to Indalecio... el amo del establo.

--Y a qu ha de venir ahora?

--A ordear las vacas y echarlas fuera.

Andrs qued un instante pensativo.

--Sabes, Rosa--dijo al fin sonriendo--que tengo hambre?... Con lo que
me has dicho, me viene deseo de tomar leche... Quieres que le ganemos
por la mano a Jos?

La aldeana manifest escrpulos antes de cometer el hurto; pero Andrs
prometi dejar algn dinero en pago, y qued resuelto. Descolgronse
hasta el pesebre por uno de los agujeros que haba sobre l. Las vacas,
al ver aquellos intrusos bajar apoyando los pies cerca de sus cuernos,
sacudieron con susto las cadenas que las sujetaban. El establo se
hallaba bastante oscuro; slo por las grietas de la puerta y por un
ventanillo que la pared tena penetraban algunos delgados hilos de luz,
en los cuales bailaba el polvo.

Andrs no saba ordear; Rosa s, y desde luego se dispuso a hacerlo.
Mas se ofreci una dificultad: no tenan vasija. Buscaron y rebuscaron
por todos los rincones del establo, y al fin dieron, all sobre la viga,
con una muy tosca de madera. Rosa solt una de las cras, que fue
derechamente a meterse entre las patas de la madre, y comenz a mamar
con ansia, dndole frecuentes cabezadas para que la leche bajase. Los
jvenes contemplronla risueos. Al cabo de un rato, Rosa la arranc a
viva fuerza de all, y volvi a sujetarla al pesebre: despus se puso a
ordear, dndose muy buena traza. Cuando hubo mediado el jarro de
madera, se lo ofreci a Andrs, pero ste negose a aceptarlo
galantemente si antes ella no beba. La leche caliente y espumosa dej
en los labios de Rosa un cerco blanco a modo de bigote. Andrs se lo
quit, riendo, con un beso. En seguida bebi lo que restaba. Aquel
desayuno campestre les infundi alegra: sin saber por qu, rean al
mirarse. El joven cortesano sac una moneda de plata y la ech en la
vasija. A la aldeana le pareci un despilfarro escandaloso: la leche
que haban tomado vala muy poco; quiso metrsela de nuevo en el
bolsillo; pero Andrs persisti en dejarla, y la dej. Despus subieron
nuevamente al pajar, y convinieron en que Rosa permaneciese inmvil y
bien oculta entre la yerba por si Jos vena, mientras el joven bajaba
al pueblo y avisaba a la prima Mxima para que le subiese ropa.

Salt desde la ventana al suelo sin apoyarse en nada, y se dispuso a
descender a la aldea, que estaba a poco trecho de all, asentada en la
falda de la colina. La maana era esplndida y fresca. El sol, que
reluca vivo y hermoso en el azul del cielo, no bastaba a templar la
brisa fina que llegaba de las montaas, donde algn da que otro
comenzaba ya a cuajar la nieve. El valle de Marn era ms estrecho que
el de Riofro, pero no menos risueo y ameno. Ofreca, por la estacin
en que nos hallamos, un tono amarillo que los rayos del sol tornaban
brillante y dorado. Los castaares y los bosques de hayas, con su
follaje gualdo y verde, semejaban grandes telas de brocado extendidas
sobre los collados y las montaas. Los blancos caseros colgados aqu y
all, unos enfrente de otros, se enviaban un saludo matinal. En torno de
la aldea haba un crculo de rboles que apenas le daban sombra ya. All
en el fondo brillaba como un cristal el ro, entre el follaje marchito
de las plantas acuticas.

Andrs se sinti alegre y satisfecho, a pesar de los cuidados que le
impona la situacin original en que se haba colocado. Con la salud le
haba venido la fuerza para afrontar los reveses de la vida. El sosiego
del campo, obrando como un calmante sobre su excitado organismo, haba
logrado darle confianza en s mismo y aplomo. En aquel instante gozaba
como nunca de la plenitud de la vida: su corazn lata firme y
acompasado: la alegra que rebosaba del cielo y de la tierra penetraba
en su ser como un blsamo fortificante. Baj a paso vivo por la hmeda
pradera, despus salt a un camino que iba en direccin a la aldea. La
tierra, cubierta de escarcha dura y seca, sonaba bajo sus pies. Lleg a
la vista del pueblo y lo atraves por el medio. Era ms chico que
Riofro, y no llano como ste, sino pendiente: las casas pequeas y
desiguales, con toscos corredores de madera, de los cuales pendan
largas ristras de mazorcas de maz que amarilleaban al sol como
preciosos tapices de tis de oro. En aquel instante todo era animacin y
bullicio por las calles. No slo los vecinos, sino mucha gente llegada
la vspera, discurra por ellas alegremente, hablando en alta voz,
riendo y llamndose a gritos. Debajo de los hrreos, descansando sobre
tableros improvisados, haba grandes zaques de vino bien repletos que no
tardaran en deshincharse. Atados a las rejas de las ventanas estaban
muchos rocines enjaezados de los romeros que acababan de llegar. Los
chicos, aspados dentro de los trajes nuevos que estrenaban, formaban
numeroso grupo que giraba anhelante y respetuoso en torno del cohetero.
Por encima de las doradas mazorcas asomaban la cabeza, adornada ya con
pauelos de colores chillones, las jvenes aldeanas. Algunos galanes, de
calzn corto de pana y chaqueta verde o amarilla, platicaban con ellas
desde abajo, con la montera terciada sobre una oreja para ms presumir.
Algn que otro borracho matutino excitaba la risa de la gente que andaba
cerca con sus groseras ocurrencias.

Andrs pas por el pueblo despertando curiosidad, no sorpresa, porque
solan acudir a la fiesta, muy celebrada en los contornos, algunos
seoritos de Lada. Rosa le haba dicho que la casa de la ta Eugenia
estaba hacia la salida. Cuando se vio cerca pregunt por Mxima a una
joven que se peinaba a la puerta de casa, delante de un espejillo roto.

--All la tiene usted... No ve aquella moza del pauelo blanco que
limpia la ropa a un chico?... Esa es.

El joven se dirigi a ella, y un poco avergonzado le cont cmo su prima
Rosa haba huido de casa, a consecuencia de una paliza que el padre la
haba dado, y que se hallaba escondida en el establo del to Indalecio
esperando que la subiesen alguna ropa, pues estaba medio desnuda. La
prima mostrose complaciente y dispuesta a llevarle lo que le hiciese
falta en seguida. Andrs le suplic que guardase el secreto y lo
prometi. Quedaron convenidos en que mientras ella suba al establo en
busca de Rosa, l se quedara en el pueblo para disimular. Y, en efecto,
comenz a pasear por la calle, al intento de que le viesen. Al cabo
tropez con dos paisanos de Riofro, y entr debajo de un hrreo con
ellos a beber una copa. Cuando le pareci que Rosa y Mxima tenan ya
tiempo para estar de vuelta, despidiose y se dirigi a casa de la ta
Eugenia. Recibiole sta, que ya estaba en el secreto, con la
satisfaccin hipcrita y el servilismo que despliega la gente del campo
ante los seores. Rosa se estaba arreglando en el cuarto de su prima. La
vieja se doli de los malos tratos que el padre la daba, y refiri al
joven la historia de todos los disgustos que con su cuado haba tenido,
achacndolos al carcter dscolo y egosta de ste: habl con
enternecimiento de su difunta hermana, que haba sido muy desgraciada:
no se dio por entendida de la escapatoria ni de la clase de inters que
su sobrina poda inspirar al joven cortesano. Al fin, presentose Rosa.
Llegaba vestida de nuevo con saya negra de estamea que dejaba ver
medias blancas y finas, delantal bordado de flores, dengue de pana,
corales a la garganta, y ceida la cabeza con un pauelo colorado de
seda cuyos flecos le caan graciosamente sobre las sienes. Mxima haba
sacado, por vanidad, el fondo del bal para vestirla. Presentose
sonriente y roja como una amapola. Nunca le pareci tan linda a Andrs.
El pauelo bermejo, por debajo del cual asomaban los rizos de un cabello
negro y brillante como el bano, haca resaltar su rostro trigueo,
iluminado ahora por una sonrisa y encendido por el rubor. Clav sus ojos
en ella con expresin de gozo y de sincero afecto, como si hallase a una
prenda del corazn a quien no hubiese visto en mucho tiempo, como si
Rosa fuera ya un ser que le perteneciese. Esta mirada lleg hasta el
fondo del alma de la aldeana. No supieron qu decirse. Por fin, Andrs
pronunci algunas palabras incoherentes sobre lo bien que le sentaba el
traje de su prima. La ta Eugenia y Mxima los contemplaban sonriendo
maliciosamente.

A las once se celebraba la misa solemne de la parroquia, y como ya
haban repicado la segunda vez, todos en la casa se dispusieron a salir
para orla. La ta Eugenia, Andrs, Rosa, Mxima y un sobrinito que
tenan consigo se echaron fuera de casa, dejndola cerrada. La gente que
circulaba por la calle comenz a moverse tambin en direccin a la
iglesia. Andrs marchaba delante, con Rosa y Mxima. La ta Eugenia los
escoltaba dando la mano al pequeo. Por el camino, que era quebrado y
ameno y muy sombreado de rboles, como casi todos los de la montaa,
Rosa y Andrs no cesaron de hablarse con los ojos tiernamente, mientras
los labios articulaban palabras insignificantes acerca de la fiesta, del
tiempo o de la hoguera de la noche anterior. Cuando Mxima sorprenda
entre ellos alguna mirada cariosa, bajaba la vista, sonriendo con
malicia: mostrbase complaciente con exceso; les tiraba de la lengua
para que se dijesen amores en su presencia; daba leves empujones a Rosa
para que se aproximase ms al joven; les haca preguntas un tantico
impertinentes que los ruborizaba; adoptaba, en fin, una actitud
protectora, que Andrs encontraba muy chistosa. En aquel momento, el
joven cortesano lo encontraba todo bello. Sus labios iban constantemente
plegados con una sonrisa feliz.

La iglesia era ms gallarda que la de Riofro, muy bien enjalbegadita.
Estaba asentada sobre un descanso que haca la falda de la montaa:
detrs tena por escolta un vasto y hermoso castaar en declive. Como
era tanta la gente que acuda a or la misa solemne, sta se celebraba
al aire libre en un altar erigido en la trasera de la iglesia. Los
fieles la oan esparcidos debajo de los castaos. Debajo de los castaos
haba tambin una tribuna para los cantores formada con cuatro bancos.
El altar estaba protegido por un dosel o toldo formado con colchas: a la
izquierda haban colocado un plpito para el predicador.

Andrs, Rosa, la ta Eugenia y Mxima se sentaron a la sombra de un
castao, aguardando la misa. Los contornos de la iglesia ofrecan grata
perspectiva. Los romeros hormigueaban por todas partes con mucha
algazara. Algunos clrigos, con sobrepelliz, se movan aceleradamente
entre el concurso, arreglando los preparativos. El gaitero y tamborilero
ocupaban su sitio de honor en la tribuna, y el cohetero, rodeado siempre
de un enjambre de chicos, se mantena en lugar apartado con un haz de
cohetes en la una mano y una mecha encendida en la otra, grave, inmvil,
silencioso, bien persuadido de su alto y principalsimo destino.

Sali por fin el clrigo oficiante, seguido del dicono y subdicano. La
casulla y las capas pluviales brillaron al sol despidiendo vivos
reflejos. La muchedumbre se acomod para asistir al oficio divino con
grave y prolongado rumor, que fue poco a poco apagndose. Soltaron la
voz los clrigos y aficionados de la tribuna. Detrs de los clrigos que
celebraban, a guisa de ayudante, vestido tambin con sobrepelliz,
manejando un enorme incensario, vio Andrs a Celesto. Su nariz reluca a
la luz del sol como una guindilla.

La misa era larga y pesada. Andrs no lo advirti. Mientras el sacerdote
oficiaba y la muchedumbre atenda prosternada, sus ojos apenas se
apartaban de los de Rosa, que muy a menudo los volva tambin hacia l,
hmedos y extticos. El sitio que ocupaban era muy agradable.
Descubrase desde all todo el hermoso valle de Marn. Corra un
fresquecillo ligero y sano que agitaba los rboles. Las hojas marchitas
se desprendan, giraban un momento y caan despus como lluvia sobre el
csped. Cuando el sacerdote elev la Hostia, la gaita y el tambor
tocaron con bro la marcha real, el hombre de los cohetes dispar
profusin de ellos en un instante; la muchedumbre se inclin an ms,
hasta tocar casi con la frente en el suelo. Andrs sinti un
enternecimiento singular, y antes de levantarse, busc a tientas la mano
de Rosa y la apret suavemente.

Cerca de terminarse la misa, Celesto comenz a hender trabajosamente la
muchedumbre arrodillada, dando a besar un escapulario. Cuando tropez
con Andrs y le vio al lado de Rosa, no pudo reprimir un movimiento de
sorpresa; pero al instante se recobr y les tendi el escapulario, que
ellos besaron devotamente.

Cuando todo hubo concluido, Andrs, que conoca la avaricia de los
paisanos en general y de los parientes de Rosa en particular, en vez de
aceptar los ofrecimientos de la ta Eugenia, la invit a comer en alguna
taberna, juntamente con Mxima, Celesto y D. Jos el excusador, que
haba cantado en la misa. Por indicacin del seminarista, muy versado en
estos asuntos, bajaron al lagar de don Pedro, situado en el fondo del
valle, a unos trescientos pasos del pueblo. Era un edificio rstico, que
por un lado miraba a la pomarada y por otro a un vasto campo de regado,
en el cual, por ser el nico sitio llano y despejado que haba cerca,
celebrbase la romera, con permiso de su propietario. Como haba ya
alguna gente dentro del lagar, Andrs pregunt a la tabernera si les
podan servir la comida en la pomarada. Respondi que s, y acto
continuo se colaron de rondn en ella. Mientras la recorran de un cabo
a otro para hacer tiempo, Celesto, llamando aparte a Andrs, quiso
sonsacarle y enterarse del motivo de estar all Rosa. El joven replic
que, no pudiendo marcharse aquel da por estar descalzo el caballo de su
to, haba venido a la fiesta de Marn, donde se haba tropezado
casualmente con Rosa. Mirole el seminarista como dicindole: a m con
esas! pero se call respetuosamente.

Sentronse para comer debajo de un manzano, cuyas ramas, pendientes
hasta tocar con las puntas en el suelo, formaban una glorieta natural.
Andrs se tendi al lado de Rosa como amante rendido, aprovechando todas
las coyunturas para decirle al odo palabras azucaradas. La joven
escuchbalas aturdida, embelesada, los ojos hmedos, las mejillas
encendidas: gustaba con delicia aquella miel, percibiendo, no obstante,
un dejo amargo en el fondo, por el vago presentimiento de las desgracias
que la amenazaban.

La tabernera les sirvi una fuente enorme de jamn con tomate. Todos la
atacaron ardorosamente. Andrs, despus de hacer plato a Rosa, se
sirvi tambin con mano larga.

--Se acuerda usted, amigo Celesto--dijo metiendo un buen pedazo en la
boca,--de cuando usted me compadeca por no poder comerme un plato de
jamn con tomate?

--Hombre, es verdad--repuso el seminarista levantando los ojos con
admiracin.--Parece mentira lo que usted ha cambiado, D. Andrs!

Todos le felicitaron. Comieron alegremente; corri bastante el jarro del
vino; Andrs beba sidra embotellada: cambironse muchas pullas entre
Celesto, Mxima, Andrs y el excusador. El follaje amarillento del pomar
quebraba los rayos del sol. La brisa de la montaa los templaba.
Respirbase un ambiente embalsamado por el aroma de la yerba y de las
manzanas apiladas. La alegra se apoder de todos. Rosa, que haba
sonredo melanclicamente hasta entonces, recobr su carcter
bullicioso. Cuando terminaron, ella, Mxima y Andrs se pusieron a
retozar entre los rboles, persiguindose con gritos. Sentbanse a
descansar breves instantes formando grupo debajo de algn rbol y en
seguida tornaban al juego con ms ardor.

Haban entrado en la finca algunos paisanos de los que beban en el
lagar, para seguir hacindolo en compaa del excusador y Celesto. La
ta Eugenia charlaba con la tabernera algo ms lejos. Al cabo de un rato
haba estallado ya fuerte disputa metafsica entre don Jos y el
seminarista, que los aldeanos escuchaban boquiabiertos. Versaba sobre la
diferencia que existe entre la _sustancia_ y el _atributo_, las cosas
que existen _per s_ y las que slo existen con relacin a otras. Los
campeones sostenan encendidos, encolerizados, sus opiniones, tomando
como ejemplo para la defensa los objetos tangibles que tenan delante,
el jarro, los vasos, los tenedores. Tanto se fue enredando la disputa y
tan altas fueron las voces, que Andrs y sus amigos se acercaron. Y
pasando de lo abstracto a lo concreto, llegaron a proferirse de la una y
la otra parte palabras insultantes y feas. Por ltimo, son una
bofetada. Hubo datos al instante para creer que quien la haba recibido
era la mejilla izquierda de Celesto; el cual, lejos de presentar la
derecha, como aconseja el Evangelio, se fue sobre el diminuto
eclesistico, iracundo y encrespado, y seguramente le hubiera causado
algn grave desperfecto con sus manos sacrlegas a no haberle tenido
Andrs y los paisanos. Con todo, mientras haca intiles esfuerzos por
desasirse, anunciaba verbalmente su intencin irrevocable de cortar las
orejas al excusador. ste, muy plido, pareca manifestar por lo bajo,
con frases cortadas, que no consideraba suficiente la correccin
infligida, antes bien juzgaba de absoluta necesidad un razonable
suplemento de puadas que completase la obra comenzada.

Sin embargo, los anuncios pavorosos de Celesto no tuvieron inmediato
cumplimiento, gracias a la intervencin de los bebedores. Al cabo de un
rato, el seminarista y el excusador eran los mejores amigos del mundo, y
se abrazaban y besaban tiernamente vertiendo lgrimas. Andrs se alej
del grupo riendo, y se puso de nuevo a jugar con Rosa y Mxima.

El sol haba traspuesto ya bastante el medioda. Mxima propuso que
saliesen a dar una vuelta por la romera. Andrs y Rosa accedieron
gustosos. El campo estaba animado sobre todo encomio: aqu danza, all
fandango, en otro lado merienda. La muchedumbre bulla por todas partes
con ruidosa algazara. Nuestros jvenes cruzaron por el medio lentamente,
parndose a contemplar las danzas o las mesas de confites, donde Andrs
convidaba a sus compaeras. La gente los miraba con curiosidad. Andrs,
que se haba despojado del gabn, vesta chaqueta corta y ceida,
pantaln estrecho y sombrero hongo. De suerte que, con un udoso garrote
en la mano, ms pareca jndalo recin llegado de Jerez que el poeta
delicado de los salones cortesanos, y formaba con Rosa muy linda y
concertada pareja. Aqulla marchaba a su lado con inocente orgullo,
risuea y feliz, como una novia que viene de la iglesia mostrando a su
esposo. l tambin iba justamente pagado de ella: no vea en todo el
campo moza ms agraciada ni de ms alegre gusto.

Pero, sin saber quin la trajera, ya haba corrido la voz por la romera
de que Rosa se haba escapado de casa con el seorito que la acompaaba.
Y esto fue causa de que tanto los mirasen y tanta sonrisa maliciosa
advirtiesen en los rostros entornados hacia ellos, que, enojados y
molestos al cabo, determinaron volverse a la pomarada. Mxima arrastr
consigo a algunas de sus amigas y a varios mozos con ellas. Llamaron
despus a un ciego que tocaba el violn, y debajo de los pomares, sin
ser vistos de la gente, armaron un animado baile cerca del grupo de
bebedores, donde Celesto y el excusador an seguan dndose mutuas
satisfacciones. Nuestro joven, tocado de la comn alegra, alborot y
enred ms que ninguno; bail con Rosa el fandango, lo cual hizo rer no
poco, pues echaba las piernas al aire de modo harto original. Rosa
experiment tambin la embriaguez del bullicio y mostrose en su
verdadero ser, risuea, graciosa, picaresca. De vez en cuando, no
obstante, cruzaba por su rostro una sombra: ponase de repente seria y
plida, y clavaba los ojos con obstinacin en cualquier objeto. Andrs,
en cuanto lo adverta, procuraba distraerla.

En uno de los ratos en que juntos se sentaron sobre el csped a
descansar, vieron llegar muy de prisa y demudada a la tabernera, que
cuchiche un instante con Celesto. ste se vino acto continuo hacia
Andrs y, llamndole aparte, le dijo:

--D. Andrs, es necesario que usted se escape en seguidita... Estn ah
los guardias...

--A prenderme?

--Me parece que s, seor.

--Pues yo no me escapo--replic el joven con resolucin.--No he cometido
ningn delito.

--D. Andrs, por los clavos de Cristo, se esconda... Mire usted que no
sabe a lo que se expone. Estos paisanos son muy ladinos y le van a armar
una trampa.

--Nada, nada; no me escapo.

A todo esto, Rosa se haba acercado, sospechando de lo que se trataba, y
con voz anhelante y temblorosa comenz a decirle:

--Escndase, D. Andrs, escndase... Por la Virgen Santsima se
esconda!...

Detrs vinieron algunos paisanos y, enterados del caso, le rogaron lo
mismo. Uno de ellos lleg a decirle:

--Vngase conmigo, D. Andrs; saltaremos a ese prado, y yo le llevar a
un sitio donde esos perros pachones no den con usted... Por la noche se
puede ir adonde guste.

Pero todas las instancias fueron intiles. El joven se obstin en no
moverse del sitio. Al cabo, los tricornios charolados de los guardias
brillaron all en la puerta del lagar y avanzaron por entre los rboles.
Andrs no pudo impedir que su corazn latiese ms de prisa. Detrs de
los guardias vena Toms, que se fue quedando rezagado. El joven se
adelant y pregunt a un guardia:

--Vienen ustedes a prenderme, verdad?

--Es usted el Sr. D. Andrs Heredia?

--Servidor.

--Pues s, seor; traemos orden de detenerle y de entregar a su padre la
joven que se ha escapado con usted.

--Bien; estoy a su disposicin.

Y dirigindose a Rosa, que sollozaba perdidamente en brazos de Mxima,
le dijo en tono afectuoso:

--No tengas cuidado, Rosita; nos volveremos a ver pronto.

Los guardias hablaron un instante con Toms para indicarle, sin duda,
que poda disponer de su hija. Despus se dirigieron a Andrs muy finos.

--Cuando usted guste, caballero.

--Vamos all... Adis, D Jos... Celesto, hgame el favor de avisar a mi
to... Hasta la vista, seores.

Los circunstantes le vieron marchar con asombro y tristeza. Antes de
entrar en el lagar tropez con Toms. El paisano baj la vista ante la
mirada fija y provocativa del joven.

En la romera la gente estaba ya enterada del suceso; as que todos
suspendieron los bailes y danzas para verle pasar. Andrs marchaba
charlando con los guardias, afectando indiferencia. Cuando hubo pasado
por delante de una danza, a una aldeana se le ocurri entonar cierta
copla de un antiguo canto de aquella comarca:

      Si me llevan prisionero,
    No me llevan por ladrn:
    Me llevan porque he robado
    A una nia el corazn.

Andrs no pudo menos de sonrer, y volviendo el rostro hacia aquel sitio
hizo un saludo con la mano. Los civiles tambin sonrieron.

Despus que salieron de la romera, caminaron la vuelta de Lada por
distintos parajes de los que el joven conoca, salvando un collado y
marchando despus a campo traviesa buen trecho. Lada, sin embargo,
estaba por all ms cerca de lo que l presuma. Llegaron en el momento
mismo que anocheca. Durante el viaje los guardias tratronle muy
cortsmente, dejando traslucir que no concedan importancia alguna a su
delito, y que sospechaban que todo se quedara en agua de cerrajas; pero
no consigui hacerles decir si Toms haba estado en Lada a denunciarlo.

Dejronlo en la crcel, alojado en el mejor cuarto, que era todava muy
sucio y destartalado. El alcaide le trat con respeto y amabilidad,
sabiendo, como los guardias, que el detenido no era ningn criminal.
Como estaba rendido de la noche precedente y de las emociones del da,
se acost vestido sobre el catre que le dieron, y durmi unas cuantas
horas profundamente. Por la maana muy temprano ya estaba all su to,
que haba salido de Riofro antes del amanecer.

--Pero hombre!... pero hombre!

El joven no supo qu contestar y baj la cabeza. Afortunadamente no
fueron ms all las recriminaciones del cura. Inmediatamente comenz a
hablar de los medios de sacarle de la crcel. Tena su plan formado: ir
a ver al juez y decirle quin era el reo y todo lo que haba pasado. Y
en efecto, as lo hizo. Entonces supo que el to Toms era quien haba
denunciado a Andrs como raptor de su hija Rosa. El juez, en cuanto
averigu que el joven detenido era hijo de un antiguo ministro del
Tribunal Supremo, a quien conoca de nombre, escritor pblico y
hacendado, se apresur a venir a tomarle declaracin. Despus, mediante
fianza, decret la excarcelacin.

--Ea, ya ests libre--le dijo su to llevndole a almorzar a una
posada.--Lo que importa ahora, demonio de muchacho, es que te marches
cuanto antes... Lo dems, me entiende usted, corre de mi cuenta... Yo me
encargo de probar que no ha habido tal robo ni tales calabazas...

As se hizo. Aquella misma tarde Andrs subi de nuevo a un coche del
ferrocarril minero, pernoct en la capital de la provincia, y con
veinticuatro horas ms de viaje se plant en Madrid.




XVII


Qu gordo! qu moreno! qu cambiado est usted, amigo Heredia! Dnde
se ha puesto usted de esa manera?

Por donde quiera que iba, llegado a la corte, escuchaba estas o
semejantes exclamaciones. Los amigos le abrazaban con efusin; las
amigas admiraban su porte varonil, aunque no falt quien dijo que vena
ms ordinario; porque los gustos son muy varios.

No hay para qu asegurar que las tales exclamaciones le sonaban bien.
Durante algunos das goz de la sorpresa de sus amigos y conocidos,
paseando como en triunfo su rostro atezado por las tertulias y teatros.
Entr de nuevo, y con gusto, en la vida animada de Madrid. Como traa
provisin de salud, acudi presto a todos los parajes donde se rinde
culto al placer, anud antiguas relaciones, torn a escribir en los
peridicos y a leer poesas en los salones.

Pasados los primeros momentos, en que apur todas las emociones
placenteras que la corte le ofreca, despus de su voluntario
apartamiento; cuando estas emociones se gastaron y el espritu qued en
reposo, acudiole ms a menudo el recuerdo de Riofro y de su devaneo con
Rosa. Al principio procur ahogarlo, aturdindose con ocupaciones y
recreos; y lo consigui: despus ya no pudo. La imagen de Rosa se le
representaba triste y dolorida, padeciendo las crueldades de su padre,
que, despus de lo pasado, seran, a no dudarlo, mucho mayores. Y
comenz a punzarle el remordimiento, particularmente en ciertos
momentos, cuando se quedaba solo en casa o la vista de los rboles y las
flores le traa a la memoria la hermosa campia de las Braas. Haba
escrito a su to para que le enterase de lo que all acaeca en su
ausencia, y no acababa de recibir contestacin. Cierta maana, por fin,
almorzando solo en el comedor de la fonda, le trajo el camarero una
carta. En cuanto vio el sobre se apresur a abrirla con mano trmula. Su
to le deca que el proceso seguido contra l no tendra consecuencias;
que Toms haba hecho cuanto pudo por enredarle y comprometerle, pero no
lo haba logrado, porque Rosa declar repetidas veces que se haba huido
de casa por miedo de sus castigos, no por instigacin de Andrs. Estas
declaraciones encendieron de tal modo la ira del molinero, que un da
falt poco para matarla a golpes. El pueblo estaba indignado: algunos
vecinos se lo haban recriminado duramente, pero no haca caso. Por
ltimo, el asunto estaba zanjado, porque Toms, viendo que no sacara
nada en limpio, se vino a las buenas y se apart de la querella mediante
5.000 reales que el cura le entreg. Todo quedaba, pues, sosegado por
entonces. Poda vivir sin temor. Lo que haba hecho, sin embargo, era
una calaverada de mal gnero: haba destruido la paz de una familia. D.
Fermn, al final de su carta, le reprenda severamente y con muy justas
razones.

Cuando nuestro joven termin de leerla, qued ms tranquilo. En cuanto
sali de casa se fue derechamente a la de un banquero y gir, a la orden
de su to, el dinero del proceso. Despus hizo lo posible por olvidar
aquellos sucesos en el bullicio de la vida madrilea; pero no lo
consigui en muchos das. Al cabo de algn tiempo, sin embargo, el
recuerdo punzante de sus amores idlicos se fue suavizando, hacindose
ms dulce y melanclico; se transform en un sueo potico, que sola
acariciarle en los instantes de mal humor.

A los tres meses de su regreso haba cado ya en la misma vida perezosa,
estril y antihiginica que antes de irse a las Braas. Despierto,
paraba muy poco en casa: en cambio dorma un nmero crecido de horas, lo
cual le ocasionaba frecuentes disgustos con el cocinero y criado del
comedor. Los almuerzos duraban desde las nueve hasta las doce. Nunca
pudo cumplir con este precepto del reglamento interior de la casa.
Almorzaba a la una, a las dos y algunas veces hasta las tres de la
tarde. El sueo le embargaba por la maana, el letargo ms bien, porque
era un verdadero letargo el que senta, un cansancio incomprensible que
le privaba de todas las fuerzas. Cuando por las instancias del criado
consegua levantarse, todava le duraba largo rato esta languidez:
apenas poda tenerse en pie; bostezaba a menudo y dara cualquier cosa
por tornar nuevamente a la cama.

Poco a poco se fueron disipando los colores de sus mejillas, por ms que
el organismo no pareca resentirse. No obstante, pasados algunos otros
meses, comenz de nuevo a sentir alguna molestia en el estmago:
empalideci an ms y enflaqueci. Achacolo al desarreglo de las horas
de dormir y comer. No le dio importancia: sigui haciendo la misma vida.

Por este tiempo recibi carta de su to en que le noticiaba cmo Rosa se
haba escapado nuevamente de casa por no poder sufrir los malos tratos
constantes de su padre, quien la achacaba la ruina y la miseria en que
haba cado. Se haba marchado a Lada y estaba sirviendo en casa de unos
seores ricos. Andrs se conmovi con aquella carta. Acudieron de golpe
a su imaginacin las impresiones de los seis meses de vida campestre;
sinti algo parecido a la nostalgia, deseos vehementes de renovar los
sencillos placeres que haba disfrutado y anhelo de ver a Rosa. Pobre
Rosa! Por espacio de dos das su imagen le persigui sin cesar: despus,
las ocupaciones y placeres a que estaba entregado con alma y vida la
fueron alejando poco a poco de su imaginacin.

Pas el verano en Madrid, porque no osaba ir otra vez a Riofro. Los
calores no le probaron bien. En el invierno se recrudeci un poco su
enfermedad del estmago; adems, le acometi un catarro pertinaz que le
haca toser bastante por las noches. Y como se sintiese cada da peor,
tom el acuerdo de irse en la primavera con un amigo, que le brind a
pasar dos o tres meses en una finca de recreo que tena en la montaa de
Catalua.

Recobrose del estmago con la vida activa del campo; pero la tos sigui
molestndole bastante. Para hacerla desaparecer, por consejo de los
mdicos, se fue a tomar las aguas de Panticosa. No consigui aliviarse
notablemente. Volvi en mediano estado a Madrid en el mes de Setiembre.
Desde esta poca ya no goz un da de salud; cada da peor, ms flaco y
ms plido. En Noviembre le sorprendi un fuerte vmito de sangre que le
hizo comprender lo grave de su dolencia. Todava anduvo cerca de un mes
por la calle; pero habindole repetido con ms fuerza, se vio necesitado
a quedarse en casa. Y no volvi a salir. En uno de los ltimos das del
mes de Enero expiraba en brazos de dos amigos que le acompaaron
fielmente en aquellos ltimos y angustiosos momentos.


FIN


NOVELAS DEL MISMO AUTOR
                                     PESETAS

El Seorito Octavio, un tomo. (Agotada)    3

Marta y Mara (ilustrada por Pellicer),
un tomo. (Agotada)                         3

El Idilio de un enfermo, un tomo           4

Aguas fuertes (novelas y cuadros), un tomo 4

Jos, un tomo                              3,50

Riverita, dos tomos                        6

Maximina (segunda parte de Riverita),
dos tomos                                  6

El Cuarto poder, dos tomos                 6

La Hermana San Sulpicio, dos tomos         6

La Espuma (ilustrada por Alczar y Cuchy),
dos tomos                                  8

La Fe, un tomo                             4

El Maestrante, un tomo                     4


PUBLICADA EN INGLS

(Prxima a publicarse en espaol)

EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO

Los pedidos a D. VICTORIANO SUREZ

PRECIADOS, 48





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